Una vez más, vuelvo a lamentarlo: ¡qué coraje carecer del Don de la Ubicuidad! Ni modo. No me resigno a no poder estar en dos lugares a la vez, y más en estos días que tuvimos un par de óperas imperdibles. Un feliz compromiso adquirido con anterioridad me orilló a regresar anticipadamente a la Ciudad de México, impidiéndome escuchar al segundo elenco de Falstaff, y otro más me imposibilitó presenciar el reestreno con orquesta de Atala. Afortunadamente, uno se da sus mañas para poder darse una idea de cómo estuvo aquello. Les cuento.
Un viaje relámpago a nuestra Ciudad de las Montañas me permitió presenciar el vigésimo título que monta el México Ópera Studio (MOS), que como he venido dando cuenta, es el estudio de ópera que más y mejores resultados da en el país. En esta ocasión, ofrecían la última ópera compuesta por Verdi. No sé cuántos años tendrá de no montarse Falstaff en México, pero recuerdo con cuánto cariño me hablaba Eduardo Mata de cuando la dirigió en Bellas Artes, a finales de 1983, en una puesta que fue muy aclamada y que se presentó también en el Cervantino, durante la cual ocurrieron varias anécdotas bastante chuscas, muy a tono con el carácter cómico de esta ópera.
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Para esta ocasión, la publicidad jugó con el título, invitando al público con la frase “sólo Falstaff’s tú”. El jueves 16 asistí al ensayo general, realizado en el Teatro de la Ciudad de Monterrey y volví al día siguiente para presenciar la primera función. Lo atestiguado me permite decir que, a pesar del espléndido trazo con el que Rennier Piñero consiguió que el público riera desenfadadamente, algo nada fácil en el ámbito de la ópera, lo que vimos, bien se pudo titular “Falstóff”.
Los méritos fueron muchos: la escenografía, el vestuario y las caracterizaciones estuvieron muy bien logradas. El trabajo del coro fue impecable, tanto en lo musical, como en sus desplazamientos escénicos, y los jóvenes becarios del MOS se desempeñaron con tal soltura que podría ponerse en duda la breve experiencia que tienen, refrendando con ello la sabiduría concertadora de Alejandro Miyaki, quien –salvo por unos gallos en los cornos- hizo sonar a la orquesta con gran corrección. Perdón por no dar los créditos a quienes tanto lo merecen, pero no hubo programa de mano ni código QR en la función que presencié.
Esa no fue la carencia más lamentable. Bien dicen que lo primero que se necesita para hacer un buen estofado de liebre, es la liebre, y eso fue justamente lo que fue “Falstóff”. Una infección en la laringe impidió que Gerardo de la Torre (que fue quien propició la elección de este título) pudiera hacer algo más que “marcar” el personaje protagónico. Algo que no me extrañó durante el ensayo general, ya que con el pretexto de cuidar la voz y no cansarla para el día siguiente, muchos cantantes suelen limitarse a ello antes de dar la primera función. Para los legos, una rápida incursión en la red esclarece qué es “marcar” en el ámbito operístico: es cantar a media voz, con menor volumen y bajando una octava las notas agudas, reduciendo con ello el esfuerzo vocal.
Desgraciadamente, la situación se agravó al día siguiente y lo peor fue que, como el perro de las dos tortas “que ni come ni deja comer”, De la Torre no avisó a tiempo para incorporar a su cover, Juan Carlos Villalobos quien, sin ensayo previo, pudo sacar magistralmente la función del sábado 18, según me confirmaron los amigos que tuvieron la fortuna de escucharlo, tal y como puede constatarse en diferentes videos.
El siguiente compromiso de mi agenda me imposibilitó para estar este fin de semana en Toluca y escuchar la primera audición con orquesta en más de siglo y medio de la ópera Atala de Miguel Meneses. Unas por otras: previamente, mi paso por Chilangolandia me permitió despedirme del Maestro Lombardero el martes 21 y, al día siguiente, apersonarme en la Sala Felipe Villanueva para participar en el Conversatorio en torno a Atala que organizó la Orquesta Sinfónica del Estado de México (OSEM). Felizmente, y ya estando en su sede, también pude escuchar que ensayaran esta ópera que conocí el año pasado, cuando la presentó el MOS a piano y que, a pesar de no haberse estrenado hasta la fecha en la Ciudad de México, fue tal el número de funciones que tuvo en provincia, que podemos considerarla la ópera mexicana más exitosa del siglo 19.
Tras un serio trabajo de restauración que les llevó más de tres años a la Doctora Áurea Maya –nuestra máxima autoridad en ópera mexicana decimonónica- y el barítono Carlos Fernando Reynoso, y durante el cual contaron con la complicidad y el apoyo del MOS y la OSEM, hoy se cuenta con una partitura y las particellas que permiten que Atala pueda ser interpretada nuevamente, ya que leerla del manuscrito resulta prácticamente imposible, tanto por la caligrafía –entre indescifrable e ilegible-, como porque sobre la marcha deben corregirse infinidad de detalles, equivalentes en la música a los errores ortográficos de cualquier texto.
¡Qué maravilla de música! Resulta sorprendente cuán “al día” estaban nuestros compositores de aquél entonces. A diferencia de Melesio Morales, que se distingue por haber desarrollado un lenguaje propio, Meneses hace patente su admiración por Verdi, Bellini y Donizetti, y no tiene empacho en rendirles tributo abiertamente, ya sea replicando puntualmente las formas que aquellos empleaban a lo largo de las diferentes arias, coros, duetos y demás números que conforman los trece incisos contenidos en los tres actos de esta ópera, como evocándolos con guiños que permiten que cualquier melómano identifique el pegajoso patrón rítmico qué tomó del aria “Questa o Quella”, de Rigoletto; que perciba su afán de replicar la pasión desbordada de Norma en la demandante aria “Ah, di salvarti, o misero” encomendada a la protagonista, y reconozca dónde calcó el célebre quinteto de Lucia di Lammermoor.
Más que tener la certeza del éxito que volverá a cosechar este título bajo la batuta de Rodrigo Macías, lamento corroborar que Otto Mayer-Serra se equivocó al menospreciar a la ópera mexicana en aquel imprescindible Panorama de la Música Mexicana desde la Independencia hasta la actualidad, que le publicó El Colegio de México en 1941. Lo que escuché este miércoles me confirma que Don Otto no tenía idea del depurado oficio de nuestros compositores y que, aunque la influencia europea es innegable, en nada demerita su calidad e inspiración.
Hago votos porque, finalmente, Atala se estrene debidamente escenificada en la Ciudad de México, y aunque seguiré lamentándome el no haber podido presenciar su reestreno en versión concierto, para cuando lean esta colaboración habré atestiguado los tres primeros días del Festival Paax GNP que dirige Alondra de la Parra y cuya programación no puede ser más atractiva. ¡Ya les contaré!