Octubre de 1912
En esta tarde cuya luz parece emanar de un fuego que baila en la frontera entre aquello que se tiene y lo que nunca se podrá tener he optado por volver a la labor de tejedora que inicié al cabo de leer al poeta ciego que vio más prodigios que los que la simple vista nos concede. Vio a Helena y a Penélope, a Circe y a Calipso, a ninfas marinas y a cincuenta esclavas cuyas manos trenzan el hilo púrpura del mito con una cadencia que remite a las hojas de un álamo sublime y que origina telas bien labradas que relumbran como si de ellas fuera brotando un lento aceite. Vio mujeres tan expertas en el arte misterioso del tejido como diestros son los hombres en lo vinculado al orden arcaico de la navegación. ¿Será que las agujas femeninas equivalen a los remos masculinos? ¿Será que la historia ha sido urdida por objetos que entran y salen de paños y de olas para crear la trama secreta que a todos nos arropa sin que lo sintamos? ¿Será que el sudario que Penélope teje durante el día y desteje en las tinieblas de la noche está destinado a cubrirnos cuando llegue la hora de extinguirnos como la última llamarada del ocaso? Tejer es tal vez prolongar la tela corta que se nos ha dado al nacer. Todo texto como este que le escribo con ganas de averiguar qué tal lo trata el mundo no es más que otra manera de tejido.

20 de mayo de 1913
Había tanta y tan intensa luz esparcida por doquier en el campo que fui fácil de persuadir para extender mi estancia. Cómo agradezco haber podido reencontrarme con la luz en su más amplia dimensión, en sus más claras manifestaciones. Cómo he gozado observando sin que corra prisa la danza de la luz, la danza del tiempo: minúsculos planetas hechos de polvo en un rayo sólido de sol que se licúa con la irrupción de una nube pasajera. La luz, creo que coincidirá conmigo, es una especie amable de hospedaje: en ella nos albergamos para beber hasta el fondo los días lentos y veloces que nos han sido obsequiados. Seguramente está usted familiarizado con la idea que se ha retomado en Alemania en torno de la desnudez como Lichtkleid o vestido de luz, vestido de gracia según se consideraba en la antigüedad: el cuerpo humano refulge con su mejor indumentaria cuando no hay indumentaria que lo cubra. Seguramente cuando usted va a trasladar un cuerpo desnudo al lienzo no piensa en usar óleos sino resplandores listos para que el pincel los desperdigue. Seguramente se habrá dicho en más de una ocasión que el arte es la forma condensada de la luz.