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Las (nuevas) desventuras del joven Werther…por Lázaro Azar

Reseña de la ópera de Jules Massenet escenificada en el Palacio de Bellas Artes con dos elencos que alternaron entre la voz experimentada de Ramón Vargas y el debut de Mario Rojas en el rol principal 

La ópera Werther, de Jules Massenet, volvió al Palacio de Bellas Artes después de 29 años con una nueva producción escénica a cargo de Juliana Vanscoit y Fabiano Pietrosanti. Crédito: Facebook del palacio de Bellas Artes
14/06/2026 |01:00Lázaro Azar |
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Tuvieron que pasar 29 años para que Werther, la ópera de Jules Massenet que “ningún teatro en París quiso aceptar y tuvo que estrenar en Viena” (y en alemán), volviera a ser escenificada en el Palacio de Bellas Artes. Esta nueva producción ofreció cinco representaciones (ya en francés), programadas entre el 28 de mayo y el 7 de junio y contaron con un par de elencos que propiciaron infinidad de comentarios, a cuál más dispares.





Para dar cuenta de ambos repartos asistí a la tercera y a la cuarta función, y he aquí el contraste entre mis impresiones con algunas opiniones que, si algo lograron, fue apuntalar el título original de la novela de Goethe, Las desventuras del joven Werther, que sirvió de base para que Éduard Blau, Paul Milliet y Georges Hartmann elaboraran el libreto. Dice la sabiduría popular que, cuando varias cocineras meten su cuchara, acaba amargándose el mole. A los tres que metieron la suya en el libreto, aquí se sumaron dos más, para realizar la dirección de escena: Juliana Vanscoit y Fabiano Pietrosanti.

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Ramón Vargas y Cassandra Zoé Velasco interpretaron a Werther y Charlotte. Crédito: Facebook del Palacio de Bellas Artes.

Vanscoit firmó también los diseños de la escenografía, el video y el vestuario, y continuando con el rubro de “lo que se ve”, la iluminación estuvo a cargo de Rafael Mendoza, encabezando un amplio listado de colaboradores que cumplieron con algo que, desde hace algunos años, parece ser la norma: generar imágenes que, en fotografía se ven muy bonitas pero, sobre la marcha, poco contribuyen con la narrativa o –lo que es peor- acaban haciéndola tediosa y/o estorbando el fluir de la trama.

Agradezco que Juliana me aclarara que “todo estaba muy pensado, tenía un significado y una razón de ser”. Lo malo es que, si bien hubo elementos cuya intención era fácil discernir, algunos precisaban de explicación para no acabar siendo absurdos elementos decorativos. Como las jaulas, con las que intentó representar la opresión femenina. “¡Ay, ese afán de imponerle ahora una lectura feminista a todo!”, me dijo la amiga a quien intenté explicarle por qué pendían sobre el escenario. El ya muy manido recurso de los “cuadros vivientes” (nombrecito que remite a celebraciones como la Pasión de Iztapalapa) tampoco resultó acertado, por bonitos que se vieran. Hace trece años, Barenboim me invitó a ver la puesta de El holandés errante que daría inicio a la temporada berlinesa. Todavía me emociona recordar que, haciendo uso de un recurso semejante, emplearon cuadros que trascendían su función escenográfica. La diferencia es que lo que ahí ilustraba, aquí estorbaba. Algo que también hizo notar José Noé Mercado en su reseña para la revista de ProÓpera.

Y aunque la insatisfacción y el tedio propician hoy más suicidios que un amor sin esperanza como el consignado en esta novela, las descripciones que brindó Roger Alier en su Guía Universal de la Ópera de varios de los personajes que aparecen en la versión lírica, siguen vigentes: no se tentó el corazón al tildar el rol de Schmidt de “poco importante”, “sin relieve” al de Brühlmann e “ínfimo” el de Käthchen. Por correcto que suene en el momento su desempeño vocal, son personajes que no ha terminado uno de abandonar la sala y ni quien los recuerde. Como el coro de niños. Al menos, dice que Albert es un “papel modesto para barítono”, que ahora fue cantado por Josué Cerón en el elenco A, y Ricardo López, en el B.

Respecto a “lo que se oye”, era común durante el siglo pasado que el Blanquito manejara diferentes elencos. La entonces llamada “temporada internacional” equivalía al elenco A, con abonos de alto precio y muchas veces estaba a cargo de la Asociación Daniel, que invitaba a artistas cuya fama cimentó el prestigio de las producciones mexicanas (vgr. Callas, Di Stefano y Simionato); esos mismos títulos se ofrecían con cantantes nacionales, a un menor precio en el segundo elenco. Actualmente, el elenco A lo conforman con cantantes de mayor trayectoria y el B con los emergentes, o con aquellos que –siendo precisos- ya son cartuchos quemados… y los boletos cuestan lo mismo.

El elenco del Werther que ahora nos ocupa dio mucho de qué hablar: Anabel de la Mora sacó brillantemente el rol de Sophie y, a pesar de su grata voz, la presencia de So Ry Kim, su alternante, no cuajó. Más afortunada resultó la elección de las mezzos que interpretaron a Charlotte: Cassandra Zoé Velasco y Frida Portillo McNally. La belleza tímbrica, experiencia y aplomo de Velasco son incuestionables, sin embargo, su aria Ces larmes! Ces lettres! no suscitó aplausos el jueves 4, en tanto que el martes 2 hasta “¡brava!” le gritaron a Portillo.

Al igual que en 1997, Ramón Vargas cantó cuatro funciones de este rol que tanto prestigio le ha dado por ser sumamente demandante, histriónica y vocalmente. Hacer creíble la fragilidad emocional del epónimo es tan difícil como emitir amplia y limpiamente sus agudos. Todavía no se abría el telón de la primera función y ya lo estaban crucificando: que si ya no tiene la edad para abordar este personaje, que si sus agudos carecen del brillo de antes… y una vez que cayó el telón, hasta que su peluca se la habían volado a Nandito, aquel personaje que hiciera famoso a Oswaldo Benavides en María la del Barrio.

A sus 66 años, es natural que sus agudos no sean los de antes, pero ¡vaya manera de conocer y dominar su instrumento! De recrear al personaje. Simplemente, veamos cómo abordó Porquoi me réveiller?, su aria más famosa. Ignoro si desacató el trazo marcado por Vanscoit, pero, a la hora de cantarla, lo hizo de pie y muy derechito, a diferencia de Mario Rojas, quien, con la mitad de su edad, aceptó abordarla sentado y recargado sobre Portillo, su Charlotte. En consecuencia, la emisión de Vargas fue más clara. Impecable. Por otra parte, quienes tuvimos el privilegio de escuchar a Rojas podremos presumir que le escuchamos debutar un rol que, estoy seguro, le dará tanto prestigio como se lo trajo a Vargas, pues su aterciopelada voz es de una belleza arrobadora.

Ahora bien, si me preguntan quién me dejó la mejor impresión de este Werther, ese fue nuestro compatriota Rodrigo Sámano, el concertador que, con 31 años y varios triunfos internacionales en su haber, por fin vemos dirigir por estos lares, a los que espero vuelva con frecuencia. Desde el Claire de lune manifestó su madurez. Su dominio de las sutilezas fue tan refinado, como bien estructurados sus fraseos. Arropó cuidadosamente a sus cantantes y logró que la Orquesta del Teatro de Bellas Artes sonara con una corrección y elegancia que teníamos mucho de no escucharle y eso, no se olvida. Se agradece.