En La inmensidad (L’ímmensità, Italia-Francia, 2022), delicado film 4 del espaciado estilista romano también TVserialista de 57 años Emanuele Crialise (Respiro 02, La tierra de la gran promesa 06, Terraferma 11), con guion suyo y de Francesca Manieri y Vittorio Moroni, la silenciosa y afectada hija puberta de una familia disfuncional Adriana Adri (Luana Giuliani vehemente casi explosiva) vive en el desasosiego incurable, se niega a seguir siendo fémina, insiste en ser llamada con el nombre masculino de Andrea/Andrés, viste atuendos neutros para rechazar su cuerpo cambiante, trenza guirnaldas extendidas para convocar en vano señales celestes en la azotea de una nueva casa luminosa en la periferia de Roma adonde acaba de mudarse en plenos coercitivos años 70, arrastra hacia la excursión interdicta más allá de un cañaveral a sus hermanitos pequeñines Gino (Patrizio Francioni) y Diana (Maria Chiara Goretti), instiga a otros niños a perderse en el laberinto de un pozo durante las veraniegas vacaciones playeras de su clan, entabla una dulce y lúdica relación de incipientes acercamientos lésbicos con la consentiente gitanilla Sara (Penélope Nieto Conti) en un cercano campamento irregular y, coincidiendo con esos vengativos desafíos felices/infelices, se identifica en todos sentidos con su bella madre omnirepudiada de pasional origen español Carla (Penélope Cruz discretísima), la espía, se desliza por debajo del lecho conyugal para vivenciar el repudio sexual materno a su mujeriego marido siciliano Felice (Vincenzo Amato), la consuela, la respalda en su descomposición conyugal y en su decadencia como persona, la contempla con cariñosa impotencia cuando el deterioro mental como mamma inerme se acelera a raíz de la revelación de que el padre machista ha embarazado a su secre amantita sin gracia ni lucidez ni autonomía posibles María (India Santella), al lado de sus hermanitos la despide con solidario afecto cuando la infortunada matrona parte voluntariamente a un psiquiátrico para ponerse bien, acepta la dictablanda hogareña de la sumisa abuela cobijadora (Alvia Reale) y se alista para organizarle una íntima recepción minicarnavalaesca para celebrar su ansiado egreso del sanatorio, mientras sin saberlo la chava desaparece del campamento de su amiga del alma, para abandonar a la protagonista-eje de la ficción tan deshecha cuanto inerme ante su propia conciencia vulnerada.
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La conciencia vulnerada se asevera y se hace vera, verdadera y valedera, como remembranza ardiente pero ya serenada, cual atisbo característico y revelador de una década primordialmente marcada por el ostracismo y el atraso moral, las pasiones asfixiadas, el abuso y la represión sexuales a flor de piel y dominando el panorama relacional romantizado, al tiempo que se exacerbaba e idealizaba mediáticamente una falsa libertad, una liberación aún en el horizonte, en tanto que se producía la persecución y el aplastamiento ab ovo de las criaturas diferentes, la imposible búsqueda/ansia de identidad socavada o subrepticia, todo ello enfocado ahora en medio de otro sensitivo coming of age, hoy tan de moda, tranquilo en apariencia y melancólico, al igual que sus congéneres, si bien apacible y contemplativo cual ninguno, al enfrentar una época sujeta a revisión ineluctable y sorprendente por su fascinación morigerada, su aislada belleza inherente, su nostalgia de antemano lastrada, y una alegría destellante e innegable prometedora pese a todo, incluso en circunstancias deberían permitirla.

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La conciencia vulnerada intercala cual motivo recurrente e irónico fondo sensible de época al amelcochado tema inframusical de la pavorosa cinta cursilaza Love Story (Hiller 70), pero en realidad se desahoga en conmovedores e inolvidables episodios clave como la eufórica puesta colectiva de la mesa familiar a modo de comedia operática, tipo el mejor Stanley Donen (La cenicienta de París/Funny Face 57), al corear y bailar mediante cortes en continuum la paródica inefable canción-trabalenguas “Prisencolinensinaincuisol” de Adriano Celentano, o sublimando el embeleso lésbico de Adri ante la pantalla de la TV aún en blanco/negro al contemplar a su alter ego: la rubia Raffaela Carrà entonando la balada melcochosa “Ruvore” con fingido pudor contagioso.
La conciencia vulnerada consuma así el prodigio de eliminar todo patetismo o deriva melodramática a temas tan difíciles como un impedido cambio de asignación sexual (inimaginable por entonces) y un truene psicótico materno, sobre todo tratándose de una mítica tradicional Mamma Mia! (Lloyd 08) de origen extranjero que ni reclama ni usurpa el poder de alguna Mamma Roma (Pasolini 62) de naturaleza irredimible, pues aquí sólo existen pequeños puntos fuertes en medio de un anticlímax constante, con secuencias tan complejas y socavadoras como la reconvención de la exniña Adri a la desquiciada madre regresiva pueril que también se había deslizado por debajo de la mesa de un banquete para realizar tolerados latrocinios y captura de prendas, o como la consiguiente travesura de la confusión de las llaves de los invitados automovilistas, todo ello amparado por una esplendente fotografía Gergely Pohárnok que de continuo recurre a distantes planos cenitales para prodigar aplastamientos humanos semiabstractos de esa heroína incluso plásticamente alejada de sí misma, sujeta a los asedios sarcásticos de una dulzona música de Ravenson y a las secuencias que administra la edición de Clelio Beneventi de pronto y de repente elípticas.
Y la conciencia vulnerada culminar la epopeya íntima de la heroína, no con el arrasante top shot con dron barriendo el terreno baldío donde se albergaba el campamento de su cervantina gitanilla amada, sino transfiriendo toda la carga emocional del relato hacia el intersexual Don Backy musitando la hipersensible canción “L’ímmensità” que da nombre y envío a la cinta en su totalidad como un sublime y doloroso bramido informulado aunque inextinguible.