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El mismo día llegaron para Emilio Lozoya una bala y un blindaje. Y las dos cosas partieron de la misma noticia: se empezó a conocer lo que confesaron ante tribunales los altos directivos de la empresa brasileña Odebrecht.
La revelación llegó por separado a través de dos vías: Quinto Elemento Lab en México y O Globo en Brasil.
Quinto Elemento Lab se presenta como un “laboratorio de investigación periodística” y es una iniciativa de Alejandra Xanic, la única mexicana que ha ganado el premio Pulitzer con un trabajo para The New York Times; Ignacio Rodríguez Reyna, veterano de oficio, fundador de Emeequis; Marcela Turati, experimentada reportera que ha colaborado con Reforma y Proceso; y Daniel Lizárraga, el cerebro detrás del reportaje de la “casa blanca” del presidente Peña Nieto. O Globo es el consorcio mediático más influyente, importante y famoso del gigante latinoamericano.
Quinto Elemento Lab dio a conocer tres detalladísimos testimonios de ejecutivos brasileños, quienes denunciaron que el ex director general de Pemex recibió 10 millones de dólares de sobornos. Fechas, horas, cafés, oficinas, la casa de Lozoya, a qué cuentas primero, a qué cuentas después. Los periodistas aseguran que tuvieron acceso a testimonios y hasta videos de las confesiones.
El meollo: según la acusación, Lozoya habría recibido cuatro millones de dólares, cuando era uno de los capitanes de la campaña presidencial priísta de Enrique Peña Nieto, y el resto, cuando ya encabezaba Petróleos Mexicanos.
O Globo, en la misma dirección, habló de un testimonio también de alto nivel que confiesa lo mismo.
Estas revelaciones constituyen para Emilio Lozoya una bala y un blindaje.
Una bala que le pega. Él emitió un comunicado, rechazando que sean ciertas las afirmaciones de los ejecutivos de la constructora brasileña. Descalificó a sus acusadores, diciendo que son delincuentes confesos que dicen lo que sea con tal de conseguir que les rebajen la pena. Quizá no baste. Quizá tenga que dar la cara frente a una opinión pública expuesta a cada vez más investigaciones, más dudas, más señalamientos en su contra que han dañado su imagen pública y pueden meterlo en subsecuentes problemas en sus empresas privadas.
Pero también son un blindaje. Un blindaje legal y político. El darse a conocer que 4 de los 10 millones de dólares habrían sido transferidos por Odebrecht a una cuenta bancaria off shore en las Islas Vírgenes Británicas —el más paraíso de los paraísos fiscales—, presuntamente vinculada con Lozoya, durante los tiempos de la campaña presidencial de 2012, escala peldaños del cuestionamiento sobre los alcances del brazo corruptor del consorcio brasileño:
Lozoya deja de ser la pieza más importante del rompecabezas. La gran pregunta es si ese supuesto pago llegó a la campaña de Enrique Peña Nieto, si el presidente de México está a punto de meterse en la misma bronca en la que ya se metieron otros mandatarios latinoamericanos a cuyas campañas políticas aportó Odebrecht por debajo del agua.
Si algo turbio pasó ahí, Lozoya lo sabe. Y ese sería su blindaje: el del hombre que sabe demasiado.
historiasreportero@gmail.com
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