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Jaime Labastida, cuando el recuerdo deviene en pensamiento

Élmer Mendoza

Labastida es un adivino cuyo instrumento es la palabra, que sostiene esa especie de maldición de percibir el fin antes que nadie y acariciar sus vértices. En su libro de poemas, Atmósferas, Negaciones, editado por la Universidad Autónoma de Sinaloa en marzo de 2017, en Culiacán, México, deja constancia de cuáles son los caminos que recorre, los espacios que lo invocan y los puntos que le interesan para observar la vida sin evadirse de ella. No es un espectador, es un protagonista que deja que lo oscuro lo matice cada que lo considera necesario. “No sé qué súbito animal se mueve/ en mis entrañas, ignoro qué recuerdos/ se apoderan del texto de mi carne,” dice, y nos mete en cintura, justo donde los recuerdos no tienen pertenencia y son un pensamiento donde el poeta vive vidas sin nombre pero llenas de acción: participa en múltiples y sangrientas batallas, es sacerdote en la piedra de sacrificios y reconoce que es polvo inerte, “un polvo triste que se pone de pie por unas horas y luego cae y se confunde con otra tierra seca.”

Jaime Labastida es un poeta y filósofo mexicano, además de académico de la lengua, que nació en Los Mochis Sinaloa. Su tierra, además de su sangre, le heredó un paisaje infinito lleno de luz, mar e incertidumbre. Por eso ama los espejismos donde cualquier explicación es una pregunta. “¿Qué se hizo la palabra amor? Nos conmina, “Y la palabra dicha, ¿qué se hizo?.” Hay fenómenos como la violencia que inducen una soledad sin barreras, que pintan los cielos de colores sin nombre y hacen de la tierra una caverna insondable. “¿En dónde están aquellos tiempos en que crecía la llama limpia de la vida?”, ¿qué palabras me habitan? ¿Podría vivir sin ellas? Y aún más, el poeta crea laberintos de espejos donde no nos perdemos sino todo lo contrario, nos encontramos, y cada quién puede obtener sus propias conclusiones y meditar en el punto de quiebre que este adivino del silencio de Ohuira le impone. Cada quien su misterio. A veces, las preguntas de Jaime, son las respuestas que nadie quiere oír.

Labastida es un poeta cuya creatividad radica en su pensamiento versátil. Sin embargo, no siempre encuentra las palabras que nombran sus recuerdos, ¿qué haces, por ejemplo, con esos padres que recuerdas con cien años encima? Claro, te refugias en la mujer que te explica que tienes un nombre, un pasado y un gusto por el arte, ¿y el destino? Bueno, sólo hay uno: la muerte que, “nos obliga a admirar la belleza”, esa que, “¿no sucede jamás porque siempre está viva?”, o, “¿sucedió de verdad lo que recuerdas?”, ¿qué es, en fin de cuentas, la memoria? Tengo un poeta ante mis ojos, un hombre conmovido que aunque no lo desee, enriquece mi visión de mí mismo, de lo que soy y lo que puedo ser y del tiempo finito que me envuelve. No habrá un portal del tiempo que me salve, ni una línea ley que me traiga las voces milenarias que resuelvan mis dudas. El poeta me abre los ojos, de lo que siga luego yo soy el responsable.

El libro, como su nombre lo indica, está dividido en dos partes: las atmósferas en que el poeta alimenta sus dudas: Desiertos, mares, montañas, murallas, tempestades, terremotos, puertas, tumbas, mujer, entre otras, y trece negaciones donde comparte sus certezas; poema en el que no, poema en el que nunca, poema en el que jamás, poema en el que no sé, poema en el que quién sabe, y ocho más con títulos por el estilo. Mientras la primera parte es devastadora, la segunda es lúdica y arranca algo más que reflexiones. Conclusiones que llevan a preguntas sin respuesta inmediata. La portada, tengo que decirlo, es del culichi Álvaro Blancarte, que expresa la furiosa tranquilidad de un artista que vive en La Rumorosa y que cada vez que lee a Jaime Labastida tiene arrebatos que quedan en sus piezas llenas de vibraciones. Como en todo buen libro, hay territorios compartidos, los más notables son el de Borges y su túnel de tiempo, Sabines y su universo de suposiciones, Quevedo y la vida hecha polvo enamorado, y Jorge Manrique con ese tono inaugural de la más profunda fatalidad en la poesía en español. Si usted es una persona que vive en serio, entonces, qué caray, la poesía es parte de su vida, y este libro, Atmósferas, Negaciones, de Jaime Labastida, le dejará claro, por qué tiene derecho a lo que importa. “¿Es el amor, sólo el amor, oh dioses,/ eso que mueve al sol y las estrellas?” Ya me contará.

 

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