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La ciudadanía y los contrapesos al poder

03/05/2017
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La ciudadanía entendida como articuladora de la diferencia es una característica fundamental de la identidad política colectiva que contradice a la identidad tradicional que no permite articular la pluralidad: “(…) es sólo en la medida en que las diferencias democráticas se oponen a las fuerzas o discursos que niegan a todas ellas, que esas diferencias serán sustituibles entre sí”[1]. Así, llegamos a un escenario en donde la diferencia no necesariamente origina el conflicto, ya que este puede ser superado cuando los individuos que forman la colectividad aceptan la pluralidad. Si bien la formación del Estado nación requería de referentes identitarios comunes a partir de los cuales se pudiesen diferencias las entidades soberanas nacientes, las circunstancias actuales distan mucho de aquellas que dieron origen al Estado, haciendo de la heterogenización, una prioridad que articula los diálogos y diferencias con base en la pluralidad.

El resquebrajamiento del Estado dio paso al pluralismo y a la reivindicación, y también dio nuevas energías a la construcción de identidades que parecían no existir más. Para Kymlicka, el desarrollo de la autonomía individual lleva a las personas a valorar “(…) su cultura nacional, ya que aporta el marco más importante dentro del cual desarrolla y ejercita el agente su autonomía”[2]. Es importante mencionar que la construcción de la ciudadanía y de la autonomía no supone una contradicción con la estructura estatal, sino que pueden llegar a complementarse.

Por otro lado, si pensamos en la aparición de numerosas identidades debido a la falta de un marco común que diera cauce a las mismas, no significa necesariamente que los individuos sean más libres, como podríamos llegar a asumir después de conocer los beneficios de la aceptación de identidades múltiples. Antes podríamos llegar a una atomización social que derivase en la anomia[3]. Si bien los marcos de referencia que dan certidumbre y cauce a las demandas comunes nunca serán tan sólidos como lo eran antes, lo verdaderamente importante es darle sentido al cambio que ya opera en el reconocimiento de la composición de nuestras sociedades, lo que abre la puerta para poder proponer nuevas vías de articulación entre los miembros de la sociedad.

Nuestras sociedades exigen que intentemos comprender la manera en que, la multiplicidad de identidades pueden converger en referentes comunes[4]. Durante el tiempo en el que el Estado era lo bastante fuerte como para sobreponerse a sus posibles contrapartes, las identidades parecían gozar de estabilidad, sin embargo, en la segunda parte del siglo XX, las formas de construcción de ciudadanía a partir del reconocimiento de las identidades sufrieron modificaciones. Aún en el siglo XX, el Estado permitió crear algunos marcos comunes que tenían como referente la estabilidad y certidumbre basada en el Estado de Bienestar, y también otorgaba una sensación de homogeneidad con base en el auge de una cultura nacional común que no tenía competencia.

Ahora las condiciones son diferentes, los contextos han cambiado y la constante negación de la diversidad ya no podía sostenerse, debido a que ‎no hay identidad sin la presencia de los otros. No hay identidad sin alteridad”[5]. La pluralidad da vida a la renovación de las culturas, las cuales nunca han sido estáticas, así que la tarea consiste en asegurar que todas las culturas e identidades tengan cabida y sean respetadas en un complejo contexto nacional y global. Al respecto, Chantal Mouffe afirma que la vida política es el antagonismo, y el conflicto es intrínseco a ésta. En este contexto es que se construye el nosotros como respuesta a la diversidad, es decir, se construye el nosotros frente al ellos. Aunque esto no quiere decir que los otros deban ser excluidos paralizando la política y el diálogo[6].

En la actualidad, la política debe trabajar sobre entornos atomizados, a los cuales, las instituciones pueden dotar de marcos comunes –aunque tenues-, mediante los cuales se generen ciertos acuerdos[7]. En nuestros días, se presentan diversas formas de creación de ciudadanía basadas en identidades diversas, y la alteridad provoca tanto formas de diálogo como de conflicto. Si bien el Estado continúa garantizando la ciudadanía, la diversificación de los espacios ciudadanos de acción toma un carácter complejo y expansivo, a tal grado de plantearse conceptos como el de ciudadanía cosmopolita y ciudadanía global, entre otros.

Estos conceptos aparecen ante el desgaste territorial del Estado nación que continúa, en algunos casos, operando dentro de una lógica espacial clásica, mientras “algunos” de sus ciudadanos se unen a una ratio más bien global. El énfasis que hacemos en que sólo “algunos individuos lo hacen, consiste en que los procesos de integración y exclusión, de movilidad e inmovilidad son altamente desiguales y diferenciados en las sociedades contemporáneas[8].

Así, “la creencia en una ciudadanía mundial cuestiona el modelo por el cual el Estado tiene el monopolio de lo que está bien, y hace lo propio con la afirmación aristotélica de que el hombre puede alcanzar la excelencia moral y social sólo mediante su pertenencia a la polis. El cosmopolitismo afirma que existe otro criterio, de naturaleza superior”[9]. Esta postura teórica se fundamenta en algunos principios éticos que sitúan la naturaleza humana por encima de cualquier tipo de filiación, ya sea Estatal o estamentaria. De esta manera, “la conciencia cosmopolita se basa, en el proyecto ilustrado, sobre concepciones universalistas fuertes de la naturaleza humana y de las leyes de la naturaleza misma”[10]. Esto forma una conciencia que altera la identidad y la idea de ciudadanía, ya que implica una manera de deliberación reflexiva más allá de la percepción territorial-estatal tradicional, perfilando a una conciencia que considere la heterogeneidad local y mundial[11]. Esta conciencia tiene su origen tanto en la idea de una ética común, así como en el reconocimiento de una sociedad mundial que comparte problemas comunes[12].

Los ciudadanos del mundo han superado los paradigmas de las fronteras nacionales, debido a que cuentan con múltiples filiaciones identitarias que van más allá del Estado nación. Un caso paradigmático es el de la Unión Europea, en vista de que el ámbito de protección de los derechos trasciende las fronteras del Estado nación aun sin que esté completamente superado. En este punto, debemos entender que la ciudadanía cosmopolita puede constituirse de diferentes maneras, por ejemplo, aparece ante el gran flujo de interacciones globales para dar respuesta a problemas comunes; emerge en una lógica ética en la que se acepta la diferencia y la pluralidad tanto en el plano local como en el mundial; aparece como una forma de integración económica normativa en el ámbito regional y global lo cual le permite generar referentes comunes[13].

La capacidad de que los ciudadanos generen contrapesos es un tema central de cara a los desequilibrios producidos por la carencia de regulaciones al mercado y de los procesos de globalización.  Para Collin Crouch, se necesita una ciudadanía positiva que es aquella “en la que grupos y organizaciones desarrollan conjuntamente unas identidades colectivas, perciben los intereses de estas identidades y formulan de manera autónoma demandas basadas en ellos que después transmiten al sistema político”[14]. Para lograrlo, es necesario ir más allá de los resultados inmediatos y entender la virtud del desarrollo individual y colectivo dentro de la esfera pública. En contra parte, la ciudadanía negativa deviene cuando los ciudadanos no están dispuestos a compartir sus deseos y preocupaciones, de tal manera que la relación entre la ciudadanía y el sistema político se entorpece.

La ciudadanía positiva requiere que los derechos se hagan efectivos y que la comunidad política permita la participación ciudadana, teniendo como fundamento el “derecho a votar, a fundar organizaciones, a adherirse a ellas y a recibir una información correcta”[15]. El goce y ejercicio de los derechos son un pilar fundamental de una estructura más grande a la que también podemos sumar los derechos sociales, ya que los dos son necesarios para lograr cambios y crear contrapesos. Por este motivo, para Bauman, “ambos derechos se necesitan para sobrevivir, y esta supervivencia sólo pueden lograrla conjuntamente[16].

La ciudadanía positiva brinda la posibilidad de lograr objetivos comunes, y junto con los derechos positivos, de construir ciudadanos activos que se avocan a mejorar su entorno, así, “el ciudadano es [en última instancia] el que se ocupa de las cuestiones públicas y no se contenta con dedicarse a sus asuntos privados, pero además es quien sabe que la deliberación es el procedimiento más adecuado para tratarlas”[17]. Sin embargo, nos encontramos en un contexto en donde la ciudadanía positiva, participativa y republicana se está desvaneciendo. La ciudadanía que encontramos más extendida en nuestros días es permisiva, de carácter más liberal en el sentido de que no crea comunidad, no reivindica derechos sociales y desincentiva la participación ciudadana en asuntos públicos[18].

La lógica del mercado desmoviliza a la comunidad, fragmentándola, individualizándola, y provocando que la reivindicación de los derechos ya no forme parte del imaginario colectivo. Los reclamos por los derechos se concentran en la esfera privada y la participación ciudadana se desvanece. Así se deja ver un escenario en donde el proceso de individualización generado por el mercado, limita los derechos sociales e intenta reducir a su mínima expresión los derechos políticos trayendo como consecuencia la degradación paulatina de la esfera pública[19].

Pareciera que nos encontramos en una compleja situación en donde el pensar político y la acción ciudadana no logran materializarse. Si bien el Estado nación brindaba un espacio sólido y homogeneizante, pero se vuelve imposible su reconcepción en su vieja acepción, el reto actual consiste en que se encuentre un espacio público y un espacio político plural forjado “bajo el signo de la fisonomía, un ‘vivire civile’, un accionar político orientado hacia la creación de un espacio público y la constitución de un pueblo de ciudadanos, transformar el poder en potencia de acción en concierto, pasar del poder sobre al poder con y entre los hombres, concibiendo el entre como el lugar donde se gana la posibilidad de un mundo común”[20]. El reto es grande, ya que los ciudadanos deben asumir la responsabilidad de hacerse cargo de los espacios vacíos que ha dejado el Estado y que el mercado ha rechazado ocupar[21].

Esos espacios vacíos abandonados por el Estado, deben ser reinterpretados a través de nuevas formas de participación y de discusión plural. La potencialidad plural permaneció aletargada bajo la estructura del Estado que buscaba minimizar las diferencias y evitar los conflictos, pero aquí podríamos cuestionarnos si la pluralidad ya liberada de su impasse por el debilitamiento de la fuerza homogeneizadora del Estado, puede, o no, generar espacios viables de diversidad, fortaleciendo y creando canales de diálogo entre sus integrantes.

Estamos ante el surgimiento del conflicto y de lo político, pero al mismo tiempo, ante el abandono de la política y la primacía del mercado. Surge el conflicto pero los actores se abstienen de la discusión ante la falta de incentivos para crear instituciones que generen espacios en la política. El escenario es complejo, ya que mientras los ciudadanos no logren traducir sus preocupaciones en acciones políticas, el espacio público perderá su fundamento, lo que limitará la posibilidad de que el diálogo y el entendimiento aparezcan en la plaza pública.

 

Christian Eduardo Díaz Sosa

Coordinador de Cultura de la Legalidad - ONC

@ChristianDazSos @ObsNalCiudadano

 

 

[1] Mouffe, Chantal, El retorno de lo político… op. cit., p. 121.

[2] Kymlicka, Will, Ciudadanía multicultural, Barcelona, Paidós, 2006, p. 129.

[3] Para una explicación del concepto en el marco de las sociedades complejas consúltese: Guitián Galán, Mónica, y Girola, Lidia, Anomia e individualismo, Del diagnóstico de la modernidad de Durkheim al pensamiento contemporáneo, Barcelona, Anthropos-UAM-A, 2005.

[4] Heater, Derek, Ciudadanía. Una breve historia, Madrid, Alianza Editorial, 2007, p. 261.

[5] Arana, Patricio, “Marc Augé: ʽHay que amar la tecnología y saber controlarlaʼ”, en La Nación, 19 de octubre de 2010, URL=http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=714868, revisado el 19 de octubre de 2010 y en Augé, Marc, Los no-lugares. Una antropología de la sobremodernidad, Barcelona Gedisa, 2000.

[6] Mouffe, Chantal, El retorno de lo político… op. cit., p. 16.

[7] Parte de la reflexión anterior se plantea también dentro de un ensayo titulado “La identidad ante un mundo de incertidumbres” de próxima publicación, y en el siguiente capítulo.

[8] Para una discusión más a fondo de estos procesos, Cfr. Ídem.

[9] Heater, Derek, Ciudadanía. Una breve historia, op. cit., p. 79.

[10] Thiebaut, Carlos, Vindicación del ciudadano, Barcelona, Paidós 1998, p. 259.

[11] Cfr. Ibíd., p. 161.

[12] Aquí cabe recordar a Ulrich Beck con La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, Barcelona, Paidós, 2002.

[13] Thiebaut, Carlos, Vindicación del ciudadano, op. cit., p. 259.

[14] Crouch, Colin, Posdemocracia, op. cit., p. 26. El activismo negativo de la culpa y la queja (o la ciudadanía negativa), es aquél en el que el objetivo principal de la controversia política es ver a los actores políticos llamados a rendir cuentas, ver sus cabezas puestas en la picota y su integridad tanto pública como privada sujeta a una rigurosa vigilancia.

[15] Ídem.

[16] Bauman, Zygmunt, Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre, México, Tusquets/CONACULTA, 2008, p. 96.

[17] Cortina, Adela, Ciudadanos del mundo hacia una teoría de la ciudadanía, Madrid, Alianza Editorial, 2005, p. 44.

[18] En el caso de México, en la Encuesta Mundial de Valores, el firmar una petición se encuentra sobre el 20% mientras en países como Suecia esto alcanza el 80%, lo cual nos demuestra, tal como se ha reflejado en varios estudios, el poco interés por los asuntos públicos. Si ese 20% que participa a veces es muy notorio, es importante ver la forma en que el mexicano, por lo menos, se comporta como alguien que espera demasiado del gobierno, pero hace poco por participar. "El mexicano ahorita: Retrato de un liberal salvaje", en Nexos, 01 de febrero de 2011, URL= http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2047019.

[19] Cfr. Crouch, Colin, “La ampliación de la ciudadanía social y económica y la participación”, en García, Soledad y Lukes, Steven (comps.), Ciudadanía justicia social, identidad y participación, Madrid, Siglo XXI de España, 1999, pp. 271-272.

[20] Vermeren, Patrice, “El ciudadano como personaje filosófico” en Quiroga, Hugo, et al., op. cit., pp. 28-29.

[21] Strange, Susan, La retirada del Estado, Barcelona, Icaria, 1996.

El Observatorio Nacional Ciudadano es una organización de la sociedad civil que vincula a las organizaciones civiles para potenciar su incidencia en las políticas y acciones de las autoridades.
 

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