El último refugio de Stefan Zweig: Brasil

Federico Novelo y Urdanivia

“La maldad corre más de prisa que la muerte”
Platón, Apología de Sócrates.

La libertad necesaria para describir con imparcialidad y sinceridad los sismos que sufrió Europa desde 1914, se la proporcionó a S. Zweig la condición de apátrida; la tercera ocasión en que le fue > resultó demasiada demostración de la velocidad con la que la vehemente maldad llegó a su vida, por lo que decidió terminarla en Petrópolis, Brasil, durante 1942.

Desde julio de 1941, el espantoso año en el que Hitler puso en marcha la Operación Barbarrosa con la invasión a la URSS y la Solución Final para los judíos, el escritor austríaco, humanista, pacifista y judío comenzó a pensar que la única paz posible se ubicaba en el suicidio: ¡Hablad, recuerdos, elegid vosotros en lugar de mí y dad al menos un reflejo de mi vida antes de que se sumerja en la oscuridad! (El mundo de ayer. Memorias de un europeo).

Aquel extraordinario biógrafo, novelista y ensayista, cuya obra fue quemada por los nazis, no pudo resistir su condición de testigo de la peor derrota de la razón y, primero, buscó el resguardo a gran distancia de Europa, en Brasil. Entre las reflexiones que acompañaron a sus últimas horas, no dejó ni el asomo de sospecha sobre la llegada del fascismo a ese país anfitrión, en octubre de 2018.

Mientras el asombro internacional por el proceso electoral brasileño comienza a salir de su perplejidad, la misma nación –posiblemente muchos de los mismos electores- que contempló el ascenso social de decenas de millones de habitantes que escaparon de la pobreza durante el gobierno de Lula da Silva, se dispone a descender al infierno de la intolerancia, el racismo, la homofobia y la violencia, por medio de los votos. El encumbramiento político de subnormales, a los que se les aplica la extraviada denominación de populistas, guarda relación con el desencanto que produce el libre comercio globalizado, con el sueño de la razón que practican –de tiempo atrás- la socialdemocracia y sus ramificaciones por el no desarrollo, con la dominancia ideológica del individualismo excluyente, con el retorno del nacionalismo como emblema… con la desesperanza. El progreso ya no es lo que era; ya no es.

Hay, también, una dosis considerable de la peor versión de la audacia: atreverse a criminalizar al otro, por sus preferencias sexuales, por su color de piel, por su género, por su aspecto. No es un dato menor el relativo al atrevimiento en el lenguaje que, al amparo de las redes sociales, rebasa los límites del insulto, para arribar a la amenaza y el linchamiento; aquí se hace particularmente visible el odio contra la inteligencia y la cultura, la revancha de la insensatez y la ignorancia.

¿Qué cotas de corrupción e ineficiencia debe alcanzar un gobierno progresista para dejarle la mesa servida a los subnormales?, ¿lo que ahora acontece el Brasil no podrá vestirse de un nuevo fantasma y recorrer el mundo? Un gobierno de izquierda que tolere algún tipo de corrupción, aunque sea chiquito, se expone a un juicio social mucho más severo que el correspondiente a uno conservador porque la ética no tiene la misma relevancia en ambos casos.

Si viviera hoy en Brasil, Stefan Zweig se volvería a suicidar; su pareja, también.

Profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM, México).

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