Más Información

Embajada de EU en México advierte instalación de “barreras flotantes” en río Bravo; exhorta a no cruzar y poner su vida en riesgo

Del propósito al abandono; solo 2 de cada 10 personas que llega al gimnasio se quedan más de tres meses
Una de las películas más comentadas durante la pasada Berlinale, Victoria (2015), del alemán Sebastian Schipper, destacó en la competencia por su impresionante hazaña: una sola toma de dos horas y 18 minutos a lo largo de distintas locaciones en Berlín que le ganó al director de fotografía Sturla Brandth Grøvlen un Oso de Plata. Si la publicidad de Birdman (2014) se recargaba en su edición que simulaba una sola toma, Victoria se regodea en la realidad de su extensa imagen. A veces poética, a veces visionaria, a veces inconsecuente y generalmente exagerada, la cinta es un esfuerzo por cosechar emociones al incluirnos —más que sólo mostrarnos— en la terrible madrugada de Victoria (Laia Costa), una joven madrileña que en su intento por desbaratar su soledad atraviesa el infierno que describió Jean-Paul Sartre: los otros. Victoria padece los errores de un director aún inexperto y sobre todo impulsivo, pero es también en la irreflexión de Schipper donde recae el inmenso poder de la película. La larga toma en que se desarrolla podría parecer un capricho, pero sirve para capturar y comunicar el tiempo con un realismo absorbente y a veces hipnótico, mientras que las disparatadas situaciones nos describen una pesadilla. La lógica se disgrega en el miedo que abruma a Victoria, cuya sensibilidad solitaria inventa su mundo y sus desastres. Resulta obvio, a pesar de las imágenes casi documentales, que la Berlín de Victoria y de Schipper es tan irreal como la idealizada urbe de Wim Wenders en Las alas del deseo (Der Himmel über Berlin, 1987), pero en un tono atemorizante y catastrófico.
Victoria, que sólo puede comunicarse en inglés porque no ha aprendido alemán, se encuentra sola y ajena en una ciudad que, como a otros españoles que buscan una vida mejor tras la reciente crisis económica, no le ofrece una bienvenida acogedora. Berlín es infame por su hostilidad aun entre nativos, pero la xenofobia de los últimos años la ha convertido en un calvario para expatriados como Victoria. Con su intensa trama y sus dolorosas escenas, la película reproduce y nos inserta en las dificultades de adaptarse a una sociedad desconocida entre la cual no se vive: se sobrevive. Quizá la interpretación más apropiada para Victoria es la de un filme de horror que desorbita la sensibilidad de su protagonista; un melodrama donde sus ansiedades y temores le persiguen en el violento atentado de la desilusión, presente desde la secuencia inicial.
Schipper nos presenta a Victoria por primera vez en un antro. Baila. Aparentemente alegre, su sensualidad y su locuacidad brotan de movimientos desinhibidos, inconscientes del ridículo o el prejuicio ajeno. Más adelante sabremos que la joven no está en libertad sino en liberación. Berlín es un refugio de Madrid y la competencia del conservatorio, donde sus tutores han rechazado el talento de Victoria como pianista. Sin amigos en su ciudad natal ni en Berlín, Victoria parece desesperada por establecer contacto con los otros. Tras alejarse de la pista de baile, ella intenta conversar con el barman pero fracasa. En el baño las mujeres le gritan por saltarse la fila. En la salida un grupo de jóvenes la trata, por primera vez, de manera amistosa, pero su relación con ellos resultará en la pérdida. Victoria actúa estoica: no le asustan estos hombres excéntricos e inmaduros; está abierta a todas las posibilidades de la vida porque ya no tiene —ella cree— sueños.
El patetismo de Victoria me parece estrechamente relacionado al de Travis Bickle (Robert De Niro) en Taxi Driver (1976), donde Nueva York es un dantesco círculo del infierno habitado por los condenados de America. Travis no es un extranjero pero sí un extraño en su ciudad, donde cada intento por hacerse de amigos resulta en sospechas o llamadas al gerente. Si Travis estaba dispuesto a matar por lograr que la gente lo reconociera como una persona, Victoria está dispuesta a morir por gozar un rato de la amistad que le ha sido negada siempre. Sus compañeros en el conservatorio, le explica a Sonne (Frederick Lau), no eran sus amigos porque querían lo mismo que ella. Más bien eran sus depredadores. Cuando uno de los amigos de Sonne se ve forzado a robar un banco, Victoria decide ayudarlos para experimentar por primera vez la camaradería. Para revelar el éxtasis de la muchacha solitaria cuando encuentra la amistad y el amor, Schipper enmudece el sonido y deja que la música de Nils Frahm envuelva la acción con melodías ambientales, casi dislocadas, que nos acercan a los sentimientos de Victoria. El robo y sus brutales consecuencias sólo necesitan la respiración agitada y la angustia en el rostro de la valiente muchacha para contaminarnos con su horror y su desengaño. Sabemos en esos momentos que Victoria está condenada a la soledad.
Por supuesto, Victoria no busca argumentar ni examinar; sólo conmover. En Berlín asistí a una conferencia con Schipper, donde su torpeza verbal y su intensa personalidad contrastaba con la del elocuente Walter Salles. Viéndolo, y después viendo su película, supe que Schipper no dirige un cine de ideas y Victoria no es un argumento sobre la migración ni sobre el estado de las cosas en Berlín o Alemania. La historia moderna de Europa y sus dificultades repercuten en su trama, pero su desarrollo se sitúa en la universalidad del destierro. Victoria es todos los solitarios y su historia son todas las fantasías, alegres o paranoicas, de los parias en el mundo. En algún momento, todos sentimos ahogarnos en nuestro abandono o sentimos la exaltación de ser rescatados por los otros. El triunfo de Schipper, a pesar de la inverosimilitud de un robo planeado a escasas horas de realizarse o de una muchacha que acepta unirse a él sin siquiera conocer a sus colegas, es capturar la sensación de orfandad en que a veces sentimos que nos encarcela nuestra suerte.Victoria no es la clase de película que vemos; es la clase de película que sentimos.
Noticias según tus intereses
[Publicidad]
[Publicidad]












