¿Esencia o apariencia? El bautizo del nuevo tratado

Federico Novelo y Urdanivia

¿Qué encierra un nombre?/Lo que llamamos rosa/Con cualquier otro nombre/Tendría el mismo dulce aroma”.
(Shakespeare, Romeo y Julieta).

El efecto del sustituto del TLCAN (NAFTA, por sus siglas en inglés, que hace referencia a un acuerdo y no a un tratado), tampoco perderá su no tan dulce aroma por el nombre que se le ponga; la esencia de ese instrumento está en el contenido y no en su denominación. Pese al tono triunfalista de los negociadores, acompañantes y presidente electo, el USMCA es notoriamente peor, para el olvidado interés nacional mexicano, que aquello a lo que sustituye. Veamos:

La figura de soberanía comercial, tan cara a la presentación del TLCAN que realizó el entonces secretario Jaime Serra P. (por Puche) ante el Senado de la República, enfatizaba el carácter de Zona de Libre Comercio (y no de Unión Aduanera, o alguna integración de mayor densidad), por lo que -lo acordado con los gobiernos de Canadá y de los Estados Unidos- no comprometía la soberanía del nuestro para firmar nuevos tratados con terceros países y se firmaron con quien se dejó (46 países, aunque más del 80 % de las exportaciones desde México van a uno solo). El nuevo instrumento establece que los gobiernos signatarios no podrán firmar otros acuerdos con países en los que no opere la economía de mercado, con lo que ello quiera decir; si la referencia es a subsidios, devaluaciones competitivas, aranceles o cualquier otra imperfección del comercio limpio, ninguno de los firmantes podría lanzar la primera piedra, muy a pesar del abstracto compromiso mexicano con el libre comercio, sobre el que habló el (todavía) presidente Peña Nieto, en la Asamblea General de la ONU. Posiblemente, y no por esa abstracción, el mejor discurso que ha leído durante el crepuscular sexenio. El destinatario de esta imposición estadounidense es China, cuyo desempeño en el capitalismo globalizado ha sido el más exitoso del planeta y que, en el notablemente reducido vocabulario del presidente Trump, no es una economía de mercado.

En la misma reunión de Naciones Unidas, el presidente Macron propuso que los acuerdos comerciales de los países miembros de ese Parlamento de la Humanidad (Paul Kennedy lo bautizó así) solo se firmaran con gobiernos signatarios del Acuerdo de París, sobre compromisos que reduzcan las emisiones que favorecen el calentamiento del mundo que compartimos; ¿se le escuchó desde los gobiernos mexicanos de hoy y de mañana?

Se festeja el entendimiento mediante el que se acordaron más altas reglas de origen, la exclusión de procesos productivos manufactureros en los que se paguen salarios decentes, el recordatorio del subdesarrollo nacional cuyas ventajas competitivas apenas llegan a costo de factores (trabajo y recursos naturales), la pérdida de soberanía comercial, la ignorancia compartida sobre el cambio climático y la caducidad del instrumento en 16 años (plazo mayor al de la amortización de las inversiones no especulativas, las únicas relevantes para crear empleo).

El nombre del acuerdo en inglés también es un obsequio a la principal obsesión del gobierno estadounidense, Estados Unidos primero. La invitación a participar en una consulta nacional sobre el nombre más adecuado para el orgullo patrio (entre dos opciones) corresponde a los inconvenientes que acompañan a toda discusión con un tonto (en pocos minutos nadie notará la diferencia) y nos coloca en la situación en la que miramos sin ver, y preferimos la apariencia a la esencia. No lo podría creer ni San Ildefonso (en ese colegio estudié la prepa).
 

Profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM, México)
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