En Café Chairel (México, 2025), sutil film 2 del diseñador gráfico, productor y guionista egresado de la AMCI campus Monterrey de 42 años Fernando Barreda Luna (primer largo: Atrocious: terror paranormal en España 10; cortos previos: Oscuridad 08, The File 13, Blood Fiction 13, y Kiss of Vengeance 14), con guion suyo y del también realizador japonés Atsuchi Fujii parcialmente basado en la cinta nipona Cream 10 de éste, el solitario divorciado tampiqueño de 49 años Alfonso (Mauricio Isaac matizadísimo) acaba de instalar en la playa aledaña a su vieja mansión derruida una cafetería, aunque aparte de su gusto por el café (“Lo prefiero negro”) nada sabe sobre ese negocio, y su primera inopinada clienta es la hosca joven errabunda mochilera en precoz veinteañera ruptura con todo Katia (Tessa Ía encantadora) con la que, pese a sus enormes diferencias de edad, origen y actitud, va poco a poco al filo de los días a entablar una poderosa relación afectiva y de trabajo, en la que ella lo compensa en su ineptitud laboral (“Te saboteas solo”) y él la aloja en un cuarto de servicio de su derruida casa, al tiempo que, a la vista de sus improvisados diseños promocionales, pone al descubierto el enorme talento de la conflictuada chava para el dibujo, ya con base en una carrera artística interrumpida, la cual ella habrá de retomar luego de un primer viaje al interior del país, mientras el zozobrante psicológico Alfonso necesita lidiar a solas con su autodevaluación emocional (todavía fomentada telefónicamente por su exesposa), conoce sin embargo la prosperidad inesperada de su establecimiento y se enfrenta con la visitante figura desconocida de su hijo desajustado Adam (Leo Delugio) a quien lamentablemente no pudo ver crecer y ahora deberá ver fallecer en un nocturno accidente carretero, antes de recibir de nuevo con los brazos abiertos a la retornante Katia, al lado de quien va a disfrutar el superéxito de la cafetería por ambos echada a andar, y luego efectuarán juntos una excursión finsemanaria para acampar en los alrededores de Tampico, previo a la partida de la chica en trance de romper existencialmente por siempre con esa weyez cafefortuita.
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El café fortuito se desarrolla a paso lento en el solaz torcido de una suerte de juego de espejos deformantes, que sería una conjunción a la vez del arrebatado barco ebrio rimbaudiano y las barcas deshechas brechtianas que acabarán por salir a flote, en una viscerocerebral recreación constante de espaciotiempos autosuficientes (sin otro contexto que el paisaje urbano tampiqueño antes innominado, con un montaje pleno de silencios y campos vacíos que aglomera falsas escenas románticas bajo dominio vehicular de una canción de Natalia Lafourcade (“En el canto de las olas”), una fotografía de Eduardo R. Servello que plantea planos generales en contrapicados fractales, un diseño sonoro globalizado y pese a ello direccional de Omar Juárez Espino, una coruscante música original de Uriel Villalobos Alva, un sugerente diseño de producción de Santos Moncayo que se vuelca sobre espacios despoblados y maltrechos de la antigua casona semiderruida y excluye por completo, alevosa y confusamente, a los consumidores de café, para remarcar el encuentro inusitado de dos soledades protagonistas, y cierto vestuario de Adriana Pérez Solís que intenta orientarse entre la lumpenidad vagabunda y el arrobo provincial moderno.

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El café fortuito convoca al emblema del café, y se coloca bajo su refugio, como un placer inefable y como un desafío a cualquier prohibición intimista (a semejanza de la Cantata del café de Bach y el multisucedáneo excéntrico Café Bagdad de Adlon 87) o una bebida mágica de omnisanación instantánea, pero además y sobre todo, en una dimensión simbólica, como una caracterología estilo Canetti, irónica en sustancia y forma, donde el frágil Alfonso deseoso de semiahogarse sumergido en la tina al igual que cuando era niño (León André Trejo Tiscareño) se compara a un café dulce y suave, mientras la erizada y arisca Katia (“¡Qué te importa!”) se equipara con un café amargo y rasposo, ambos conminados a una elaborar una mezcla de sabores de cafés de distintos aromas, grosores, moliendas, tostados y procedencias (Colombia, Antillas), desde las exigencias el primer cliente conocedor que se apersona, en una detonante e inagotable combinatoria exquisita o detonante de cafés inventados al instante.
El café fortuito convoca así, con reflexiva sutileza filosófica y casi paradójicamente, por medio de ausencias inminentes y circunstantes, una dialéctica de los nómadas y los sedentarios, del nomadismo transitorio y la permanente vocación sedentaria, de la vagabunda nómada aventurera a quien hay que jalarle las patas porque se ha dormido en la combi amarilla ajena y el apacible tipo medio plasta pero ambos tan diversa cuan hondamente traumatizados, que establecerán un asexuado nexo amistoso amoroso de comprensión y restañamiento mutuos que nada tiene que ver ni con el romance convencional ni con sucedáneo alguno de la relación padre/hija, porque en todo instante la conexión de sus almas conserva las cualidades de la errancia sin posibilidad de recuperación social, y su carácter de fuga y de carencia de confesión total, su goce de no depender de nadie, su riesgo de no ser defendido ni reclamado por alguien, tomando de la vida social y en pareja (dispareja) sólo aquello que le complace y lo mantiene exento de cualquier compromiso o rigor, como si estuviera hecho en exclusiva para degustar y sorber el café vital de su preferencia en cada ocasión.
Y el café fortuito culmina con un doliente alejamiento geográfico que es una alegre separación asumida, ella a bordo de un ómnibus que la conduce a la realización de sus potencialidades innatas, él recluido en la placidez de su futura involución patronal, luego de la inevitable despedida de cara a la naturaleza y el don de un sigilo melancólico por fin conquistado sin ninguno de ellos saberlo.