En memoria
del Dr. Guillermo Soberón,
transformador de instituciones

Son tres las figuras de la historia que el presidente quiere emular: don Benito Juárez, Madero y Cárdenas. Se refiere con mayor insistencia a don Benito y a Madero. Al General Cárdenas, a quien también dice admirar, no lo menciona a menudo, tal vez la cercanía cronológica y porque no todos los cardenistas son fans de la 4T. Los zapatos de los tres le quedan grandes.

Madero entró a las páginas de la historia patria como el apóstol de la democracia. Trató de serlo, aunque el país no lo dejó. Efectivamente, fue un auténtico demócrata y por ello un transformador. Ese impulso se vio truncado por la oposición del movimiento conservador.

Madero no la tuvo fácil. Además de los conservadores que reclamaban privilegios perdidos, enfrentaba una prensa envenenada; no tenía control sobre el Congreso; y por si fuera poco, Henry Lane Wilson, el embajador de Estados Unidos, lo consideraba un enemigo detestable, tanto que jugó un siniestro papel en su asesinato. Paradójicamente, a pesar de la antipatía generalizada hacia los extranjeros (americanos, ingleses o españoles) derivada de los privilegios que la dictadura les había concedido, Madero proclamaba su amistad a Estados Unidos. Conocía el sistema americano y el espíritu francés. Estudió en Estados Unidos y cinco años en París. Fue francófilo. En Francia conoció la democracia francesa y fue introducido al espiritismo que sellaría su vida.

Madero fue un demócrata, aunque se olvida su impulso transformador, en particular su interés por la reforma agraria, que sería el núcleo de la Revolución Mexicana —el cardenismo latente. Los proyectos para expropiar tierras privadas para la reconstrucción de los ejidos sembraron la idea de que la política agraria propiciaría una revolución. No solamente avanzó en cuestiones agrarias, sino en materia del trabajo. En la rama textil se estableció el salario mínimo, diez horas en lugar de trece. Los trabajadores podían sin represalias celebrar reuniones, discutir con sus patrones, organizarse y hasta declarar huelgas. La Casa del Obrero Mundial, ahora solamente el nombre de una avenida, se organizó como centro de reuniones laborales. Los conservadores se alarmaron.

Cuando surgieron movimientos en su contra, no tuvo otro remedio que echarse en manos del Ejército federal, particularmente cuando Victoriano Huerta, chacal en ciernes, derrotó a Pascual Orozco y alentó los afanes conservadores. El Ejército no había traicionado a Madero, pero como pregunta Stanley Ross en su biografía Francisco I. Madero, Apóstol de la democracia mexicana: “No conozco ningún grande interés en México que ejerza su influencia para fortalecer al gobierno de Madero”.

Conforme avanzó la oposición de los grupos conservadores a Madero, surgió una inquietud. Si bien la contrarrevolución estaba organizada y crecía la preocupación por el ánimo transformador del presidente, parecería lógico que el gobierno más fuerte, más popular que México había tenido, incluido el de don Benito, debería haber sofocado la contrarrevolución de los conservadores, pero sucedió lo contrario.

La evocación de Madero en estos tiempos es oportuna en tanto el presidente López Obrador comparte notas con el apóstol de la democracia: la creencia de que hay conservadores por todos lados que lo persiguen y amenazan; el papel de la prensa que asegura está en su contra y lo ataca como a nadie; la creencia de que dispone, como Madero, de una fuerza interior, que lo hace inmune a calamidades y si éstas se presentan existe un escudo protector (estampitas o escapularios) que lleva siempre consigo; las referencias a Jesús como el modelo superior de la humanidad que ambos comparten.

No obstante algunas notas similares hay una gran distancia entre ambos, como son diferentes las circunstancias de estos momentos con los del inicio del Siglo XX. Lo innegable es que aquellos aciagos días parecen regresar en este aciago 2020.

Profesor de la UNAM

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