El año que viene

Jean Meyer

El 30 de diciembre de 2016, The Financial Times no se equivocó, a diferencia de otros, al profetizar que Marine Le Pen no ganaría la presidencia francesa, pero no mencionó a un tal Emmanuel Macron; no se equivocó al predecir que la señora Merkel ganaría las elecciones parlamentarias, pero no adivinó que le costaría trabajo formar un gobierno. Dijo, con tino, que no colapsaría el acuerdo nuclear de Irán, en 2017; en 2018… “Siria seguirá en llamas”: correcto. Dijo que Trump iba a construir el muro fronterizo mexicano, pero nomás “algunas adiciones simbólicas”. No las hubo, pero habrá más que eso en 2018.

A la pregunta: “¿Se destruirá al Estado islámico como una gran fuerza global?”, contestó con sagacidad que, en efecto, el Califato se iba a derrumbar, pero una vez expulsado de sus fortalezas urbanas, alentará las acciones terroristas regionales e internacionales. Con la misma clarividencia, previó la elevación de los precios del petróleo.

¿Qué nos traerá 2018? El desorden mundial ya no es novedad. Hace tiempo que el viejo zorro, Henry Kissinger, dijo que el caos amenaza el orden mundial, junto a una interdependencia sin precedentes entre países. Sería demasiado fácil atribuir esa volatilidad al deterioro acelerado de lo que fue alguna vez, no hace mucho, el liderazgo de Estados Unidos; ciertamente, Donald Trump a la presidencia no ayuda para nada, pero eso empezó hace años. Y la irresistible ascensión de China, también.

El yihadismo, Corea del Norte, choques inesperados en el Mar de China meridional… pueden surgir varios “cisnes negros” y nadie va a poner fin a la “limpieza étnica” que borra del mapa en Myanmar/Birmania a la minoría musulmana rohingya. Nadie va a poner fin a la tragedia de Sudán del Sur. La ribera oriental del Mediterráneo y todo el Oriente Medio está amenazado por una conflagración que va más allá del conflicto israelo-palestino: sunnitas contra shiitas, Arabia contra Irán. La pobreza en la África negra seguirá expulsando emigrantes, la gente se ahogará, como siempre, en el mar. A corto plazo, no puedo predecir nada que no sea evidente.

A mediano y largo plazo, hay que saber que de 7,600 millones de terrícolas que somos, pasaremos a 9,800 en 2050. Ya no estaré, pero pienso en mis nietos. Los demógrafos nos dicen que este pico de población no será rebasado, pero por lo pronto me asusto cuando recuerdo el diagnóstico de Juan Rulfo: “Las dos industrias pesadas de México: niños y desiertos”, y leo que el embarazo adolescente en México crece año tras año. El experto italiano Massimo Livi Bacci reniega del catastrofismo —gracias, profesor— y dice que “si cuidamos la Tierra, aún cabemos muchos más”. Incluso 10 mil millones. Pero, cuando leo el mes pasado que México perdió más de 250 mil hectáreas de bosques en 2016, opino que Rulfo tiene la razón: en lugar de cuidar la Tierra, fabricamos desiertos.

Los científicos se la pasan advirtiéndonos que el tiempo se está agotando, si es que queremos frenar un poco el calentamiento de la Tierra que va más rápido de lo previsto. No se ve que sea posible cumplir con los (insuficientes) programas del Acuerdo de París. Las emisiones mundiales de CO2 aumentaron en 2017, en gran medida por el uso del carbón, especialmente en China. ¿Renunciaremos a la energía nuclear para quemar más carbón y petróleo? Por un lado, nos dicen que eliminar el carbón es una prioridad, por el otro se les teme a las centrales nucleares.

Albert Camus, que, felizmente, se pone de moda, dijo en su discurso de aceptación del premio Nobel: Cada generación, sin duda, se cree llamada a rehacer el mundo. La mía sabe que no lo rehará. Pero su tarea es quizá más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga.

Por lo tanto, sin ilusión y con optimismo voluntarioso, nos deseo a todos un feliz año 2018.
 

Investigador del CIDE.
[email protected] cide.edu

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