Nunca había sido tan fácil cambiar de marca. Y nunca había sido tan costoso perder a un cliente.
Esa contradicción define el momento que viven hoy las empresas mexicanas. El consumidor hoy tiene acceso a más opciones que en cualquier otro momento de la historia; puede comparar precios en segundos, leer reseñas antes de comprar y cancelar una suscripción con un clic. La barrera de salida prácticamente desapareció. Y sin embargo, las empresas siguen invirtiendo en atraer clientes nuevos como si retener a los que ya tienen fuera un problema secundario.
No lo es. Atraer un cliente nuevo cuesta entre cinco y veinticinco veces más que conservar uno existente. El 65% de los ingresos de una empresa promedio proviene de clientes que ya compraron antes. Y un incremento del 5% en retención puede traducirse en al menos 25% más de utilidades. La lealtad no es un tema de marketing. Es un tema de supervivencia financiera.
Lo que cambió y por qué importa ahora
Durante años, la respuesta de las empresas ante este problema fue lanzar un programa de puntos. La lógica era simple: si le das al cliente un incentivo para regresar, regresará. Y funcionó, hasta que todos lo hicieron igual.
Hoy el mercado mexicano está saturado de programas de recompensas, membresías, cashback y promociones de recompra. El problema no es que esas herramientas sean malas. El problema es que cuando todos ofrecen lo mismo, ninguno se diferencia. Y cuando no hay diferencia, el cliente elige por precio. Siempre.
Lo que está ocurriendo en el mercado es una separación gradual pero acelerada entre dos tipos de empresas. Las primeras compiten por transacciones: invierten en atraer, en activar, en retener con incentivo. Cuando el incentivo desaparece, el cliente también. Las segundas compiten por relevancia: invierten en entender a sus usuarios, en construir una experiencia coherente y en volverse parte de su rutina. Cuando aparece una alternativa más barata, el cliente se queda porque cambiar tiene un costo que ningún descuento compensa.
La diferencia entre ambas no está en el presupuesto. Está en cómo entienden la relación con su cliente.
El mercado global ya puso precio a esto
Algunos reportes proyectan que para 2029 el mercado global de estrategias de lealtad superará los 155 mil millones de dólares. Esa cifra no refleja solo el tamaño del problema. Refleja el nivel de urgencia con el que las empresas están buscando resolverlo.
En México, la presión es doble. Por un lado, el consumidor es cada vez más consciente y menos tolerante con las marcas que no cumplen lo que prometen. Por otro, la competencia ya no es solo local: plataformas globales de comercio, entretenimiento y servicios financieros compiten directamente con marcas mexicanas por el mismo cliente, con ecosistemas construidos durante años y con una capacidad de personalización que pocas empresas locales pueden igualar hoy.
En ese contexto, seguir tratando la lealtad como una iniciativa de un departamento es un lujo que las empresas ya no pueden permitirse.
Lo que construye permanencia
Este año, en Gerundio desarrollamos el reporte ‘Descifrando la Lealtad’, una investigación basada en entrevistas con consumidores mexicanos de distintas generaciones y niveles socioeconómicos, conversaciones con expertos de la industria y análisis de tendencias globales. Una de las conclusiones más claras es que la lealtad real no se construye con un programa. Se construye con coherencia.
Coherencia entre lo que la marca promete y lo que entrega. Entre la experiencia digital y la física. Entre lo que dice la comunicación y lo que vive el cliente cuando tiene un problema. Cuando esa coherencia existe, la marca deja de ser una opción entre muchas y se convierte en la opción por defecto. Cuando no existe, ningún programa de puntos la compensa.
La otra conclusión relevante es que la lealtad tiene tres dimensiones que deben operar en equilibrio: la transaccional, que resuelve la conveniencia inmediata; la funcional, que resuelve problemas reales de manera consistente; y la emocional, que genera pertenencia y confianza a largo plazo. Las empresas que solo trabajan la primera dimensión tienen clientes que regresan mientras el incentivo existe. Las que trabajan las tres tienen clientes que se quedan aunque aparezca una alternativa más barata.
La pregunta que pocas empresas se hacen
La mayoría de las organizaciones sabe cuántas veces compró un cliente, cuándo dejó de hacerlo y qué canjeó en su programa. Lo que pocas saben es por qué se fue, qué lo habría hecho quedarse, y qué tan fácil o difícil fue para él interactuar con la marca en cada punto del camino.
Esa diferencia, entre medir la transacción y entender la relación, es la que separa a las empresas que construyen permanencia de las que simplemente compiten por atención.
En un mercado donde las opciones son ilimitadas, la permanencia no se compra con puntos. Se diseña, con entendimiento profundo de las personas, con coherencia en cada punto de contacto y con la decisión organizacional de tratar la lealtad como lo que es: el activo más rentable y más difícil de replicar que una empresa puede construir.
Fundadora de Gerundio
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