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“El teatro es un asunto de Estado que al Estado no le importa": entrevista con Luis de Tavira

El director escénico habla sobre la pieza del Rey Lear que protagoniza, la crisis del teatro mexicano, la ausencia de agrupaciones estables y la urgencia de defender el escenario como espacio de comunidad

Luis de Tavira vuelve a los escenarios con una interpretación de Rey Lear dirigida por Angélica Rogel, sumando un nuevo capítulo a una trayectoria de más de medio siglo dedicada a la dirección escénica, la pedagogía teatral y la construcción de instituciones clave para el teatro mexicano contemporáneo. Crédito: El Universal/ Gabriel Pano
17/05/2026 |01:09Abida Ventura |
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En más de medio siglo entregado al teatro, Luis de Tavira se ha convertido en uno de los grandes formadores de actores y actrices en México. Y aunque él mismo comenzó como actor, no suele asumirse como tal, sino como un privilegiado espectador del misterio que ocurre en la mente de los actores en el escenario. Por eso, cada vez que en los últimos años ha sido convocado para actuar, sus interpretaciones se convierten en cátedras de actuación.





Tras su elogiada interpretación en El Padre, una adaptación de la obra del dramaturgo francés Florian Zeller dirigida por Angelica Rogel —donde interpreta a un hombre mayor que poco a poco pierde la memoria—, De Tavira vuelve al escenario, otra vez de la mano de Rogel, para encarnar a un Rey Lear que, consciente de estar al final de su vida, reúne a sus hijas para repartirles su reino. En esta adaptación contemporánea de la tragedia de William Shakespeare, ese reino es un teatro.

Como el gran jerarca del teatro que es, el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2006 aparece en el escenario del Teatro Helénico sin corona, pero investido de una presencia capaz de retener la atención de la sala desde el primer instante. Entre bastidores, De Tavira pasa de ser el soberbio director de una compañía teatral que exige a sus hijas elogios desmedidos más que amor verdadero, al anciano vulnerable, traicionado, abandonado y al borde de la locura antes de su inevitable muerte. Una obra que apuesta por una escenografía minimalista y artesanal que cobra fuerza en el momento cumbre, cuando Lear es expulsado de su reino y queda expuesto, frágil, frente a la violencia de la naturaleza y de sí mismo.

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Retrato del actor y director de teatro Luis de Tavira, quien participa en la obra Rey Lear, en la Casa del Teatro. Foto: Fernanda Rojas/El universal

Rodeado de un sólido elenco conformado por Mayra Batalla, David Calderón, Mariana Gajá, Mauricio García Lozano, Mariana Giménez, Alejandro Morales, Diana Sedano y Raúl Villegas, el maestro de generaciones del teatro nacional parece encarnarse a sí mismo en ese feudo que ha habitado por décadas. “Estás en tu reino”, le dice Cordelia (interpretada por Sedano) para devolver a la realidad a su padre extraviado en su locura, mientras recorre con la mano extendida toda la sala.

Sobre la actualidad y las derivas de ese reino al que ha dedicado toda su vida, formando generaciones e impulsando instituciones, habla Luis de Tavira en esta entrevista, realizada días antes del estreno de Rey Lear, obra que podrá verse hasta el 7 de junio en el Teatro del Centro Cultural Helénico.

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Es la primera vez que actúa un personaje de Shakespeare, ¿por qué sucede hasta ahora?

Primero, porque no soy actor. Mi lugar y mi tarea es la dirección de escena, aunque recientemente me han estado llamando para actuar. En los inicios llegué a hacerlo y a pensarme como actor con el maestro Héctor Mendoza, pero el teatro lo pone a uno en donde puede servir mejor a los demás y encontré que mi lugar era la dirección de escena. Por supuesto que el arte de la actuación me apasiona, pero el privilegio de mi vida ha sido la del espectador de eso que sucede en la mente de los actores. Me he pasado la vida viendo lo que hacen, trabajando con ellos; también me he dedicado a la pedagogía de la actuación, pero esto mismo me alejó del ejercicio como actor. En ocasiones aceptaba actuar, trabajé con Julio Castillo; y, a veces, lo hacía de emergencia en mis propios espectáculos, ante la enfermedad de algún actor, pero era excepcional. Hasta que hace poco el maestro José Caballero me invitó a interpretar a Freud y me pareció irresistible. Más recientemente me han invitado en una obra de Beckett, hice La fundamentalista y Angélica Rogel, con quien hice El padre, ahora me propone Rey Lear. Nunca he trabajado en un personaje de este creador de enorme complejidad.

Segundo: ¿Por qué como director tampoco he montado a Shakespeare? Él es un gran ejemplo de lo que convierte a un clásico en un autor universal. Es, quizá, el autor del que las más diversas culturas y épocas se han apropiado; desde niños los ingleses tienen una relación de identidad con este autor. En México no han faltado montajes sobre Shakespeare y hay algunos memorables, pero yo no lo he hecho porque, a diferencia de los ingleses que han hecho a ese autor suyo, nosotros no hemos ejercitado ni conocemos bien a los grandísimos dramaturgos de nuestra propia lengua y tradición teatral, como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina. Entonces, antes de abundar en la hermenéutica universal de Shakespeare, yo he querido dedicarme a recuperar lo que nos es propio.

Usted dice que el teatro es la actualidad, lo que sucede en el aquí y ahora, ¿cómo dialoga con el presente esta adaptación de Rey Lear?

Es una versión muy audaz, inteligente y profunda de Angélica Rogel. Ella hace un proceso de metateatro, teatro en el teatro. No se trata de aquel reino feudal de la antigüedad inglesa o celta, sino de una compañía estable de teatro en la que un director va a heredar sus teatros. Esto no quiere decir que cambie los textos maravillosos y dificilísimos de Shakespeare, pero los asuntos que trata son de una vigencia total, como la figura del padre y la vejez; la familia como la estructura fundadora de la propiedad privada, que es la clave original del capitalismo. La familia como una institución social para conservar el patrimonio, la herencia, una propiedad que se hereda, que queda entre los matrimonios que son negocios y no necesariamente lo que idealmente serían los lazos familiares. Está ahí el gran conflicto, la filial ingratitud; también la soberbia del poder que intenta seguir manipulando una vez que se ha heredado. La pérdida del poder, un asunto tan propio y sabio que ha planteado Shakespeare en toda su dramaturgia.

Una enorme lección que yo encuentro para nuestro tiempo es cuando este hombre en el destierro, expuesto a las tempestades y a la furia de la naturaleza, descubre la pobreza. Se le había olvidado lo que era y encuentra que ese es el camino de recuperación del sentido sobre la vida. Quien no es capaz de sufrir lo que los pobres sufren no sabe de qué se trata este mundo y esta vida. Eso es de una vigencia poderosa para nuestro tiempo. Y luego está el tema de la vida y la muerte. La tarea de los actores y actrices es recordarle al espectador la hora de su muerte porque solo frente a ella descubrimos que estamos vivos todavía. Y si necesitamos recordar que estamos vivos aún, es porque ya estábamos muertos.

Es interesante que el reino sea una compañía de teatro y que usted sea el protagonista, pues ha sido maestro de muchas generaciones. ¿Qué le diría a quienes están empezando en el camino del teatro sobre cómo mantener vivo este arte y cómo sobrevivir de eso?

Primero hay que insistir y afirmar que en este terrible momento que vive el mundo y nuestro país, el teatro es una experiencia indispensable para la sobrevivencia de lo humano. El teatro es el arte de la vida, el arte del aquí y ahora; es la reunión entre los diversos para encontrar lo que tenemos en común y la construcción del común es la fuente de esperanza, como lo tiene muy clara la resistencia rebelde y digna de los zapatistas. Así que en la sobrevivencia del teatro se juega algo más profundo, la sobrevivencia de lo humano en nuestra sociedad. Una sociedad que ha llegado al abismo de la nada, donde todo aquel que es y vale se anonada; hay una desintegración que nos despersonaliza, que nos convierte en una cifra.

Tenemos que tener muy clara la importancia de dedicarnos y de entregarnos a este arte indispensable para la sociedad, para el mundo, al que la sociedad tiene derecho, pero no lo sabe. El teatro es un asunto de Estado, pero los responsables de las tareas del Estado tampoco lo tienen claro. Lo tremendo es que intentamos hacer teatro desconectados, en lugar de sumar, de conectar, de crear movimiento. Producimos y producimos obras, pero el teatro es efímero, no queda nada y siempre hay que volver a empezar. No hay elencos estables, sino eventuales porque toda la política que se sigue es la eventualidad, no la estabilidad y el espectador nacional no se va a formar en la eventualidad, se forma en la estabilidad de una interlocución. Se va al teatro, no a ver una obra. Eso es lo que urge en nuestro país porque, si seguimos la estadística de que de cada 10 mexicanos, 9 nunca han ido al teatro, ¿de qué estamos hablando?

De que nadie ha ido al teatro… Hace unos años usted señalaba que estábamos frente a una política cultural que no invierte en la estabilidad a largo plazo y esto sucede en todas las áreas de la cultura, pero las artes escénicas, el teatro, es siempre de las más abandonadas, ¿no?

Sí, los teatros están desmantelados, vacíos. No se construyen nuevos, seguimos viviendo con el acervo de lo que construyó el México independiente en el siglo XIX. Cada vez se destruyen más los teatros. Se supone que debería estar absolutamente prohibido derribarlos y se convierten en estacionamientos o se utilizan para otras cosas, para actos políticos, para fiestas escolares. Y esto es porque no son moradas habitadas por una comunidad que la sostenga, sino que son como hoteles de paso.

La Compañía Nacional de Teatro hace giras en algunos estados, pero casi no hay compañías establecidas en todos lados

Exactamente, es que por ahí es el camino. Yo he insistido mucho en eso. Está maravilloso que haya una Compañía Nacional de Teatro, que tenga un elenco estable con un repertorio dedicado a la formación del espectador, pero la verdadera solución sería que en cada estado hubiera una compañía estatal y que se interrelacionara en un movimiento de intercambios, de formación, de construcción de lenguajes, de visiones del mundo, de estéticas, de dramaturgia. Hay una enorme inquietud en la juventud, sobre todo en las mujeres, de escribir dramaturgia; comienza a surgir una dramaturgia de las mujeres jóvenes, muy poderosa, muy brillante.

¿Cómo afecta al quehacer cultural esta política de eventualidad que se refleja, sobre todo, en la precariedad laboral de los trabajadores?

Es clarísimo el signo de degradación y de decadencia de las instituciones. Recuerdo que hace no mucho, en un encuentro mundial de la UNESCO donde se hablaba de los presupuestos públicos en favor de la cultura, vi que México aparecía como una potencia en su inversión de recursos públicos para la cultura. De esa inversión, el 80%, si no es que más, se invierte en burocracia estéril y en un sindicato corrupto y nada en acción cultural. Las instituciones públicas están absolutamente secuestradas por los sindicatos insaciables que buscan cada vez más conquistas irreversibles, que el cumpleaños, que el día de las madres para las que son madres y el día de las no madres para las que no lo son. Y en el caso del teatro, se suspenden las funciones y así no es posible, no hay comunidad, no están integrados. Es un sindicalismo que ha degenerado la dignidad laboral. Son sindicatos perfectamente manipulables porque son carne de cañón electoral y entonces tenemos estas negociaciones electoreras. En el teatro hay técnicos que entienden lo que hacen como un arte, porque lo es, y que se integran y tienen gusto, alegría de hacer teatro y no están simplemente buscando los tiempos extras. Sus horarios son matutinos, el teatro sucede en la tarde y, claro, esto ya se considera tiempo extra. Es lo que hace que esos teatros públicos no sean moradas habitables por una comunidad.

A esta altura de su carrera, además de Shakespeare, ¿qué otros clásicos le gustaría actuar o montar?

Siempre tiene uno pendientes y sueños de obras prodigiosas. Para mí, seguirá siendo una asignatura pendiente el Fausto de Goethe, por ejemplo. Pero, insisto, creo que lo más importante son nuestros propios clásicos, sobre todo los de aquella época dorada que cambió el teatro del mundo. A mí me sigue atrayendo profundamente Lope de Vega y el más grande de todos, que está en una cima y no le pide nada a Shakespeare, que es Calderón de la Barca, un desconocido entre nosotros. Pero también hay clásicos más recientes como Valle-Inclán y muchos otros.