El Senado se apresta a votar la reforma constitucional que impone la presencia del Ejército en las calles al menos hasta 2028. El bloque adverso a dar su aval parece desmoronarse cada día. La pregunta hoy no es si esta iniciativa pasará el trámite, lo cual parece un hecho consumado. Los escenarios reales son ya solo dos: que el oficialismo —incluida una parte del PRI— logrará doblegar a los legisladores, o si el líder senatorial Ricardo Monreal obtendrá los votos necesarios en una negociación cuyos costos reales serían por ahora impredecibles.

Tarjetas informativas que circulan en despachos clave de nuestra clase política, elaboradas por los equipos de estrategas de Morena y sus partidos satélites, incluyen un listado de senadores priistas susceptibles de ser doblados para alcanzar la escasa decena de votos necesarios —dependiendo del número de escaños que estén ocupados en día de la votación— para que la aprobación sea un hecho. En el listado están integrantes de la cada vez más deshilvanada oposición, en particular el PRI, pero también un par de representantes de Acción Nacional.

En cuanto al Institucional, la lupa está colocada en algunos de los senadores más cercanos a Alejandro “A(m)lito” Moreno, el personaje que encarna, como en la cáscara de una nuez, el deterioro del que fuera durante más de 70 años el partido casi único. El mismo cuya acta de defunción virtual muchos han empezado a confeccionar. En los hechos, durante los comicios de 2021 el PRI sufrió para alcanzar el 3% de los votos que le permitieron conservar su registro, como ocurrió en Baja California, por ejemplo.

En las listas de los priístas que se auparían al carro del oficialismo se incluye a Manuel Añorve, a Mario Zamora, a Verónica Martínez García, e incluso a Nuvia Mayorga, cercana al coordinador parlamentario del Institucional en la llamada cámara alta, Miguel Ángel Osorio Chong, un exaliado de Moreno, pero actualmente el principal orquestador de los afanes para desplazar al campechano del control del tricolor.

El segundo escenario contiene mayor complejidad: la destreza de Ricardo Monreal para sacar las castañas del fuego a la administración López Obrador. Monreal es blanco preferido de ataques virtualmente desde todos los flancos de la autodenominada cuarta transformación. Resulta difícil imaginar que conserve el ánimo para tal proeza, que supondría un ejercicio de hilado fino en la política, algo no frecuente en Palacio. Sin embargo, hay señales de que debemos guardar espacio para las sorpresas.

Apuntes: “Yo vine para impulsar negocios y acabé de policía”, ha dicho a sus amigos el gobernador saliente de Quintana Roo, Carlos Joaquín González, aludiendo a la crisis que en materia de seguridad acompañó (incluso se agravó) durante su administración. Si fue policía, su desempeño dejó por desear. También había anticipado a sus cercanos que sería el próximo secretario federal de Turismo, por un compromiso pactado con el presidente López Obrador. Pero se quedó muy corto en sus nuevas, también frustradas aspiraciones. Será embajador en Canadá, que no sería poca cosa para un funcionario público con otros antecedentes. En una de sus mañaneras, López Obrador dijo que en Canadá hay mucho interés por viajar hacia el Caribe mexicano, y que eso ayudaría a la tarea del nuevo diplomático. Fue una broma cruel, pues López Obrador sabe que la presencia canadiense en Quintana Roo se expresa ruidosamente en enviados de las mafias para pactar embarques de drogas y ganar mercado local. Tan distinguidos son esos visitantes que ya se han matado con otros mafiosos incluso en hoteles de lujo en el área de Playa del Carmen.

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