El siempre está presente en todos lados, especialmente en las grandes urbes como la , donde abundan las multitudes, los congestionamientos viales, la contaminación atmosférica y acústica… Por eso se ha convertido, desde hace décadas, en uno de los villanos de la película más temidos. Sin embargo, en sí mismo, no es malo.

“En realidad, el estrés es una reacción mental y física normal que tenemos todos los seres vivos ante un cambio, una presión, una amenaza o una situación que está fuera de nuestro control. Cuando aparece un estresor, nuestro organismo reacciona mediante el estrés para tratar de regresar a su equilibrio. Así pues, no es necesariamente algo patológico”, señala Ingrid Vargas Huicochea, coordinadora de Investigación del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UNAM.

Si bien episodios cortos de estrés pueden resultar motivadores para una persona, la exposición prolongada a él es capaz de causarle ansiedad, depresión, fatiga e, incluso, problemas cardio y cerebrovasculares.

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“Desde el punto de vista psicológico, se habla de eustrés o estrés bueno o positivo, y de distrés o estrés malo o negativo. Por ejemplo, cuando nos vamos a casar o graduar, tenemos muchos estresores, pero también estamos muy motivados y emocionados, o sea, experimentamos un eustrés; al contrario, cuando enfrentamos un asunto legal durante un largo tiempo, sufrimos un distrés, el cual puede ir acompañado de ansiedad, angustia, miedo o depresión”, explica Vargas Huicochea.

Estresores

A diario enfrentamos un sinnúmero de estresores: cruzar una calle o avenida, tratar de entrar en un vagón del Metro atestado, resolver un examen, asistir a una junta de trabajo… No obstante, el estrés se sale de control bajo dos condiciones específicas: cuando el estresor no se va y la capacidad del estrés de regresarnos a nuestro equilibrio natural se agota tarde o temprano; o cuando se tiene una vulnerabilidad individual y, aunque el estresor no sea tan poderoso o crónico, el estrés se mantiene constante y empieza a deteriorar nuestro organismo. Entonces su impacto se manifiesta en lo mental y lo físico.

“Con el estrés se liberan diversas sustancias neuroquímicas; una de las principales es la hormona cortisol, que eleva la presión arterial y los niveles de glucosa en la sangre para preparar al organismo ante una situación de peligro o amenaza. Cuando una persona padece un estrés prolongado o patológico, el cortisol no desaparece y, como determinadas áreas cerebrales son particularmente sensibles a él, algunas funciones mentales, entre las cuales destacan la atención, la concentración y la memoria, comienzan a deteriorarse. Cuando este deterioro progresa, la parte emocional también puede alterarse. Y dependiendo de la vulnerabilidad de cada cerebro, unos individuos se inclinarán hacia la ansiedad y otros hacia la depresión.”

De acuerdo con la investigadora universitaria, las personas que se inclinan hacia la ansiedad, además de fallas en la atención, la concentración y la memoria, presentan preocupación o nerviosismo constante, incluso por cosas triviales, y alteraciones en el estado de ánimo (se vuelven más irritables o intolerantes de lo habitual) y en los patrones del sueño (éste ya no es reparador, por lo que su nivel de energía disminuye con él, su funcionalidad).

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“Y quienes se inclinan hacia la depresión, además de fallas en la atención, la concentración y la memoria, presentan ánimo decaído (y, a veces, también irritabilidad), alteraciones en los patrones del sueño (normalmente, insomnio, pero también, en algunos casos, hipersomnia o somnolencia diurna excesiva) y en el apetito (normalmente, hiporexia o falta de apetito, pero también, en algunos casos, hiperorexia o apetito exagerado), desinterés por actividades que antes disfrutaban mucho, pensamientos de desesperanza, sentimientos de minusvalía y culpas irracionales, todo lo cual repercute negativamente en su funcionamiento”, añade.

Por lo que se refiere a lo físico, un estrés prolongado predispone a tener picos de hipertensión arterial, alteraciones en el ritmo cardíaco, males gastrointestinales (principalmente inflamatorios: esofagitis, gastritis, colitis…) y trastornos dermatológicos, como una reacción exantemática.

Tres pasos

¿Qué se puede hacer para no padecer un estrés prolongado y no poner en riesgo nuestra salud mental y física? En opinión de Vargas Huicochea, el primer paso es tratar de darnos cuenta o ser conscientes de cuáles son los elementos de nuestra vida o rutina diaria que pudieran estar funcionando como estresores; el segundo es identificar qué reacciones tenemos ante esos estresores, que para cada uno de nosotros son distintos; y el tercero es ubicar cuáles de esas reacciones están abonando a nuestro bienestar y cuáles nos alejan de él.

“¿Cómo puedo alcanzar el equilibrio? A lo mejor reconoceré que hay cosas que no me están favoreciendo, pero que no las puedo cambiar en este momento, y este reconocimiento me quitará un gran peso... Pero en relación con las cosas que sí puedo cambiar, lo más sano es comenzar a hacerlo. Lo bueno es que disponemos de un montón de recursos, tanto presenciales como en línea, para enfrentar el estrés prolongado: clases de yoga, cursos de meditación, ejercicio... Y si no nos funciona ninguno de esos recursos, podemos recurrir a la psicoterapia. Ésta no está hecha únicamente para los que tienen una patología mental, sino para todo aquel que necesita un acompañamiento en la vida cotidiana. En la actualidad, las terapias contextuales —es decir, las psicoterapias de tercera generación— son muy valiosas porque, más allá de tratar de cambiar la realidad de alguien, le apuestan a que pueda adaptarse mejor a ella, tal y como está ahora mismo, y eso es maravilloso”, concluye.

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