Me sirvo del pregón que algún día usó Edmund Wilson para Edith Wharton y pido justicia para el escritor duranguense Antonio Estrada (Guazamota Mezquital, 1927–Ciudad de México, 1968), a quien de poco le sirvió que Juan Rulfo señalase a su Rescoldo. Los últimos cristeros (1961) como una de las grandes novelas mexicanas. Es oportuno hacerlo ahora cuando se conmemora un siglo de la Guerra Cristera porque Rescoldo cuenta el último episodio de aquella carnicería, acaso el pecado original, más que otros, de los regímenes de la Revolución Mexicana. Se trata de la llamada Segunda Cristiada, ocurrida entre 1934 y 1939 en las sierras de Durango, guerrilla sin esperanza, habida cuenta de la traición de la Iglesia Católica, que habiendo pactado con el régimen callista una suerte de discreto e impronunciable concordato, abandonó pronto a sus cruzados.
Testimonio histórico directo como obra del hijo de Florencio Estrada (1897–1936), el cabecilla liquidado de aquella reincidencia, Rescoldo es, también, una obra maestra de la abundante narrativa posterior a la guerra de 1910–1917, no pocas veces panfletaria pero más frecuentemente contrarrevolucionaria o escéptica, que ardorosamente agrarista o constitucionalista, a según.
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Si hace cuarenta años, cuando leí a Mariano Azuela, José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán para la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989 y 1991) era difícil hallar en aquellos clásicos, canonizados por Antonio Castro Leal en La novela de la Revolución Mexicana (1960), algún tipo de entusiasmo, más allá del procreado por las ilusiones perdidas, de cara al movimiento revolucionario y sus logros, hoy resulta un hecho que, a diferencia de los muralistas (la excepción fue José Clemente Orozco), aquellos narradores fueron críticos formidables de una revolución de la que se desencantaron: discretamente, como Azuela; zorrunamente, como Guzmán; con escándalo, tratándose de Vasconcelos.
Hubo, lo he dicho, mucho panfleto disfrazado de literatura a favor o en contra de la Revolución en su conjunto o de esta u otra de sus facciones. Quienes intentaron el canto de gesta muy rápidamente se vieron contaminados por el emergente realismo socialista y la literatura cristera no pocas veces pecó de piadosa, beata y hagiográfica. De esa combinación, por cierto, nació José Revueltas, ya se ha dicho.
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Pero una de las dos virtudes cardinales de Estrada, el olvidado, fue su profundo respeto a la humanidad de sus protagonistas, quienes nunca dejan de ser campesinos en cruzada, sí, pero ajenos al apostolado y advertidos, como lo empezaron a entender los cristianos en la Edad Media, de que Dios no quiere a los hombres, como es evidente en Rescoldo, donde las excomuniones (aunque hubo curas fieles a la rebelión hasta el final) les acaban por resultar indiferentes a los humildes mártires, ajenos del todo a la esperanza de una recompensa ultraterrena. La de Estrada es la historia de una causa perdida.
Es triste que en las décadas que me separan de aquel joven quien leyó por primera vez Rescoldo, gracias a la recomendación de Jean Meyer, se haya escrito tan poco sobre aquella literatura cristera, primero repudiada por el nacionalismo revolucionario victorioso y después simplemente olvidada. Sí, Rescoldo se ha reeditado (por Jus) y reaparecen algunos estudios más anticuados que clásicos sobre el tema, a la fecha ignoro (probablemente sea falta de empeño de mi parte) las condiciones en que escribió Estrada. Me intriga la recomendación de Rulfo.
Al principio parece que, publicada seis años después que Pedro Páramo, tiene Rescoldo poderosa influencia rúlfica (que no es lo mismo que rulfiana). Pero después me pregunté si la invención, que no recreación, de un habla poética por Rulfo no sería el resultado de someter a la clase de narrativa registrada por Rescoldo a una purga lingüística, cuyo derrotero sería un Pedro Páramo, donde ninguna palabra está de más. Quiero decir que Rescoldo pareciera anterior a Rulfo.
A diferencia de Pedro Páramo, la de Estrada bien puede ser calificada de novela realista (sin duda nada concede, como Rulfo, al tránsito entre vivos y muertos), de novela regional (lo que en nada la demerita pues así presenta, como subtítulo, Gustave Flaubert a su Madame Bovary) y de glosario del habla popular de aquel occidente de México.
Junto a la indiferencia de Estrada ante el apostolado y el heroísmo, sobresale Rescoldo por la belleza de su idioma. Salvo alguna que otra palabra, el libro no requiere de léxico adjunto y es admirablemente comprensible para el lector culto de México, a quien le dejarán gratísimo sabor de boca los precisos arcaísmos y la construcción perfecta de cada frase, en un castellano de alto vuelo que acoge con respeto y tino, también, el habla de los indígenas huicholes, a quienes, por cierto, esa guerra de religión dividió y dispersó fatalmente. No fueron pocos los que combatieron en el bando de los cristeros.
Hace decir Estrada a sus personajes de la traición de 1929:
“Era sólo el remate para los que sobrábamos… Los padrecitos nos rindieron, cuando ya teníamos los pelos de la burra entre las uñas. Y todo nomás para que nos trampearan como a guillotas en noviembre… Buen plan del gobierno. Que si nosotros habíamos provocado en punto de borrachera, o por puros empicados a la sangre; que nosotros habíamos tenido la culpa, y el que nos tumbó nomás hacía su deber…” (p. 30)
Florencio Estrada se embosca huyendo de los federales y su familia lo espera:
“Papá ahora se había tardado ya más de un mes. Entonces tomamos la manía de irnos a sentar en las raizones del guamúchil más grueso. Y eran horas y horas que nos pasábamos silenciosos, sin quitar los ojos y el ánima de la veredita nueva. Hasta el Galafre y Tachito estaban allí a un lado, con las orejas gachas y luego a chille y chille.” (p. 75)
Y la sed por falta de agua que aqueja a los rebeldes y sus familias:
“Ni una hierba, ni un cachito de playa con tierra fina, porque las peñas no daban campo. Entre los jabalíes, los coconos y los solazos, se habían chupado la poca agua guardada en las tinajas [...] El agua estaba café de tanta hojarasca, y por el hormigueo de catarinitas prietas, arañas patudas y tepocates. Para medio clarearla, teníamos que estarla colando con el delantal de mamá.” (p. 148)
La tentación, también, del suicidio frente a la derrota:
“Y me dolía tanto el ánima que me mejor me quise matar, estrellando la cabeza contra los filos de las piedras. Y trancazo tras trancazo, hasta que se me fuera el sentido para siempre. Sólo que en mis adentros, oía una vocecita gritando que aquello era muy malo.” (p. 208)
O cuando el Mayor Tejada manda descolgar los cuerpos del grupo de Florencio Estrada, exhibido por mor de escarmiento:
“– Me parece ya suficiente de fandango con cadáveres. Jieden a perro en pudrición, por más menjurges que les ha embarrado el farmacéutico.” (p. 221)
Por su sentido de la oportunidad histórica, por la ausencia de sentimentalismo en una causa de fe o en un tópico (el padre perdido otra vez, el padre perdido, siempre) que lo autorizaban, por la riqueza lingüística y la impecable construcción narrativa que Rescoldo presume, Antonio Estrada merece justicia sobre todo cuando impera una novelística ávida de ser venalmente traducida.