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Julián Hernández y el romance subyugado, por Jorge Ayala Blanco

Reseña de Los demonios del amanecer, película cuyo protagonista es un estudiante de danza que se enamora de un joven enfermero recién llegado a la capital pero sospecha que tiene una enfermedad

Luis Vegas interpreta a Orlando y Áxel Shuarma a Marco, los protagonistas de Los demonios del amanecer. Crédito: Especial
02/08/2026 |01:00Jorge Ayala Blanco |
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En Los demonios del amanecer (México, 2024), interiorista sentimental largometraje 9 como autor total del excuequense capitalino gran pionero del cine LGBTQ+ mexicano de 52 años Julián Hernández (Mil nubes de paz 03, Rabioso sol, rabioso cielo 09, Rencor tatuado 18), el musculoso y asertivo joven gay capitalino estudiante de danza con familia ultrapermisiva Orlando (Luis Vegas con las sienes afeitadas) baila por las noches en un antro y sostiene ocasionalmente relaciones sexuales al interior de un erotizado grupo de amigos, entre los que se cuentan empleados del centro nocturno para expansión y ligues gays, como el comprensivo Sergio (Tony Corrales), y compañeros de clases de danza, como la peloncita heterosexual vagamente prendada de él Cecilia (Angélica Baños Hernández), cuando se cruza en la calle con el chavo también gay recién instalado en la gran ciudad Marco (Áxel Shuarma de sonrisa permanente), que lo subyuga con su dulzura (“Pensé que nunca iban a pasar por aquí”/ “¿Quiénes?”/ “Tus ojos”/ “Neta, eso te funciona”) luego de plantarle un intempestivo beso devorador (“Parece que fuera la última vez”) e irse ambos de inmediato a copular con gran intensidad, y lo cautiva aún más al enterarse Orlando que el excepcional muchacho idealista social estudia enfermería en el Politécnico y se sostiene de manera autónoma, laborando como camarero en un hotel de lujo, inician un apasionado romance, exclusivo por ambas partes, en contraste con la promiscuidad de sus respectivas amistades, si bien de repente Marco se descubre y oculta una extraña hinchazón cerca de la ingle y, sospechando la peor afectación inmunodeficiente adquirida, se somete a una rápida prueba de VIH, en la que finalmente resulta sano (“Estoy bien”), pero capaz de abrir un abismo en el ánimo y el apego de Orlando, que comienza a distanciarse de su adorado objeto del deseo, cesa de recogerlo a la salida de su trabajo en el hotel y a espaciar con cualquier pretexto sus visitas al depto magnífico, al grado de una vez dejarlo plantado a media calle porque acaba de pasar su autobús, provocando un largo y paulatino deterioro y una extinción perentoria de su vínculo amoroso, ahora doliente para los dos, si bien de distinta manera, pues el frágil abierto Marco se sumerge en el desconcierto desilusionado y termina por evacuar su depto con rumbo desconocido, y el duro Orlando empieza a entregarse a sucedáneos sensuales, para acabar mucho después abandonándose a un sabio reencuentro reconocedor de las cualidades del otro y un frenético acostón que sin saberlo apenas puede certificar y quizá extender o diluir su conjunto romance subyugado.





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El romance subyugado semeja una envolvente y procelosa sucesión de bailes y titubeos, danzas, coitos y estados dubitativos, y luego vuelta a comenzar, cuya absorbente e incantatoria carga cinematográfica que declara cada tercer plano su independencia expresiva, con cámara giratoria de 360 grados o 720 o más ahítos de sorpresas visuales/narrativas/subjetivas en el munífico trayecto de su eternizada existencia mutante, y en ocasiones elíptica al interior de sus vuelcos.

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El romance subyugado se articula entonces, medianamente coral, a través de atisbos de anécdotas colaterales y huellas de un haz de subhistorias no desarrolladas, si bien lo único que viene a contar, valer y significar llega a ser en realidad una escalada de momentos y detalles epifánicos, aunque un tanto epigonales, tales como la amabilidad de la casera con quien contrata incitadoramente Marco el lindo depto que vuelto mucho después el nidito de amor de la pareja acabará ostentando en su puerta por dentro un incitante letrero retador (“Hasta dejarte seco”), la incidental clienta del hotel (Mónika Rojas) visiblemente antojadiza instantánea del diligente camarista Marco, la familia de Orlando alineada para mejor espiarlo en el pasillo con su nueva conquista, la incontenible euforia corporal del narigudo trans Elis sintiéndose con Marco por las discretas calles matutinas al fin libre libérrimo cual moderno esclavo manumitido, o la convivencia del añorante Orlando con los emancipados reflejos especulares del Marco añorado en el interior de un mismo plano.

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El romance subyugado genera así la película más dubitativa, secreta, introspectiva e inesperada del director Hernández, entregado a una profunda ficción romántica que parece extraerlo todo y por pedazos devolverlo a una fantasía quasi dancística, enlazando ejercicios y ensayos de coreográfica danza clásica (a veces al lado de una alígera Cecilia), o sicalípticos números de baile provocador en el antro con preminencia de Orlando hundido en inasequibles cuanto insondables reflexiones, o hiperflexibles irreflexiones apenas atisbadas, jamás explícitas en su no-sentido, misteriosas y manifiestas como el contagio de una desesperación blanda y límpida, una rabia dulce, con instantes estallados entre la vigilia y el sueño compartido, en una absorta y anuladora ausencia del inminente ámbito exterior omnipresente, percibidos con autovolcados y autoperceptivos ojos abiertos aunque bien cerrados, en una tentación de ascesis imposible, un deseo de perfección circular, una suma de gestos ensimismados y sensuales al bailar Orlando a solas o en pareja, aunque invariablemente arrobado y a punto del arrebato explosivo, confirmando con todo ello que debajo de cada historia de amor, triunfante o derrotada, siempre se encuentra otra: la verdadera, y poco importa que se localice en un film-objeto de casi impenetrable densidad.

Y el romance subyugado culmina con el melancólico despertar de los amantes saliendo de su noche y asomándose al pequeño ventanal de su depto proteico para contemplar con apagadas ansias su Distinto amanecer (Bracho 43) y acaso divisar los Demonios del Amanecer, que son ellos mismos, extendidos desde ese presente efímeramente satisfecho hacia un futuro que todo lo construye y lo destruye, a veces paradójicamente como aquí, al mismo tiempo.

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