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Frida Kahlo: ¿dónde están sus obras?

Este texto reconstruye cómo la obra de la artista pasó a convertirse en uno de los tesoros más codiciados del arte mundial, alcanzando cifras descomunales

Realizada en 1943, Diego en mi pensamiento —también conocida como Autorretrato como Tehuana— pertenece a la Colección Gelman y sintetiza algunos de los temas centrales de Frida Kahlo: el autorretrato, el dolor íntimo y la compleja relación sentimental y artística con Diego Rivera. Crédito: Santiago Cadena.
17/05/2026 |01:07Sonia Sierra |
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La cancelación del anhelo de Jacques y Natasha Gelman de que su colección de arte se quedara en un museo de México lleva a preguntarse ¿cómo se ha movido y vendido la obra de Frida Kahlo, figura central de esa colección en la que se encuentra el mayor número de autorretratos de la artista?





A partir de ahí vienen otras preguntas: ¿qué tan sencillo fue para Frida Kahlo vender obras?, ¿en qué momentos y circunstancias el Estado adquirió sus pinturas?, ¿en qué periodos han salido más obras suyas del país?, ¿qué tantos cuadros están en museos y en colecciones particulares?, ¿qué tan sencillo es para el público ver sus obras?

Ya se sabe que la pintora figura entre los artistas más vendidos en el último siglo, junto a Picasso, Gaughin, Klimt, Cézanne, Van Gogh, Georgia O’Keeffe y Louise Bourgeois. Pero alcanzar alturas de ventas no significa que su obra esté al alcance del público, quizás es lo contrario.

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Realizada en 1939, Las dos Fridas fue adquirida por el Estado mexicano en 1947 y hoy forma parte del patrimonio artístico nacional. Crédito: Carlos Mejía

Cada vez menos “Fridas” llegan al mercado y, cada vez más, su precio se eleva, al punto de haber alcanzado la cifra de 54.7 millones de dólares, el año pasado, con la venta de “El sueño”, que adquirió un coleccionista privado de Estados Unidos. Nada que ver con la primera venta que hace casi un siglo consiguió la misma Frida Kahlo: “Dos Mujeres (Salvadora y Herminia)”, por la que recibió 300 pesos mexicanos. Aquello ocurrió en una noche de julio de 1929, cuando Frida acababa de cumplir 22 años y estaba a unas semanas de casarse por primera vez con Diego Rivera; en su casa, entre un grupo de invitados figuraba el empresario estadounidense Jackson Cole Phillips, que se llevó la pintura fechada en 1928, la cual hoy se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Boston, uno de los diez museos de EU que posee pinturas suyas.

Frida pintó pocos cuadros; es grande la diferencia entre el número de pinturas que hizo con relación al de Diego Rivera, pero él no tuvo los accidentes y problemas de salud que ella, y vivió casi 70 años (1886-1957), mientras que ella vivió 47 años (1907-1954). Rivera pintó más de tres mil piezas en caballete, murales, dibujos, ilustraciones y gráfica; Frida creó alrededor de 152 pinturas, y dibujos, cartas ilustradas y fotografías.

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Aquella primera venta en su casa, anticipó cierta tendencia: hubo mayor aprecio por sus obras entre coleccionistas de EU y Europa —los Gelman, entre ellos—, que de México.

Para Kahlo también fue difícil tener espacios de exhibición, a diferencia, por ejemplo, de María Izquierdo, que tuvo exposiciones en EU, México, Chile y Perú. Aunque Frida participó en muestras colectivas, solo tuvo dos individuales durante su vida, la primera en la galería Julien Levy de Nueva York, en 1938, y la segunda en México, que se llamó “Primicias para un Homenaje a Frida Kahlo”, y estuvo en la Galería de Arte Contemporáneo, de Lola Álvarez Bravo, en 1953, meses antes de su muerte. Pero fueron memorables dos colectivas que pusieron obras de Kahlo: “Mexique”, organizada por André Breton, en París, en 1939, y la “Exposición Internacional del Surrealismo”, en la Galería de Arte Mexicano, en 1940, donde Frida presentó sus pinturas más grandes: “Las dos Fridas” y “La mesa herida”.

“No fue muy entendida en su época por los coleccionistas; aunque los tenía, eran extranjeros. Creo que algunas ventas empezaron porque era la esposa de Diego, pero los coleccionistas que la llegaron a conocer quedaron cautivados por ella y querían autorretratos, más que sus otras pinturas; por eso, para finales de los 40, decía que estaba cansada de hacer autorretratos”, explica el historiador de arte e investigador Luis-Martín Lozano.

Fridas privadas y fuera de México

Una revisión de libros, catálogos de obra y exposiciones arroja que entre 55 y 60 de las 152 pinturas que hizo Frida Kahlo se encuentran en colecciones particulares, casi todas de México y Estados Unidos.

“Si piensas en cantidad de dibujos, cartas, hojitas y cosas así, la mayoría están en México. Pero si hablamos de las piezas importantes, yo diría que casi el 70% está fuera de México. De los 50 cuadros más importantes de Frida, 35 no están aquí”, asegura el historiador de arte Luis-Martín Lozano, editor del catálogo “Frida Kahlo. Obra pictórica” (Taschen).

Este catálogo es revelador también de las pinturas de Frida Kahlo con paradero desconocido: suman 14 y entre esas figuran “La mesa herida” y el “Retrato de Tina Modotti”.

Alrededor de 13 obras de Kahlo se conservan en 10 museos, universidades o centros de investigación de Estados Unidos, como el MoMA —que tiene tres cuadros—, y el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, en Austin —que posee dos—, o el Museo de Arte Moderno de San Francisco, que posee “Frida y Diego”, de 1931.

Otros museos del mundo con obras de ella son el Pompidou/Louvre y el Nagoya, de Japón. Es muy significativa la historia de la obra que adquirió Francia, en 1939, tras la exposición “Mexique”, organizada por André Breton, porque directamente el titular del Ministerio de Educación de Francia solicitó la compra de 10 obras de la muestra y la primera de la lista fue

“Por trait de l’artiste”, peinture de Mme. Frida de Rivera”.

El Estado sale de compras

El libro “Dos años y medio del INBA”, que contiene el balance administrativo de los primeros 30 meses de historia del Instituto Nacional de Bellas Artes, entre 1947 y junio de 1949, contiene la lista de compras del Estado Mexicano, tanto materiales, como musicales y de obras de arte.

Ahí aparece la adquisición de la que es sin duda la obra más importante de Frida Kahlo, “Las Dos Fridas”, por la que el Estado pagó 4 mil pesos en 1947. Ese mismo año, enlista el libro, se compraron, por ejemplo, un piano vertical Story & Clark Mod. 33 caoba por 4 mil 500 pesos y 114 láminas a lápiz de José María Velasco, por 20 mil pesos. De las compras del año siguiente, se registran, entre otras, un Siqueiros por 12 mil pesos, tres Riveras por 20 mil 200 pesos y el “Autorretrato” de Julio Castellanos por 15 mil pesos. Esas adquisiciones para enriquecer el acervo del Museo Nacional de Artes Plásticas fueron emprendidas por el director del INBA, Carlos Chávez.

Necesitada de recursos para pagar las cuentas médicas, Frida Kahlo le escribió a Chávez ofreciéndole la venta de la pintura que había hecho en 1939, cuando se divorció de Rivera. Así fue como quedó en manos del Estado mexicano.

“En 1947 Chávez comienza a hacer adquisiciones, de Velasco, Herrán, Diego, y Frida, pero no le compra cualquier cuadro sino la obra maestra. Y no es que él tuviera el dinero; es decir: si el Estado tiene el interés hace que suceda”, dice el investigador Luis-Martín Lozano y añade apuntando al caso actual con la colección Gelman:

“El asunto es muy sencillo. En ningún país que tenga museos nacionales hay un presupuesto de compras establecido. O sea: el Louvre no tiene 100 millones de dólares ahí guardados a ver si sale un Van Gogh y lo compra. Cuando sale algo excepcional tiene que buscar la manera de que se adquiera; a veces el Estado entra con una parte, pero hay que conseguir el dinero por loterías y privados. Es un trabajo colectivo, le pertenece a la sociedad civil también, y a los funcionarios que tienen a su cargo las instituciones culturales. Porque se tiene que buscar que se enriquezca el acervo y no decir: ‘Como el INBA no tiene dinero, no compramos nada’. Te tienes que mover, eso es parte de la responsabilidad de un director”, argumenta Luis-Martín Lozano.

Después de “Las dos Fridas” la segunda obra adquirida por el Estado fue “Los cocos”, de 1951, y la tercera, “Naturaleza muerta con sandías”, de 1953, que son del MAMM. Hay una cuarta obra adquirida por el Estado, “Paisaje urbano”, que está en el Museo Nacional Arte, y que fue comprado por Conaculta en 2009.

El Estado mexicano podría tener una quinta pieza de Frida o incluso otras, si no fuera porque después de encargarle a la artista una serie de retratos de mujeres de la historia —Sor Juana Inés de la Cruz, Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario—, le cancelaron este encargo a cambio de hacer naturalezas muertas para el comedor del presidente Ávila Camacho, y aunque Frida entregó la pintura, la obra no les gustó y se la regresaron. Haydn Herrera escribe en la biografía de la artista que la causa fue que algunos elementos del cuadro resultaron ser demasiado inquietantes para la esposa del Presidente por su parecido a partes de la anatomía humana. Esa “Naturaleza muerta”, de 1942, se conserva en el Museo Frida Kahlo.

La formación de grandes colecciones

El mayor conjunto de obras de Frida Kahlo en México lo integró Eduardo Morillo Safa, a partir de los años 30; adquirió y le encargó 36 pinturas, tanto autorretratos como retratos de su familia y otras escenas del universo de la pintora que evocan su mundo interior, la estancia en Estados Unidos y la ciudad. Treinta de esas obras de Morillo Safa las adquirió Dolores Olmedo; la historia más divulgada es que el propio Diego Rivera le pidió comprarlas; de ese grupo quedan 25 en el Museo Dolores Olmedo.

La siguiente colección más grande es la del propio Museo Frida Kahlo, con cerca de 20 piezas, de las cuales 11 quedaron inconclusas. Son las obras que tenía la pintora en su casa y forman parte de los acervos donados por Diego Rivera al pueblo de México, a través de un fideicomiso que administra Banxico.

Otros museos donde se pueden ver obras de la pintora son el de Arte de Tlaxcala, que conserva dos pinturas, tres acuarelas y un dibujo y luego, con una pintura en cada caso, el Museo Robert Brady en Cuernavaca, el Foro Valparaíso de Banamex, y las colecciones Sura y Femsa.

Al tiempo que Morillo Safa coleccionaba, desde 1943 los Gelman iniciaron el encargo y compra de obras de artistas mexicanos, que por años tuvieron en su casa. El conjunto sumaba 99 obras, como escribió Silvia Navarrete en el catálogo para las exposiciones que llevaron por el mundo la colección. De esas 99 obras, 11 son pinturas de Frida Kahlo, de las cuales ocho son autorretratos, un tipo de obras que le interesó particularmente a Natasha Gelman. La fundación Vergel —creada para administrar las obras y dirigida por Robert Littman, como albacea—, amplió el número de obras de Frida, con la compra de siete dibujos y un grabado.

Redescubrimiento de Frida

Fue a partir de los años 70, cuando movimientos culturales de feministas, chicanos y otros grupos sociales que impulsaron nuevas teorías en torno de la identidad, la migración, la mujer y las diversidades, tomaron a Frida como símbolo. Biografías y exposiciones, como la “Retrospectiva”, en Bellas Artes, en 1977, y la del “Homenaje”, en San Francisco, fortalecieron este redescubrimiento de la pintora mexicana.

El interés despertó ventas y las ventas llevaron a que varias obras salieran del país. El catálogo de la retrospectiva de Kahlo en Bellas Artes muestra cómo para 1977 todavía estaban en México obras como “Raíces” y “Aparador en una calle de Detroit”, que hoy se encuentran en colecciones particulares en EU después de que las vendió Dolores Olmedo, al igual que “Pensando en la muerte”, que pasó a manos de un coleccionista mexicano.

Incluso la propia familia de la pintora vendió por esos años algunas de sus obras de Frida, como “El retrato de Cristina”, hoy en una colección particular de EU, y “Niña en pañales (Retrato de Isolda Pinedo Kahlo)”, que está en la colección Sura.

Las ventas se frenaron a partir de 1984 cuando se publicó el Decreto presidencial que declaró Monumento Artístico toda la obra de Frida Kahlo, independiente de si era propiedad pública o privada. Es por eso que desde entonces sus pinturas no pueden salir definitivamente del país, no más allá de un año con opción de dos años bajo un permiso especial.

“La declaratoria funciona; se hizo para garantizarle a las futuras generaciones de mexicanos que la obra de ciertos artistas, por su importancia para nuestra cultura e historia, debe estar protegida. Ese es el planteamiento de la ley. No es en contra los derechos de los coleccionistas, al contrario, los coleccionistas son decisivos para el desarrollo del arte. Pero claro, un derecho particular tiene que terminar donde empieza un derecho de la mayoría. Si no hubiera existido la declaratoria de Monumento Artístico del 84, probablemente Littman hubiera vendido los cuadros de Frida de la colección Gelman, a un museo americano”, argumenta Luis-Martín Lozano.

Como escribió el curador e historiador de arte Pierre Schneider, desde el momento en que los Gelman comenzaron a formar su colección, decidieron que el conjunto sería donado a un museo, que se preservaría integralmente y que se quedaría perpetuamente en el mismo museo. Así lo relató en el catálogo de las exposiciones itinerantes de la colección presentadas desde finales de 1999 y hasta inicios de 2002 en museos de Buenos Aires, Río de Janeiro, Madrid, Nueva York, Houston, San Diego, Phoenix, Londres, Japón, Canadá y Australia, entre otros sitios.

En ese catálogo, donde también escribieron Silvia Navarrete, Olivier Debroise y Robert Littman, Schneider cierra su texto recordando que los Gelman tuvieron el anhelo de que una institución mexicana les ofreciera un refugio definitivo para su colección.