Octavo día
Al despertar, una luz nueva colorea la vida.

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Escuela de esperanza

02/12/2016
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Brillará una gran luz. Como promesa, pronunciada justo en el momento que parece más densamente oscuro. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló” (Is 9,1). La luz que se anuncia, sin embargo, no llega para un pueblo adormecido, o rendido ante la fatalidad de la noche. El pueblo caminaba en tinieblas. No se había quedado estacionado. Caminaba. Los suyos eran los pasos de los pobres, andados por los pies de los humildes (cf. Is 26,6). Esos son los que humillan a los habitantes de la altura. Los que, descalzos, sienten el polvo del suelo y están en comunión con la creación, obra de Dios.

El Adviento vuelve a ser escuela de esperanza. No permite a los soldados claudicar y darse por vencidos. Sacude, altera, desafía, pone en movimiento. La esperanza cristiana no es nunca actitud estática. Aun conociendo las inclemencias del tiempo, y sin percibir siempre a la nube que cubre al sol tórrido del desierto, o la columna de fuego que da pistas de ubicación a la media noche, prohíbe la rendición y estimula la perseverancia. A la vista, el horizonte es siempre un misterio; en medio de la oscuridad, aún más. Sin embargo, el andar sensato lo intuye. Aunque sea de noche, como diría Juan de la Cruz. Aunque sea de noche.

La luz grande que sea anuncia al caminante es aún una promesa. Por eso es escuela de esperanza. El que ve llegar un objeto, no tiene ya esperanza. Aguarda lo evidente. Mantenerse en camino cuando parece no haber razones para seguir esperando, esa es la elevación que la esperanza otorga al simple paso del tiempo. Llega. Y llegando, no nos permite pasividad estéril. Nos enseña a estar alerta, a prepararse, a disponer el encuentro. Nos ayuda a vencer la tentación de que aguardar es vano, y que mejor sería ocuparnos en otras cosas o entretenernos. Nos ayuda a desear la llegada, y a disponer, en lo que está a nuestro alcance, que ocurra.

En medio de la oscuridad, la luz parece imposible. Se intuye por su recuerdo, o por su deseo. Pero de momento puede temerse que constituya, en realidad, una inútil fantasía. No volverá a amanecer, nos dice un duende cínico. La noche sin luna reina a partir de ahora y para siempre. Los ojos mismos desconfían de su sentido. ¿No es todo más bien un túnel sin salida, un pozo seco y cubierto que nos atrapó en su entraña? ¿Para qué esperar? Démonos al sueño, a la tristeza o al llanto.

La oscuridad del Adviento enseña a esperar precisamente porque no permite ver. Anuncia la luz con la palabra, y por ello se erige como promesa. La palabra cálida arropa cuando el frío lacerante inunda todo. Por el oído, la palabra orienta el paso. El ver del oído adelanta la victoria del sol. Se aguza la escucha en lo que parece silencio ártico, porque la voz suena apenas como un murmullo, pero es un murmullo consistente. La promesa de luz es suficiente para seguir vivo. Para mantenerse trabajando. Para preparar la fiesta del encuentro. Y el día llegará. La luz grande impondrá su brillo. Contagiará su alegría y hermanará en la verdad.

El “mientras tanto” de la noche nos hace saber que no es lo mismo la vigilancia que el insomnio. Su paso lento advierte la conveniencia de ser sigiloso en el avance. Alimenta la esperanza con una certeza que no es visión, sino escucha, pero por ello mismo cautiva el corazón desde una singular intimidad. Es dulzura emocionada. Capta la cercanía con júbilo, y por ello adelanta todo futuro. Es abrazo inminente, que arropa ya con su proximidad. Es victoria decidida, aunque parezca de tantas maneras ilusión y derrota. Es presencia latente, que nos sonríe ya, inocente, y, aunque no la miremos todavía, adelanta la eternidad y su alegría.

Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.

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