A más de mil kilómetros de ti, sueño tu sonrisa
José Luis Perales
El pasado Domingo, con el propósito de salvar dentro de lo posible la distancia física que me separa de mi madre, me convencí de que peor sería nada y decidí hacerle un arremedo de serenata a través de la ventana del celular. Cerré, primero, la de mi casa, para que el ruido de trompetas y guitarrones que llegaba de la calle no se fuera a colar en mi pequeño concierto, y preparé un set con la pared blanca como fondo.

Así ella atendió a mi videollamada, me arranqué cantando de corrido “Las mañanitas”, “Desolación”, “Cuando apenas era un jovencito” y otras canciones que considero especiales no porque sean clásicos imprescindibles de nuestro cancionero, que sí lo son, sino porque forman parte del repertorio íntimo familiar que poníamos y cantábamos cuando mi abuela todavía vivía. Cerré el show con una obligatoria, por ser su favorita: “La feria de las flores”:
Me gusta cantarle al viento, porque vuelan mis cantares y digo lo que yo siento por toditos los lugares.
En mi caballo retinto he venido de muy lejos y traigo pistola al cinto y con ella doy consejo
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Al día siguiente, 11 de mayo, sin mediar palabra, mi madre me mandó un vídeo en el que pude distinguir sobre un escenario, entre una muchedumbre de músicos, a dos personajes referidos en la colaboración de la semana pasada: mi tía Elizabeth y a mi tío Marco Antonio, el famoso Wachuchey , dando un concierto, mandolina y castañuelas en mano, junto a la estudiantina de la que ellos mismos fueron miembros fundadores hace exactamente sesenta años. El motivo de este show —realizado gratuitamente en el auditorio de la escuela de contabilidad y administración de la Universidad Autónoma de Sinaloa con un aforo lleno—, además de celebrar el día de las madres, tuvo como propósito la celebración de la larga trayectoria de esta agrupación, conformada por alrededor de 40 personas, la cual nació en la facultad de ingeniería con el visto bueno de Julio Alberto Ibarra Urrea, entonces rector de la Universidad, como un proyecto destinado a crear comunidad entre los estudiantes (sin importar la carrera de la que provinieran) y a contrarrestar así el endémico ambiente de violencia que ha padecido mi ciudad desde tiempos antiguos. En el fragmento grabado por mamá pude apreciar cómo aquellos sexagenarios músicos universitarios, vistiendo capa de gala, entonaban gustosos, precisamente, “La feria de las flores”.
Esa canción, compuesta al rededor de 1936 por el michoacano Chucho Monge, también autor de otras famosísimas como “México lindo y querido” y “Cartas marcadas”, se popularizó dentro y fuera de nuestro país al ser elegida como soundtrack de al menos tres películas, una de ellas producida por Disney (que no llegó a estrenarse), y al recibir interpretaciones de ídolos como Pedro Infante, Jorge Negrete, Lola Beltrán, Antonio Aguilar y Lucha Villa, la reina de los palenques, quien no solo fue la primera en grabarla sino que, también, habría sido la principal incentivadora para su composición al sugerir insistentemente al joven Monge, entonces dedicado exclusivamente al bolero y a los tangos, que incursionara en el género “folklorico mexicano”. “La feria” fue la primera ranchera con la que el michoacano, haciendo caso a este consejo, se encaminó a convertirse rápidamente en una de las plumas más emblemáticas del regional, separándose de la línea de Agustín Lara, su “rival” (al menos a nivel mediático).
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Dicha canción está inspirada en una festividad endémica de la región de Huachinango, Puebla y evoca (con su letra, música y sonoridad) un ambiente rural vinculado a la mexicanidad. En este sentido, le viene bien el epíteto que Carlos Monsiváis , en su clásico Amor Perdido, adjudicó al repertorio ranchero que sirvió de soundtrack al cine de oro mexicano: “una canción urbana con memoria agraria”, que brindaba a los nostálgicos y cada vez más numerosos migrantes provincianos recién llegados a la capital la sensación de familiaridad y de restitución simbólica de lo perdido.
Mis padres, tíos y abuelos saben de esa nostalgia y de ese consuelo representado por las canciones rancheras de la época de oro pues fueron todos ellos migrantes. Si bien no migraron hasta la capital del país, como en mi caso, sí dejaron los territorios rurales que los vieron nacer para trasladarse al incipiente centro urbano que era Culiacán en la mitad del siglos. Llevaron consigo sus escasas pertenencias en una camioneta destartalada que consiguieron prestada y, por supuesto, su gusto musical (mezclado entre lo radial-venido de lejos y lo campirano, inventado ahí mismo), así como su forma tan particular de vivir la música y de hacerse acompañar de ella en cada momento desde hacía generaciones.
Sé de primera mano que, después de trabajar la tierra, el bisabuelo acostumbraba tomar el acordeón para cantar junto a su ayudante, mi abuela niña, con los empinados y siempre cambiantes cerros de telón de fondo o, bien, que ya adolescente, ella no se perdía ninguno de los bailes que seguido se organizaban en consonancia u oposición al calendario católico (el día de reyes, el carnaval, la fiesta de San Juan, etcétera ) o, bien, asuntando celebraciones privadas que, en los ranchos, hasta hoy suelen volverse extensivas a todo el pueblo. Estas fiestas siempre se alargaban hasta el otro día y le permitían darse ciertas licencias frente al recato y a las usuales privaciones sensuales que dictaban las tradiciones del pueblo, que por más musical y alegre que fuera, no dejaba de ser mocho.
Una vida después, esos serían los recuerdos a los que ella, con aquel brillo en los ojos y ya postrada en una silla, regresó constantemente:
-“Quisiera volver ahí, mijo, quisiera nunca haberme ido”.
Su hijo Marco Antonio, el primogénito, en cambio, no recuerda los años idos con tanto romanticismo. Tal parece que las carencias materiales representadas por esa vida rural pesaron más en su memoria que lo pintoresca y musical que ella pudo haber sido. Cuenta que desde niño forjaba en su interior el sueño de superarse, lo cual invariablemente conllevaba salir del rancho.
Recuerdo que en un momento avanzado del sepelio de mi abuela, a la luz de las velas y ya con solo los más allegados presentes, contó de buen humor, una historia de infancia que nunca le había oído: iba vagueando de tarde junto a una de sus hermanas por la orilla de la carretera internacional que serpentea al lado del rancho —eran los años de construcción del puente que a traviesa el río Piaxtla, una magna y demorada obra que obligaba a todos los vehículos a que permanecieran esperando a veces hasta semanas su turno para el cruce, realizado a través de una plataforma improvisada con varios troncos unidos—. Mientras recorrían distraídos la ya habitual enorme fila conformada por resignados pero no por ello menos acalorados conductores, pasaron al lado de un trailer que estaba próximo al cruce. De su cabina, de pronto, una pareja de americanos que los observaba por el retrovisor descendió y los abordó:
-Niños, ¿por qué andan aquí solos? ¿dónde están sus papás?
Y también:
-¿ya comieron ? ¿quieren chocolate?
Aunque sabían perfecto español, el acento y la marca del chocolate Ghirardelli delataban su origen. Explicaron que eran de San Francisco y que trabajaban como transportistas. Luego, al advertir el interés manifiesto en la cara de Marco Antonio, hablaron de lo bonito que era todo allá, de sus colinas, de su gran puente que en nada se comparaba con este y del brillo, ese brillo especial que tienen las cosas del otro lado de la frontera.
-¿No les gustaría conocer?
Dijeron que ellos, tristemente, no podían tener hijos y que, resignados, se habían abierto a la idea de adoptar. Estaban en la búsqueda y, al parecer, ellos, esos dos niños evidentemente necesitados y, para colmo, güeritos, no les parecían una opción nada desdeñable.
-Cruzamos el río mañana a primera hora, anímense a venir.
Marco Antonio les dijo que sí, que era un hecho.
-Mañana antes del amanecer aquí nos vemos, aseguró, y no les estaba dando el avión. ¿Cómo decir que no a una oportunidad como esa? ¿Cómo negarse a la materialización inmediata de sus sueños cuando estos casi literalmente le tocaban la puerta?
Pero, por alguna razón, no sucedió, si bien ninguno de los dos sabe decir porque a ciencia cierta. Quizá se arrepintieron, quizá se quedaron dormidos, quizá fueron descubiertos por mi abuela en el último segundo de la huida o, quizá, ese encuentro con los gringos en realidad solo sucedió en la fantasía de sus párvulas mentes juguetonas.
Por más que ese fuera el caso, no dejan de ser significativas en sí mismas la invención conjunta de una ficción así y el deseo implícito que subyace tras ella.
Para la familia de mi abuela, con sus nueve hermanos y un esposo que era como un hijo más, el destino tenía reservado otro norte no tan lejano en la llamada capirucha (así le dicen en las zonas rurales y en el propio Culiacán a la capital sinaloense). Fue ahí donde, no sin dificultades, Marco Antonio terminaría cumpliendo su sueño de superación al no solo estudiar una carrera universitaria y volverse años después director de la misma sino, también, y en la misma jerarquía de valores, al convertirse en miembro fundador de la estudiantina, agrupación que le dio oportunidad de hacer rendir la herencia musical que adquirió del bisabuelo y, también, de codearse con personalidades musicales de la talla de Gordon Cambell o del Trío Azteca.
Pero esa es una historia para otro domingo.