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¿Cómo la FIFA diseña las ventajas de los anfitriones en el Mundial?: The show must go on

Un análisis de las ventajas que la FIFA concedió a México como país anfitrión del Mundial. Desde la fase de grupos hasta la ronda de eliminación directa, el ranking Elo muestra cómo el diseño del torneo incrementó las probabilidades del equipo nacional de avanzar a octavos de final

La euforia por el desempeño de la Selección convive con otra lectura: el Mundial de 2026 fue diseñado con beneficios deportivos y logísticos que favorecieron a los tres anfitriones. Crédito: Luis Camacho/ El Universal
05/07/2026 |00:58Rául Rojas |
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No es mi intención restarle mérito al avance de México a los octavos de final, es decir, al grupo de las últimas dieciséis selecciones en la Copa del Mundo. Pero sí conviene ponerle un poco de cabeza fría a la euforia reciente y mirar con calma la arquitectura del torneo. Porque el Mundial no sólo se juega en la cancha: también se diseña en los escritorios.





Con 48 selecciones, el nuevo Mundial obliga a construir una ronda de eliminación directa con 32 equipos. Pasan los dos primeros lugares de cada grupo y también los ocho mejores terceros. Esto produce una asimetría inevitable: algunos primeros lugares juegan contra terceros lugares, mientras que otros primeros lugares tienen que enfrentarse a segundos lugares. No todos los caminos son igualmente difíciles.

Y aquí aparece la primera “curiosidad” del torneo. México, Estados Unidos y Canadá fueron colocados precisamente en grupos cuyo ganador se cruzaba con un tercer lugar. Pero la generosidad no terminaba ahí: incluso si cualquiera de los tres anfitriones terminaba segundo en su grupo, tampoco le tocaba jugar contra un primero de otro grupo, sino contra otro segundo lugar. En otras palabras, los anfitriones arrancaron con red de seguridad.

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Los tres países comenzaron el torneo con una triple ventaja: jugar en casa, tener un cruce favorable si ganaban su grupo y conservar un cruce relativamente benigno incluso si terminaban segundos. Canadá ya cobró esa póliza: quedó segundo, jugó contra Sudáfrica, que también había sido segundo, y siguió adelante. Nada mal para un torneo que, por supuesto, sólo premia el mérito deportivo.

A eso hay que agregar otro detalle central: México, Estados Unidos y Canadá fueron sembrados como cabezas de grupo. Los otros nueve cabezas de grupo fueron equipos de mucho mayor jerarquía internacional. La consecuencia práctica fue clara: ninguno de los anfitriones tuvo que enfrentar en su grupo a una de las selecciones más peligrosas del mundo. Sin el privilegio de ser anfitriones, México, Canadá y Estados Unidos difícilmente habrían sido cabezas de grupo.

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Los puntos Elo permiten cuantificar esta ventaja. Como en el ajedrez, las selecciones ganan puntos cuando vencen y pierden puntos cuando son derrotadas. El ranking Elo (publicado periodicamente) condensa en una cifra la fuerza histórica y reciente de cada equipo, y la diferencia entre dos equipos puede traducirse en una probabilidad de victoria. No es una bola de cristal, pero sí una manera razonable de medir desigualdades competitivas. Por ejemplo, España tiene 2159 puntos Elo, Estados Unidos tiene solo 1798.

Los datos son elocuentes: en los nueve grupos sin anfitrión, el ranking Elo promedio de los cabezas de grupo era de 2007 puntos. En cambio, el promedio de México, Canadá y Estados Unidos era de apenas 1796 puntos. Dicho de otro modo: desde el sorteo, la FIFA les “obsequió” a los anfitriones alrededor de 200 puntos Elo al tratarlos como cabezas de grupo. ¿Para qué? Para reducir el riesgo de que alguno se quedara en la fase inicial. No fuera a ser que México, Estados Unidos o Canadá tuvieran que jugar desde el principio contra España, Inglaterra, Países Bajos o, Dios nos libre, Francia o Argentina.

La ventaja promedio de los tres anfitriones sobre los otros equipos de sus respectivos grupos fue de 83 puntos Elo. Pero en el caso de México fue mucho mayor. México tuvo un grupo particularmente amable: su ventaja promedio sobre Sudáfrica, Corea del Sur y Chequia fue de 211 puntos Elo. En pocas palabras: antes de que rodara la pelota, México ya entraba con una ventaja deportiva considerable frente al promedio de sus rivales de grupo.

A esa ventaja hay que sumarle la localía. En los modelos Elo, jugar en casa suele equivaler a unos 100 puntos adicionales. Así, México arrancaba la fase de grupos con una ventaja contextual cercana a 311 puntos Elo frente al rival promedio de su grupo. En términos probabilísticos, eso se traduce en una expectativa de ganar el grupo de alrededor de 86%. No sorprende, entonces, que México ganara su grupo con autoridad. Lo notable habría sido lo contrario.

Luego vino el cruce contra Ecuador. En teoría, jugar contra un tercer lugar es mucho más favorable que jugar contra un segundo. La diferencia promedio entre un ganador de grupo y un tercer lugar clasificado ronda los 200 puntos Elo. Si a eso se suma la localía, la ventaja contextual vuelve a acercarse a los 300 puntos. Otra vez: no estamos hablando de milagros patrióticos, sino de un camino cuidadosamente acolchonado que llevaba a 85% de probabilidad de victoria frente a Ecuador.

Es cierto que Ecuador no era un tercer lugar cualquiera. Por Elo, era un rival más fuerte que el tercer lugar promedio. Pero precisamente por eso el ejemplo es interesante: incluso cuando el rival asignado no era tan débil, México aprovechó las ventajas estructurales: ser cabeza de grupo, jugar en casa con la altura de CDMX, y al ganar su grupo, no tuvo que enfrentar a un segundo lugar, sino a un tercero.

Y, por si hiciera falta completar la cortesía logística, los ecuatorianos fueron enviados al AIFA en lugar de aterrizar por una ruta más cómoda desde Toluca hacia su hotel, y terminaron atrapados durante tres horas en el tráfico rumbo a Santa Fe. La afición, por su parte, hizo lo suyo: rezó a la Virgen de Guadalupe, llenó la calle frente al hotel, metió ruido y matracas y dejó sin dormir al extraño enemigo.

México ya ha estado en el grupo de los últimos 16 en otros mundiales, como ahora. Lo verdaderamente difícil es pasar al grupo de los últimos ocho (cuartos de final). Ahora es cuando las cosas se pueden poner espesas, inicialmente contra Inglaterra, y de continuar, posiblemente contra Brasil. La ventaja de jugar en el Azteca, con la altura que agobia a los contrincantes, no estaría presente contra Brasil.

Estos son los mundiales en los que México ha avanzado a figurar entre las últimas 16 selecciones: 1986, 1994, 1998, 2002, 2006, 2010, 2014 y 2018. En 2022 se rompió la racha que ya se retomó en 2026.

Nada de esto cancela el mérito de los jugadores mexicanos. Ganar hay que ganar. Meter los goles hay que meterlos. Defender el resultado hay que defenderlo. Pero tampoco conviene confundir una victoria deportiva con una epopeya sin contexto. La FIFA diseñó un torneo en el que los anfitriones tenían más oxígeno que los demás: mejor siembra, cruces más cómodos y localía. Nunca tres equipos de la CONCACAF habían quedado entre las últimas 16 selecciones. Después, claro, the show must go on.

La selección nacional ha hecho su trabajo. La FIFA también.