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Los arcos triunfales de Don Porfirio Díaz

Mochilazo en el tiempo

La costumbre de levantar arcos triunfales, proveniente de la antigua Roma, fue muy característica del México virreinal. Debajo de ellos desfilaban virreyes, héroes nacionales y dictadores. La herencia de estos arcos aún perdura en algunas fiestas patronales.

Texto: Consuelo Juárez

Fotografía Actual: José Antonio Sandoval Escámez  

Diseño Web: Miguel Ángel Garnica

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La llegada de los españoles a la Nueva España trajo consigo -además de un nuevo dios, vírgenes y nuevas enfermedades- otras tradiciones propias del país ibérico, entre ellas, el levantamiento de los arcos triunfales, costumbre cuyo antecedente data de la antigua Roma.

La civilización romana estuvo caracterizada por ser cuna de guerreros. Tan importantes eran los triunfos de la guerra en su organización social que quien llevaba a Roma a la victoria solía ser considerado héroe. Por esta razón, Roma comenzó a festejar las victorias de sus ejércitos construyendo arcos gigantescos de materiales resistentes, para que los soldados victoriosos desfilaran bajo estos.

En la Nueva España, los arcos triunfales, a diferencia de los de la antigua Roma, no eran construidos para perdurar. Eran fabricados con materiales fáciles de montar y desmontar; sin embargo, compartían el mismo significado: la demostración pública de poder y victoria.

Por estos arcos efímeros de la época del Virreinato no desfilaron guerreros anunciando una victoria, sino cada uno de los 63 virreyes de España que, en representación del Rey, ejercieron su poder sobre las colonias. Con su llegada, los arcos y las ceremonias triunfales anunciaban el cambio de poder.

Los arcos eran colocados en cada poblado por el que los gobernantes atravesaban desde el puerto de Veracruz, por el que llegaban procedentes de España, hasta la actual Ciudad de México en donde terminaba su recorrido.

Cada arco era diseñado para exaltar la figura del Virrey en turno, esto, a través de detalles pictográficos de los pasajes de la mitología Griega y Romana, aludiendo a los héroes y dioses de dichos relatos, y a las cualidades que el “festejado” y el héroe compartían. Sólo en algunas ocasiones, se decoraban también con poemas o extractos de la literatura que hacían alusión a las virtudes del nuevo gobernante.

Su diseño era un trabajo especializado que se encargaba a personalidades intelectuales reconocidas. En cuanto a su fabricación, la Nueva España estaba organizada por gremios de los diferentes oficios, existiendo así el de carpinteros o herreros, etc; pero no se tiene registro exacto de cuál de estos gremios era el encargado de levantar los monumentos.

Estas entradas triunfales a través de los arcos eran festejadas a manera de fiesta, en la que había todo un ritual de celebración al cual se unía el pueblo.


Para los héroes de la Independencia
 
 

Con el paso del tiempo, los arcos mexicanos dejarían de alzarse para virreyes y obispos españoles. El 27 de septiembre de 1821, Agustín de Iturbide, seguido por el Ejército Trigarante, atravesó también el arco monumental que se levantó en honor a la victoria de la Independencia. Fue colocado a lo ancho de la calle San Francisco, ahora Francisco I. Madero, en donde se encuentra la Casa de los azulejos y el Convento de San Francisco.

A pesar del cambio de régimen que el éxito de la Independencia marcó, la entrada triunfal del Ejército Trigarante al centro de la capital, compartió similitudes con las entradas de los gobernantes españoles, al ser colocado el arco en el mismo lugar en el que se levantaban los de los virreyes.

El arco y aquel desfile son una postal común entre los mexicanos, pues hay representaciones pictóricas que han sido reproducidas a lo largo del tiempo, por ejemplo, el Museo Nacional de Historia resguarda un óleo anónimo sobre este pasaje de la historia de nuestro país, y en 1921, EL UNIVERSAL publicó una edición especial por el Primer Centenario de la Independencia, cuyas páginas cuentan también con una representación del mismo hecho, en donde se aprecia el arco.

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Entrada del Ejército Trigarante por la calle Francisco I. Madero en la capital del país. EL UNIVERSAL, 1921.


De vuelta a los Arcos Imperiales
 
 

Arcos gigantes volvieron a levantarse con la llegada de nuevos extranjeros, que una vez más, venían a ejercer un gobierno que amenazaba con terminar con la libertad de la que se habían hecho merecedores los mexicanos.

Fue así que ya pasada la Independencia, Maximiliano de Habsburgo y Carlota de Bélgica llegaron a territorio mexicano en 1864. En su trayectoria para llegar a la capital, que abarcó el Puerto de Veracruz, Córdoba, Orizaba, Puebla, entre otras localidades, se levantaron en su honor imperiosos arcos del triunfo auspiciados por los ocupantes franceses.

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Arco triunfal dedicado a Maximiliano y Carlota en su llegada a la Ciudad de México. Mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Asimismo, se construyó un arco a la entrada del Zócalo para recibir a los nuevos emperadores en la capital del país. Su llegada, cuentan cronistas, fue sólo celebrada por los residentes franceses que residían en el país, mientras los mexicanos sólo observaron su desfile por las calles de la ciudad, algunos con curiosidad y otros con simple indiferencia.

Especialistas consultadas por EL UNIVERSAL consideran que es posible que otros arcos se hubieran construido para recibir a Maximiliano y Carlota en el Castillo de Chapultepec, sobre la calle de Tacubaya, pues en ese entonces, al no existir aún Paseo de la Reforma, era esa la entrada al palacio.

La instauración de una República Presidencialista limitó las tomas de posesión a actos privados, por lo que mermó por un tiempo la costumbre de las ceremonias triunfales. Sin embargo, hubo excepciones con algunos presidentes -en su mayoría dictatoriales- quienes llegaron a realizar estas entradas, como Antonio López de Santa Anna, quien protagonizó varias que imitaban la gloria de los imperios al entrar a la Ciudad de México.

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Arco efímero construido para el presidente Santa Anna en 1853. Siglos de Historia Gráfica de México, Gustavo Casasola.

Sin embargo, después de la caída del Imperio de Maximiliano, un arco grande pero sencillo se levantó en las calles de la Ciudad de México. Sin poemas, grabados o detalles floridos, decorado únicamente con la palabra “Juárez”, para recibir al ejemplo perfecto de un republicano reformista alejado de los lujos y exageraciones del virreinato o los imperios.


Los arcos de Porfirio Díaz y su popularización
 
 

Los arcos triunfales comenzaron a ser parte de las celebraciones nacionales y patrióticas en las que la población empezó a participar activamente. Se crearon comisiones especiales entre el pueblo para su diseño y construcción, o bien, entre las familias de la clase alta, relatan las especialistas, se tenía la costumbre de donar dinero para la edificación de los monumentos, pues era también una forma de demostrar y mantener su estatus.

El período de 30 años en el que Porfirio Díaz ocupó la silla presidencial, dio nueva fuerza a la costumbre del arco triunfal, quizá en parte por el ambiente nacionalista que reinaba en el país, según el artículo “Arcos efímeros mexicanos. De la herencia hispana al nacionalismo histórico”, escrito por Juan Chiva Beltrán.

La historiadora, Guadalupe Lozada, señaló en entrevista con este diario que la utilización de los arcos triunfales en México fue una costumbre muy importante, pues eran manifestaciones de honor y gloria, así como muestras de la admiración y cariño que el pueblo sentía por las figuras importantes, como lo llegó a ser Porfirio Díaz.

Entre estas ceremonias realizadas en honor a Don Porfirio, se marca con énfasis en la historia su visita a Mérida, Yucatán, en febrero de 1906, que fue bautizada como “Las Fiestas Presidenciales” por Rafael de Zayas Enríquez, cronista de la visita.

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Arcos a Porfirio Díaz en Mérida en su visita en 1906. Siglos de Historia Gráfica de México, Gustavo Casasola.

En esa ocasión, autoridades, hacendados, y comerciantes de Mérida, mandaron edificar imponentes arcos triunfales de estilo barroco a lo largo de aquella ciudad, en varios puntos que habría de atravesar en su recorrido, por lo que la arquitectura de esta capital se convirtió en el perfecto ejemplo del barroco.

A la llegada del Presidente Díaz, cuentan las crónicas, la gente del pueblo -con solvencia económica- mandó a hacerse ropa de gala nueva y compró joyas de lujo para las entradas triunfales. A las colonias extranjeras que desde aquel entonces había en Mérida, como la cubana, se les encomendó crear arcos a la entrada de cada una de ellas.

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Arco de la colonia cubana en Mérida con motivo de la visita presidencial de Porfirio Díaz en 1906. Siglos de Historia Gráfica de México, Gustavo Casasola.

Además, estos arcos fueron construidos también en otros viajes de Díaz, como por ejemplo en su visita a Toluca, capital del estado de México, en junio de 1896, de la que dio cuenta el periódico local del estado, el Xinantécatl. La nota de aquel año, comienza con la descripción del arco al que llamaron “El palacio de la cervecería”, medía 10 metros de altura y estaba sostenido por 4 columnas.

El arco estaba adornado con repisas repletas de botellas de bebidas alcohólicas, musgo, flores y más de 375 focos. Dentro del monumento se había colocado una mesa que ofrecía variedad de marcas de cervezas, que eran servidas a las familias visitantes por niños de la escuela Pestalozi. Además, el arco colindaba con el “Café- Teatro de la Ciudad”, cuya entrada estaba también adornado por un arco triunfal y en el que se ofrecieron diversos espectáculos musicales.

Respecto a esto, la historiadora Lozada recuerda que si bien los arcos eran construidos por la llegada de Don Porfirio a varias partes del país, la realidad es que el General Díaz no viajaba tanto, por lo que los arcos triunfales más importantes que se levantaron en su honor eran para anunciar la reelección del mandatario, como lo muestra nuestra foto principal.

Además de esto, el Presidente Díaz organizó sus propios arcos del triunfo para sus desfiles, entre los que destacó el del 16 de septiembre de 1899, que celebraba el aniversario de la Independencia y también su nueva reelección.

Con los arcos de esta época se buscó dar identidad a la nación, rompiendo con las representaciones del virreinato y exaltando las raíces de los mexicanos, por lo que se emplearon imágenes prehispánicas.

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Arco triunfal con detalles mayas, en la visita de Porfirio Díaz a Mérida, 1906. Siglos de Historia Gráfica de México, Gustavo Casasola.


Los arcos en la actualidad
 
 

No se tiene un registro exacto del contexto histórico en el que esta costumbre comenzó a evaporarse. Existen crónicas hasta el fin de la Revolución, cuando después de que Porfirio Díaz firmó su renuncia, el 7 de junio de 1911, Francisco I. Madero realizó su entrada triunfal a la Ciudad de México, en donde recorrió Paseo de la Reforma en su camino al Zócalo.

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Los arcos triunfales fueron todavía utilizados a principios del siglo XX, principalmente en desfiles y fiestas populares. Desfile del 16 de septiembre de 1918 sobre la calle San Francisco, ahora Madero. Colección Villasana - Torres.

Sin embargo, esta tradición podría no haberse perdido del todo, pues en la actualidad, en algunas partes tanto de la Ciudad de México como de todo el territorio mexicano, se siguen levantando y adornando arcos principalmente en las Fiestas Patronales, por lo que ahora están ligados más a la religión.

En la capital, en Coyoacán, por ejemplo, entre las calles Miguel Ángel de Quevedo y Fernández Real, se construye un arco adornado de flores, que son importantes en el desarrollo económico de la zona, pues desde la época de la Nueva España se han cultivado flores en este lugar.

Nuestra foto principal es de Gustavo Casasola. Se trata del arco de reelección de Porfirio Díaz que se levantó sobre Avenida Juárez en 1896.

Nuestra foto comparativa muestra un arco triunfal a Porfirio Díaz sobre la calle Orizaba en 1910. Fue tomada de “Siglos de Historia Gráfica de México”, Gustavo Casasola.

Fotos Antigua: Casasola, Gustavo, “Siglos de Historia Gráfica de México”; Mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia; Colección Villasana-Torres; EL UNIVERSAL, 1921.

Fuentes: Sayas Enríquez, Rafael de. “Arcos efímeros mexicanos. De la herencia hispana al nacionalismo artístico”, 2012. Archivo General del Estado de Yucatán, “El Porfiriato y la Revolución en Yucatán”. “Porfirio Díaz en Yucatán, una visita triunfal”, Revista Bicentenario. “La visita del Señor Presidente de la república a la capital del estado” Periódico Xinantecatl, consultado en la Hemeroteca Nacional Digital de México. “Lugares” Instituto Nacional de Antropología e Historia.

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