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El museo que blindó la colección Franz Mayer cumple 40 años

A 40 años de su apertura, texto que revela el trabajo de conservación que mantiene vivo el acervo de diseño y artes decorativas. Su directora, Giovana Jaspersen, habla del modelo institucional que su fundador estableció para blindar su legado

Abanico del siglo XIX proveniente de China hecho con materiales como marfil, carey y madre perla. Es una de las piezas recientemente restauradas con la campaña de recaudación que realiza el museo cada año. Crédito: Karla Guerrero/ el Universal
02/08/2026 |01:09Abida Ventura |
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En las entrañas del Museo Franz Mayer, flanqueado por oficinas y protegido por estrictas medidas de seguridad, hay un pequeño espacio donde las joyas de esta colección, la más importante de artes decorativas y diseño en el país, son atendidas de emergencia o con la delicadeza que requiere un paciente de siglos de antigüedad.





En esta visita realizada por Confabulario, sobre la mesa donde esos valiosos objetos son atendidos para revisión o intervención hay uno que atrapa la atención de inmediato: un abanico del siglo XIX proveniente de China hecho con materiales preciosos como marfil, sándalo, carey y madre perla. Sobre el papel que forma la parte central (o país) se despliegan escenas con personas paseando por un frondoso jardín chino enmarcado con detalles florales. “Como pueden ver, tiene caritas de marfil”, detalla Mariana Sainz, directora de Colecciones del museo mientras resalta las particularidades de esa pieza que ha recuperado su forma y colores vibrantes tras un proceso de conservación.

“Tenía intervenciones anteriores y en la restauración se notó que había cosas que no pertenecían al original, las retiramos y se colocaron tiras de papel japonés que son compatibles con el abanico y permiten que otra vez tenga la posibilidad de abrir y cerrar”, explica Ana Julia Poncelis, una de las tres restauradoras que tiene a su cargo el cuidado cotidiano de los cerca de 60 mil objetos que hoy comprenden la colección de este recinto que abrió sus puertas hace 40 años, el 15 de julio de 1986 en el antiguo Hospital de San Juan de Dios.

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Caja china en laca negra de finales del siglo XVIII. Este objeto fue sometido recientemente a un arduo trabajo de restauración. Crédito: KARLA GUERRERO/EL UNIVERSAL

Colocado cuidadosamente sobre una base a su medida, ese abanico forma parte de una colección de 12 valiosas piezas de ese tipo y que están entre “los objetos más lujosos y delicados” del acervo. Donado en los años 90, es también uno de los cinco abanicos restaurados recientemente mediante el programa Conservar para el futuro, una campaña de recaudación anual con la que el museo logra financiar la restauración y conservación de su vasta colección, que incluye libros, muebles, fotografías, platería, relojes, pinturas y otras artes.

“El año pasado la campaña fue muy exitosa y logramos la participación de muchas personas donantes que quieren que sigamos manteniendo los acervos y que sigan siendo accesibles. Es también una manera de recordar este regalo que Franz le hizo al pueblo de México”, subraya en entrevista Giovana Jaspersen, directora general del museo. Con ese programa, el museo también ha logrado dar continuidad al proyecto de digitalización de su acervo bibliográfico.

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Para cuidar de manera cotidiana los más de 60 mil objetos de su colección, el museo tiene un equipo especializado, entre los que están tres restauradoras. En la imagen, Tomás Sánchez, a cargo del control y registro de las piezas , extiende un sarape de Saltillo del siglo XIX. Crédito: KARLA GUERRERO/EL UNIVERSAL

En el laboratorio de conservación, que también es la antesala de las bodegas del recinto, hay otras piezas que han sido restauradas recientemente.

Tomás Sánchez, a cargo del registro y control de las colecciones, despliega delicadamente sobre la mesa un sarape de Saltillo del siglo XIX cuya tela se había corrido en varias zonas, por lo que los expertos tuvieron que estabilizarlo.

“Estos sarapes son muy coloridos, pero lo van perdiendo con la luz o si son prendas de uso, que es el caso de este y muchos de los objetos que tenemos. Son piezas que terminaron en alguna casa de subastas o en alguna herencia, pero se usaron entonces, traen siglos o años de daños”, explica Mariana Sainz.

Ahí está también una caja china en laca negra de finales del siglo XVIII que bajo luz ultravioleta revela la etiqueta de la casa de antigüedades donde Franz Mayer la adquirió en su momento. “Tenía toda la laca levantada, tenía grietas. Parecía queso parmesano, lajas y lajas levantadas. Lo que se hizo fue estabilizar las grietas con adhesivos y bajar las lajas de laca para que se volvieran a adherir a la madera. Después se hizo una reintegración cromática con pinturas al barniz”, detalla Poncelis.

Franz Mayer comenzó su valiosa colección de artes decorativas con la idea de abrir un museo a futuro. En la imagen, piezas de la colección original en su casa. Crédito: CORTESÍA MUSEO FRANZ MAYER

Otra pieza intervenida con este programa de recaudación es una pintura del siglo XV de un San Cristóbal cargando sobre los hombros al Niño Jesús y que es una de las piezas más antiguas de la colección. De autor anónimo, este óleo sobre tabla fue una de las piezas adquiridas por Franz Mayer junto a otros objetos procedentes de las antiguas regiones de España, como un arca de novia catalana del siglo XV, utilizada para resguardar la dote, y un par de cruces de plata sobredorada de Burgos.

Si bien estas son piezas que han requerido tratamientos de largo alcance con la colaboración de especialistas externos en cada tipología, en el día a día el pequeño equipo de restauradoras del museo monitorea el estado de las obras resguardadas en bodega y de las exhibidas en sala.

“Es muy retador. Tenemos muchísimas tipologías y, a veces, diversos materiales interactúan en una misma pieza. Entonces, el reto empieza en cómo resguardarlos. Hay materiales que no conviven bien juntos. Tenemos una colección además muy voluminosa y los materiales tienen que estar resguardados de manera segura, que no choquen entre sí, que no se peguen, que no soporten peso unas sobre otras”, dice Sainz.

Durero. El primer artista viral es una de las exposiciones que presenta el museo por su 40 aniversario. En la imagen, el original y la copia de “La glorificación de la Virgen”, un grabado del maestro renacentista de su serie La vida de la Virgen.

Además, cada tres meses las restauradoras deben rotar las piezas más frágiles en exhibición, como los textiles o el papel. “Tenemos grandes textiles que estuvieron colgados en su castillo hace 300 años acumulando polvo, luego han pasado acá otros 40. A veces pueden medir cinco metros y nada más moverlos es complejo, restaurarlos puede tomar más de un año y costar medio millón de pesos”, dice Mariana Sainz.

Por eso, en cada intervención colaboran con restauradores especializados. “Para la sala de plata que abrimos hace tres años se restauraron piezas, se limpiaron, se pulieron, se quitó la corrosión, se soldaron y barnizaron. Eran alrededor de 300 objetos y seis restauradores externos especializados trabajando. Tenemos a un especialista en mobiliario que puede desarmar y volver a ensamblar un mueble, especialistas en papel, en porcelana. Hay una especialista en textiles grandes que tiene un telar especial inspirado en técnicas de restauración que hacen en Inglaterra y es el único en México”, explica Sainz, quien subraya la existencia de programas para financiar estos costosos procedimientos y la colaboración que mantienen con escuelas especializadas, como la ENCRyM del INAH, para realizar prácticas de restauración.

En la imagen, Tomás Sánchez, encargado de registro y control y Mariana Sainz, directora de colecciones, en el espacio donde atienden las piezas del acervo. Crédito: Karla Guerrero/ El Universal

Revisión de las colecciones

Este recorrido por el Museo ubicado en Avenida Hidalgo 45, en el Centro Histórico, sucedió un lunes, el día en el que el museo cierra sus puertas al público. Sin embargo, en su interior la actividad no se detiene, el personal aprovecha el día para poner todo en orden para recibir a sus visitantes. En las salas de exhibición permanente, dos trabajadores ajustan cédulas y revisan vitrinas. Basta un vistazo alrededor para encontrarse con algunas de las grandes joyas del acervo, como el Biombo de la Conquista, pinturas y mobiliario novohispano. En ese desfile de objetos destacan libros, litografías, instrumentos cartográficos y científicos, relojes y mobiliario que da cuenta de la historia de Alemania y de su manera de producir conocimiento. Estas últimas piezas han salido temporalmente de las bodegas para dialogar con obras e instalaciones sonoras de artistas contemporáneos como parte de la exposición conmemorativa Alemania. Revoluciones de arte y ciencia. Realizada en colaboración con el Goethe-Institut, la muestra ha servido de pretexto para sacar a salas más de 200 piezas de la colección original, ofrecerles una nueva lectura y, en algunos casos, exhibirlas por primera vez.

“Esas intervenciones en las salas permanentes comenzamos a hacerlas hace tres años y han sido una gran oportunidad para revisitar la colección, para mostrar piezas de la colección que nunca se ven. Estamos mostrando un 7% de nuestro acervo, todo lo demás vive en las bodegas y hacer estas intervenciones, relecturas, activaciones nos permiten revisitar el acervo, verlo y reconfigurarlo desde otro sitio”, subraya Giovana Jaspersen cuya gestión se ha caracterizado por dar movilidad a las colecciones y apostar por la creación de nuevos públicos mediante lecturas contemporáneas de un acervo que, en otro momento, despertaba poco interés entre los jóvenes.

“En los últimos tres años hemos pasado de 80 mil visitantes a más de 400 mil, pero también hemos tenido un desplazamiento etario. Nuestra principal audiencia estaba entre los 50 y los 60 años y ahora está entre los 20 y los 30”, dice la gestora, recién condecorada con la insignia de Caballero en la Orden de las Artes y las Letras de Francia.

Especialista en planeación y gestión cultural, con una licenciatura en Gestión Cultural por la Universidad de Guadalajara y otra en Restauración de Bienes Muebles por la Escuela de Conservación y Restauración de Occidente, Jaspersen ha apostado por renovar la imagen del museo mediante exitosas exposiciones como 31 Minutos y Japón: del mito al manga, que lograron acercar a cientos de jóvenes al recinto.

Para conmemorar sus 40 años, el museo apostó ahora por ofrecer una lectura muy contemporánea de una de sus colecciones de grabados más antiguas y valiosas, a través de la exposición Durero. El primer artista viral, que presenta por primera vez el conjunto completo de 40 grabados de ese maestro del Renacimiento.

“Es una exposición que aborda a Durero desde la viralidad, desde la primera marca personal, desde el primer proceso que se llevó a juzgado para la defensa de una marca personal después de que hicieran copias y falsificaciones de su marca personal para la venta de sus piezas”, explica la directora al referirse al hecho de que Durero fue el primer impresor en crear su propio “logo”, un monograma que combinaba sus iniciales y con el que firmaba sus dibujos, pinturas y grabados. Con ello logró proteger la autoría de sus grabados y llevar ante tribunales a falsificadores de su obra, como ocurrió con el italiano Marco Antonio Raimondi, quien copió la serie La vida de la Virgen, caso que llegó a discutirse en los tribunales de Venecia.

“Creo que muy pocas personas saben que el Franz Mayer tiene la colección de Durero más grande de América Latina. Celebrar los 40 años sacando esta colección nos parecía muy importante y queríamos honrar lo que ha sucedido con nuestras audiencias, hablar en el mismo tono que ellos hablan, con la cercanía de las redes sociales, los memes, sin perder la profundidad de la exposición o la relevancia del acervo”, explica GiovanaJaspersen.

En la exposición, el propio Durero puede contar sus hazañas y litigios en esos tribunales a través de una instalación hecha con inteligencia artificial en la que el público puede preguntarle y dialogar con “el artista”. Ahí se exhiben también las series más célebres de este famoso grabador, un conjunto de obras que Franz Mayer adquirió de manera sistemática, consciente de su valor histórico y económico.

“Franz Mayer era un corredor de bolsa, él estaba invirtiendo y eso también marcaba la manera en la que compraba ciertos acervos. Durero sigue siendo el artista más importante de la historia del arte alemán y creo que Franz sí fue muy visionario en qué tanto iba a subir esa inversión que estaba haciendo y el valor del acervo”, comenta Jaspersen.

Su estrategia, añade, no se limitó a comprar grabados aislados. También adquirió libros ilustrados por Durero, piezas de comparación y obras de artistas y grabadores que, en siglos posteriores, siguieron la escuela del maestro alemán, como Rembrandt.

El caso de los grabados de Durero ilustra la visión de Franz Mayer como coleccionista. Un hombre de negocios que no reunió su colección de manera azarosa o por mera acumulación, sino que construyó un proyecto museístico con una estrategia muy definida. Jaspersen explica que desde el principio concibió la colección como el contenido de un museo para el futuro, definía lo qué necesitaba para cada sala y desarrollaba cada conjunto hasta considerarlo completo. “Cuando hacen el primer modelo del museo, que era totalmente distinto al que terminó siendo, era un edificio circular en Las Lomas, muy similar en arquitectura al Guggenheim, Franz va curando cuarto por cuarto y va comprando piezas. Cuando lo consideraba completo dejaba de comprar. Cuando termina la colección de Oriente, envía una carta al dealer para decirle que ya terminó su colección y que ya no va a comprar. Es un acervo modesto, pero muy significativo y representativo de las técnicas orientales, un poco más de 300 piezas. Y eso hace con cada cosa”.

Lo mismo hizo con su selecta colección de biombos, que tiene como joya protagonista el Biombo de la Conquista cuya adquisición persiguió durante varios años hasta traerlo desde Londres o con la valiosa colección de ediciones del Quijote, que llegó a reunir poco más de 700 ejemplares.

Un museo a perpetuidad

En un país donde en los últimos años varias colecciones privadas han terminado fragmentadas tras la muerte de sus propietarios —como ha sucedido con la sonada Colección Gelman—, el Museo Franz Mayer ha seguido un destino distinto y se mantiene como un modelo de permanencia.

La clave, según su directora, responde a la visión de su fundador, quien “diseñó una máquina perfecta” al dejar blindado el museo con un modelo de operación y gobernanza pensado para sobrevivir más allá de su tiempo. “Franz diseña un mecanismo de sostenibilidad y futuro. Él dice: ‘quiero un museo a perpetuidad’. Eso significa que esta institución debe vivir siempre y deja no únicamente su colección, sino también todo el patrimonio financiero que hizo a lo largo de su vida a través de la banca y la inversión bursátil”.

La directora explica que el coleccionista alemán estableció un modelo de gobernanza tripartito integrado por el museo, un patronato cuyos integrantes dejó definidos con nombre, apellido, titulares y suplentes, y un fideicomiso administrado por el Banco de México. “Él dice: ‘le quiero dejar mi colección al pueblo de México, mas no al gobierno de México’”, recuerda la directora, quien asegura que es gracias a ese capital semilla que la institución puede garantizar su operación sin recibir recursos públicos, mientras que el resto de sus ingresos proviene de sus visitantes, donativos, alianzas y servicios.

“Es un caso único en México porque en el resto de las colecciones privadas en muchas ocasiones lo que ha sucedido es que se deja sólo la colección sin tener un mecanismo de operación futuro institucional que verdaderamente le dé sustento a esa colección. Franz dejó todo por escrito y notariado. Fue de una claridad mental y financiera absoluta, previendo siempre el futuro y lo que iba a suceder con este museo hacia el mañana”.

Aquel primer museo que imaginó Franz Mayer nunca se construyó. El que hoy ocupa el antiguo Hospital de San Juan de Dios tampoco alcanzó a verlo abierto. El fotógrafo y coleccionista, que llegó a México en 1905, murió en 1975, once años antes de que el museo abriera sus puertas. Sin embargo, esa colección de rarezas antiguas y objetos exquisitos de distintas épocas que reunió con paciencia ha encontrado hoy nuevos lectores.

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