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Los organilleros y el mono

15/05/2019
03:31
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Donald Trump seguramente pensó que podría iniciar su campaña de reelección presumiendo haber desnuclearizado a Corea del Norte, aislado y contenido a Irán y derrotado al “socialismo” en Venezuela, todo sin haber disparado un solo tiro y obligando a los más recalcitrantes líderes en el mundo a doblar las manos y negociar con él. En vez de ello, en semanas recientes han aumentado las posibilidades de una acción militar -limitada o más amplia- en cada uno de estos focos globales de tensión. Y en ninguno es ello más evidente que en el conflicto a cocción lenta con Irán. La gran paradoja es que esto se da con un Presidente que ganó la elección prometiendo, entre otras cosas, desplegar tropas en el extranjero sólo por necesidad y no por vocación, y cuando en encuesta tras encuesta la mayor parte del electorado estadounidense quiere que su país se ocupe de sus propias necesidades económicas y de seguridad antes de abordar problemas globales que no puede controlar.

El año pasado, Trump sacó a Estados Unidos del acuerdo nuclear de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas más Alemania -y validado por la ONU y la Unión Europea- con Irán (JCPOA, por sus siglas en inglés) bajo el pretexto de que quería lograr, en su peculiar léxico, un “mejor trato”. Sin embargo, aquí surge otra paradoja más porque para lograr dicho objetivo, se requiere de diplomacia y concertación, instrumentos inexistentes en la caja de herramientas de este mandatario estadounidense con una visión tan chata de las relaciones internacionales y tan apegado a las amenazas y medidas coercitivas unilaterales. Washington ha auto-saboteado consistentemente esa posibilidad al envenenar sus relaciones con la UE, su principal aliado, y al minar todas las condiciones favorables para propiciar conversaciones y negociaciones con Teherán. Y EU se ha encajonado aún más al adoptar, para no variar con esta Administración, posiciones de suma cero. Hace dos semanas, el gobierno estadounidense revocó las exenciones de sanción a los cinco mercados de exportación de petróleo restantes (entre ellos China, Japón y Corea del Sur) de Irán; a principios de abril, Trump designó a la Guardia Revolucionaria de Irán como una organización terrorista. Ahora ha enviado bombarderos y un portaaviones al Golfo Pérsico con el objetivo, según el propio comunicado de la Casa Blanca, de “enviar un mensaje claro e inequívoco al régimen iraní de que cualquier ataque a intereses estadounidenses o de sus aliados será respondido con una fuerza implacable”. Estas medidas tienen lugar en plena escalada de violencia entre Israel y Hamás en Gaza y en el marco del creciente conflicto comercial de EU con China. Si la administración Trump asumió que Teherán simplemente capitularía a la presión, seriamente subestimó la estabilidad del régimen y malinterpretó sus cálculos de seguridad y su visión del mundo. Y su fe desbordada en el poder coercitivo de sanciones subrayan su incapacidad de entender cómo funcionan los procesos de toma de decisión iraníes. Como era de esperarse, en lugar de poner de rodillas a los líderes de Irán, la beligerancia de EU les ha hecho endurecer sus posiciones. El presidente Hassan Rouhani -quien en su momento defendió el acuerdo nuclear y ahora ha comenzado a sonar como un halcón- dice que Irán ya no cumplirá con los términos del JCPOA, mediante el cual aceptó límites estrictos a su programa nuclear a cambio de incentivos económicos. Irán ahora está listo para reanudar su marcha lenta pero constante hacia la obtención de un arma nuclear. Pero con ello están empuñando una espada de doble filo; la amenaza de lograrlo es inútil si no parece creíble. Y si es creíble, corre el riesgo de provocar una acción militar punitiva por parte de EU o Israel.

Pero más allá de la dinámica que podría llevarnos a una confrontación potencial en esa región del mundo, hay dos factores adicionales que explican la aparente desconexión entre la promesa de Trump de no involucrar a EU en “mas guerras interminables” y el hecho de estarle cerrando una a una las salidas al gobierno iraní. Primero, no es una coincidencia que el mandatario se retiró del acuerdo hace un año, poco después de que nombrara tanto a John Bolton, Asesor de Seguridad Nacional, y Mike Pompeo, Secretario de Estado, a esos cargos. Bolton, que piensa que la ONU “no existe” y que habría que bombardear preventivamente a Irán para evitar que obtenga una arma nuclear, lleva años agitando a favor de derrocar al régimen iraní; Pompeo se pregunta en público si “Dios escogió a Trump como a la reina Esther para ayudar a salvar a los judíos de la amenaza iraní”. Y mientras Trump parece más proclive a una relación de toma y daca con Teherán, Pompeo y Bolton han comunicado motivaciones ideológicas y objetivos contrapuestos a esos impulsos transaccionales de su jefe. Y segundo, un Irán que como respuesta se vuelva más beligerante parece ser a lo que están apostando los dos principales amigos de Trump en el Medio Oriente, el rey Salman y el primer ministro Netanyahu, abonando con ello a los objetivos estratégicos de ambos países. Cualquier conflicto de EU con Irán dañaría a su archienemigo (https://www.eluniversal.com.mx/articulo/arturo-sarukhan/nacion/el-polvor...), y en el caso saudí, aumentaría los ingresos petroleros de Riad (https://www.eluniversal.com.mx/articulo/arturo-sarukhan/nacion/una-mecha...). Mientras que Bolton, Pompeo, Arabia Saudita e Israel parecen saber lo que están haciendo al cilindrar a Trump, la gran pregunta es si éste entiende –mientras da vueltas en su carrito de golf- el curso de colisión en el que lo están embarcando.

Dale siempre una salida a tu enemigo, aconsejó Sun Tzu. Hoy, el riesgo de un error de cálculo es elevado y creciente, sobre todo dado que los canales de comunicación oficiales entre Washington e Irán están cercenados. En Washington y Teherán, la diplomacia –o falta de ella- podría acabar siendo dictada por intransigentes, que corren el riesgo de tropezarse con una guerra. Urge que la comunidad internacional ayude a encontrar rampas de salida y medidas de distensión antes de que sea demasiado tarde.
 

Consultor internacional
Arturo Sarukhán es Embajador de carrera del Servicio Exterior Mexicano y consultor internacional basado en la ciudad de Washington, en Estados Unidos.

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