Roberto Fiesco (México, 1972) era un estudiante que apenas había cumplido la mayoría de edad cuando, en 1991, en las salas de cine de la Ciudad de México el estreno de Sólo con tu pareja, que en apariencia no era más que otra frívola comedia de enredos, empezó a atraer al público y a encender la conversación en la prensa, donde no tardaron en lloverle severas críticas por autocomplaciente y por tratar con humor un tema tan sensible como el VIH. Sin embargo, para aquel cinéfilo y cineasta en ciernes, en la ópera prima de Alfonso Cuarón había algo diferente a lo que había visto hasta entonces:
“Era una película que no parecía mexicana, y creo que lo estoy diciendo de la peor manera, pero lo que atraía muchísimo es que parecía una película estadounidense; su estética era mucho más cercana a la idea de la comedia romántica que allá se hacía en ese momento, diferente a lo que estábamos acostumbrados a ver en el cine mexicano”, relata en entrevista Fiesco, quien tres décadas después revisita esos recuerdos para desmenuzar, con más perspectiva, pero también con el rigor de una investigación periodística y hemerográfica, el origen y ascenso de Alfonso Cuarón y sus dos inseparables amigos: Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro. Esto como parte de un ensayo que se incluye en Cine México (2025), un extenso volumen coeditado por Fomento Cultural BBVA México y Sexto Piso que revisa la historia, evolución y relevancia del cine nacional como una de las expresiones culturales más influyentes del país.
Lee también: La cultura de la queja, por Christopher Domínguez Michael

En más de 460 páginas, el volumen ilustrado con carteles, fotografías de rodaje, lobby cards y diversos materiales gráficos provenientes de archivos públicos y colecciones privadas nacionales e internacionales recoge anécdotas y relatos que dan cuenta de los inicios y la evolución de una de las industrias culturales de mayor relevancia en el país. Desde la llegada del cinematógrafo en 1896, pasando por la Época de Oro y las crisis que enfrentó en las últimas décadas del siglo XX, hasta el éxito internacional de producciones contemporáneas de directores como Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, seguido del auge de talentosas directoras en años recientes, la publicación también da cuenta de momentos en los que el sector ha enfrentado persecuciones políticas, crisis, catástrofes severas, así como reconfiguraciones estructurales y legislativas.
Entre este vasto recorrido visual e histórico es donde se encuentra el capítulo dedicado al ascenso de “los tres amigos”, cuyos éxitos han logrado que la industria internacional se fije en el país, pero que también generan “pulsiones complejas”, como lo señala Roberto Fiesco.
Lee también: Una puerta giratoria: un poema de Claudia Kerik
“Son igualmente amados que odiados. Tres cineastas que generan un profundo orgullo cuando ganan Oscares o premios en festivales internacionales, pero que a la vez generan mucho escozor porque no viven en México y tienen una carrera internacional. Hay una percepción llena de contradicciones”, dice el también productor e investigador de cine.
“Me divierte mucho pensar cómo celebramos sus Oscares, como si fueran goles en un partido del Mundial. Es como una forma de afirmarse frente a los gringos y celebrar que el mexicano llegó y ganó”, añade.
En su ensayo, el director de cintas como Quebranto (2013) ofrece pistas biográficas sobre los tres cineastas, sus vínculos con el cine mexicano y con el país mismo, así como sus experiencias comunes y divergentes.
“Tan importante es la confianza entre ellos, que han colaborado en algunos de los títulos más significativos de su filmografía”, escribe Fiesco citando una declaración de Alfonso Cuarón: “Fue Guillermo el que decidió el beso entre Diego y Gael en Y tu mamá también (2001). Guillermo le quitó doce minutos a Amores perros y yo le quité siete minutos a Cronos (1992). Los tres tenemos experiencias comunes que unimos en nuestro trabajo”.
Para el cineasta e investigador, elaborar este texto ha sido también una oportunidad para revisitar un momento de su formación como cinéfilo y como estudiante de cine. “Me ha tocado generacionalmente ser espectador de cada uno de sus estrenos. Cuando era estudiante de cine se estrenó Sólo con tu pareja y recuerdo perfectamente todo lo que pasaba; cuando era más adolescente escuchaba WFM, cuando Iñárritu era el director y locutor de la radiodifusora”.
“Son presencias que han estado siempre por ahí de manera periférica o paralela”, dice Fiesco, quien ha visto de cerca cómo los estrenos de esos tres cineastas se vuelven “un acontecimiento”. Sólo con tu pareja, plantea, conectó con el público por la sencillez de su historia, que acudía al arquetipo del casanova que en el pasado había funcionado con éxito, además de que apostaba por la renovación del talento en pantalla y transgredía, de manera sútil, un tema sensible: “Hablar del VIH, desacralizar la idea de la enfermedad, en un momento en que causaba millones de muertes en el mundo, usarlo como un pretexto cómico, era una cosa transgresora”.
Para Alfonso Cuarón, esa cinta fue también un boleto directo a Hollywood, en un momento donde, además, la industria mexicana estaba por entrar en una de sus más severas crisis. Aún así, esa década de los 90’s cerró con otra de las producciones referenciales vinculadas a este trío de realizadores: Amores perros, de Alejandro Gonzalez Iñarritu, “una película inolvidable y referencial sobre el México posterior al desastre económico de 1994, plantándole cara a la violencia urbana, cargada con un viento de algo nuevo, de un cine que parecía imposible”, apunta Fiesco.
Una historia de altibajos
La riqueza de imágenes e historias reunidas en Cine México permite asomarse tanto al surgimiento de estrellas y cineastas como a los procesos de filmación y a los contextos históricos que dieron origen a películas fundamentales. En sus capítulos desfilan, por ejemplo, fotografías que muestran el rodaje de El Tigre de Yautepec (Fernando de Fuentes, 1933), cinta con ecos del western estadounidense que tuvo gran éxito en taquilla, inaugurando una década en la que la industria fílmica nacional alcanzaría uno de sus momentos de mayor esplendor. También aparecen ahí icónicas imágenes de cintas como Redes (1936), codirigida por Fred Zinnemann y Emilio Gómez Muriel, considerada uno de los primeros ejemplos de producción estatal en México y cuya potencia visual —gracias a las fotografías de Paul Strand—, y música de Silvestre Revueltas, la convirtieron en una obra clave en la historia del cine nacional.
Y en medio de esas estampas visuales, los textos de investigadores y cineastas, coordinados por Elisa Lozano, ofrecen una mirada más profunda a los distintos periodos de la cinematografía mexicana, marcada por ciclos de auge y crisis. Uno de los momentos más reveladores es el que abarca las décadas de 1970, 1980 y 1990. En su ensayo “Las paradojas del cine mexicano de los ochenta y la Nueva Generación”, el cineasta Hugo Lara Chávez hace una lectura de esas décadas como una etapa de contrastes, en la que tiene su auge un cine más popular pero de baja calidad artística, en paralelo a propuestas que buscaban renovar el lenguaje cinematográfico.
Además, Lara Chávez recuerda en entrevista virtual que los años setenta y ochenta estuvieron marcados por un clima de persecuciones políticas y tragedias como el incendio de la Cineteca Nacional en 1982, que destruyó una parte invaluable de la memoria fílmica del país. Todo comenzó apenas inició el sexenio de José López Portillo, en 1976, con la designación de su hermana, Margarita López Portillo, al frente de la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía, pese a su escasa experiencia en la administración pública y a su estilo autoritario, lo cual generó un ambiente de desconfianza y hostilidad dentro del medio cinematográfico.
“Hay que recordar que ella fue blanco de un secuestro fallido por parte de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Es una época donde hay mucha actividad política de las guerrillas urbanas, como esta liga comunista. Hay un gran clima de paranoia y de persecución porque, además, está ocurriendo en México y en Latinoamérica la Guerra Sucia”.
Es en este ambiente de tensiones que, relata el también guionista y productor ejecutivo, “al principio de ese sexenio van a dar a la cárcel un grupo de 30 funcionarios de la industria del cine, acusados de malversación de fondos y varios delitos, acusaciones infundadas, hasta donde se sabe”. En ese grupo estaban figuras como Rafael Corquídi, Bosco Arochi, entonces funcionarios de Estudios Churubusco, así como Carlos Velo, quien era el director del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC).
Todo eso, añade Lara Chávez, creó un clima de terror a lo largo del sexenio. A la par, las políticas impulsadas desde el gobierno favorecieron a la iniciativa privada en detrimento de la producción estatal, lo cual debilitó aún más una industria que no hallaba la fórmula del éxito. Una época oscura que culminó con una de las tragedias más dolorosas del cine nacional: el incendio de la Cineteca Nacional, en 1982, que borró gran parte de la memoria fílmica del país.
“Fue como un símbolo de lo que había sido esa negra administración de Margarita López Portillo, con ello se sella esa triste época que no fue como muy memorable en términos de cine, sino más en términos de la política y de persecución”, dice el cineasta.
En ese contexto, el cine mexicano estuvo marcado por dos vertientes. Por un lado, proliferaron las llamadas “sexicomedias”, el cine de ficheras, las comedias populares —como El Chanfle (Enrique Segoviano, 1979)— y las protagonizadas por la India María, así como las cintas de acción de los hermanos Almada, producciones de bajo presupuesto pero con gran éxito en taquilla. Por el otro, otros cineastas resistían desde los circuitos independientes y con los escasos apoyos estatales para hacer un cine más propositivo.
“Los años 80 son muy descalificados y me parece que es una época muy interesante porque la industria sigue funcionando. A pesar de la baja calidad de películas de géneros como las sexycomedias o películas de ficheras, de cómicos como la India María, son producciones que siguen atrayendo al público y llenando las salas”, dice Lara Chávez, quien recuerda que, por entonces, el cine nacional contaba con una cuota de exhibición del 30%, lo que garantizaba su presencia en cartelera, una condición que con el tiempo se reduciría y que aún hoy sigue siendo motivo de debate.
En paralelo a ese cine de consumo masivo y producciones de presupuestos bajos, continuaron trabajando directores surgidos en décadas anteriores, como Arturo Ripstein, Carlos Enrique Taboada o Jaime Humberto Hermosillo, junto a otros nombres que consolidaron sus trayectorias en esos años, como Felipe Cazals, Alberto Isaac o Paul Leduc. Películas como El imperio de la fortuna (Arturo Ripstein, 1986), Mariana, Mariana (Alberto Isaac, 1987) o Frida, naturaleza viva (Paul Leduc,1983) dan cuenta de un cine de autor que coexistió con el cine comercial. Hacia el final de la década de los 80, comenzaría a perfilarse una nueva generación de cineastas, como María Novaro, Luis Estrada o Luis Mandoki, que abriría el camino para la renovación del cine mexicano hacia la década de los 90´s.
Diálogo con el presente
El recorrido histórico que propone esta publicación dialoga inevitablemente con el presente de la industria cinematográfica, la cual vive un momento de esplendor gracias a la riqueza de propuestas fílmicas, pero que también padece los recortes financieros al sector cultural y hace frente a las transformaciones tecnológicas. Un momento en el que, además, desde el Estado se impulsan incentivos fiscales y una nueva Ley Federal de Cine y Audiovisual con la idea de fortalecer la industria, propuestas que contrastan con las demandas de trabajadores de distintas áreas del sector que, en los últimos meses, han denunciado precariedad laboral.
Para Roberto Fiesco, cada sexenio imprime su propia visión sobre el cine: “cada gobierno tiene una vocación de reestructurar lo que significa el sector cinematográfico, desde la producción hasta la difusión y la formación”. En ese sentido, considera que la reciente reforma a la ley cinematográfica y la creación de nuevos incentivos fiscales responde a un modelo que no necesariamente atiende las necesidades más amplias de la comunidad. “Es un modelo que está privilegiando a las personas que se dedican a la producción y que no está privilegiando a los trabajadores, por ejemplo. Lo que está pidiendo para la exhibición es muy parecido a lo que ya existía en la ley”, opina.
Señala, además, que los nuevos fondos que sustituyen a los antiguos fideicomisos logran resolver ciertos aspectos, pero resultan insuficientes frente a un panorama transformado por la irrupción de las plataformas digitales y la reconfiguración del mercado. “Todo momento histórico entraña enormes contradicciones, complejidades. Estamos en uno, donde me parece que encontramos buena voluntad de parte de los políticos y funcionarios que están en la cultura, pero es uno de los momentos más precarios en términos económicos para la comunidad, con apoyos públicos que no necesariamente favorecen a un sector amplio porque, además, es ya una comunidad que ha crecido exponencialmente”.
Por su parte, el cineasta Hugo Lara Chávez dice que los incentivos fiscales anunciados recientemente desde Palacio Nacional buscan posicionar a México en la competencia global por atraer producciones internacionales, pero a nivel local está la precariedad de los trabajadores del sector: “Estas iniciativas favorecen la participación de talento internacional, de técnicos, incluso de otros países. Hay que ver cómo se va a establecer al final en los incentivos y en la ley, ver si no va a haber desplazamientos. Hay todo un debate al interior de la industria”, comenta.
“Esperemos que México logre tener y construir espacios suficientemente sólidos para atraer las inversiones internacionales y también para favorecer a la producción nacional”, añade.