Jean Meyer, honoris causa

OTRAS
24/02/2017
00:11
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Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.
OTRAS

Fascinante. La lectio presentada por Jean Meyer al recibir de la Universidad Pontificia de México el Doctorado honoris causa en Teología fue un viaje sorprendente por la experiencia humana que se encuentra a la base de una vida académica. Es verdad, como él mismo dijo imaginarlo, que ha sido su trabajo sobre la Cristiada la causa que, así como lo convirtió, primero, en mexicano “de honor”, como reconocimiento de los veteranos cristeros en el Cubilete en 1973, a lo que seguiría el asumir legalmente también la nacionalidad mexicana “legal”, el principal referente del título otorgado por la heredera de la más antigua universidad del continente americano. Puedo decir, sin embargo, que no fue la causa exclusiva. El repaso de los méritos que se tomaron en cuenta incluyeron sus investigaciones sobre el conflicto entre las iglesias ortodoxa y católica, e incluso las que se refieren al celibato eclesiástico. Porque la cuestión era no sólo atender su trabajo como experto en historia, sino también como creyente que ha reflexionado su fe –teólogo– desde la compleja forma mental del historiador.

Una dificultad técnica –el acceso a los archivos– lo llevó a cultivar uno de los métodos que mejor redime la anécdota y le otorga espesor científico: el trabajo de campo, la entrevista con los testigos, la reconstrucción desde la memoria. Y en el evento tuvo la delicadeza de ponernos en contacto con ese mismo anecdotario, tan personal y tan íntimo, construido a partir de la vida familiar, sobre el que se construyen las motivaciones originarias de aquellos que tienen la dicha de vivir su profesión como vocación.

Así, pudimos ser transportados al momento en el que, en 1965, fue a despedirse de sus abuelos alsacianos antes de dirigirse a México para iniciar su investigación. Entonces, su abuelo paterno quiso llevarlo al pueblo con hermanas y hermanos, “campesinos alsacianos, patriotas franceses culturalmente germánicos”. Y compartió: “Cuando les expliqué que me iba a México, la matriarca, una autoridad terrible, la tía Teresa, dijo con su acento, fuerte acento germánico: ‘¡México! ¡Presidente Calles! ¡Padre Pro!’” Del misal, entonces, le sacó una imagen del padre Pro. Y el tío Franz le contó el compromiso religioso y social que diversas provincias francesas tuvieron con la causa de México en tiempos de la guerra cristera.

Semejantes fueron las anécdotas de tinte familiar y personal que nos acercaron a otros temas de su interés, como el absurdo del antijudaísmo cristiano o las relaciones entre las iglesias cristianas, especialmente entre la ortodoxia y el catolicismo.  

Pero Meyer no se estaciona nunca en el pasado. Su contacto con una historia viva, que descubre incluso en su contacto con los papeles viejos (“palabras resucitadas”), le otorga la fuerza para un compromiso presente, que le permite expresar con libertad su opinión tanto sobre cuestiones eclesiales como sociales. Aunque reconoce hoy una historia científica menos segura de sí misma, reconoce que “los sentimientos son la tercera dimensión de la historia” y asume la audacia de hablar en primera persona para compartir sus interrogantes y descubrimientos. “Llego así a verdades más modestas, pero más robustas”. Lo que suele sorprender a las generaciones como inédito, puede ser presentado por el historiador en ritmos más lentos, en perspectivas más amplias. A este propósito, América Latina puede ser contemplada considerando las enormes transformaciones que ha vivido en los últimos cincuenta años, y en ello la religión no puede quedar al margen. “Hay que pensar en una reorganización de la religión que atraviese las líneas institucionales en respuesta a cambios estructurales”, y ello para afrontar los dos mayores desafíos del presente: la violencia y la corrupción.

Uno de los participantes en la ceremonia se preguntaba si aquello era el reconocimiento de una cierta teología de la historia. Si por “historia” se entiende relectura de la experiencia, y por “teología” conciencia refleja sobre la fe, Jean Meyer ha aportado mucho, en efecto, desde sus inquietudes personales y su búsqueda académica, a una teología de la historia.

 

Foto: Carlos Villa

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