Analistas y observadores alrededor del mundo comienzan a encontrar similitudes notables entre gobernantes de distintos países. Aunque de orígenes muy variados, Trump, Orban, Bolsonaro, Erdogan, Milei, el polaco Kaczynski y si, también López Obrador, tienen personalidades y estilos de gobernar muy parecidos. Son intolerantes a la crítica, grandilocuentes, narcisistas, perseguidos por conspiraciones o complós, con una propensión al insulto, la polarización y la demagogia. Ofrecen soluciones simplistas a problemas complejos, comparten una nostalgia por un pasado que recuerdan como glorioso y una agenda social muy conservadora. Están obsesionados con la concentración del poder y su lugar en la historia, detestan los contrapesos, socavan las instituciones democráticas, persiguen a los medios, desprecian cualquier oposición y recurren a la militarización como herramienta de control. Resulta muy difícil adscribirlos a alguna ideología porque sus políticas son frecuentemente contradictorias, motivadas más por rédito político que por convicciones. Por ello, aunque se ubiquen en las antípodas, se les agrupa como populistas o iliberales, más que de izquierda o derecha. Muestra de ello es la última escaramuza entre Milei y López Obrador, en la que, más que diferencias, exhibieron lo mucho que tienen en común.

Como se sabe, los populistas suelen usar el sistema que los llevó a gobernar para socavar la democracia, concentrar el poder y perpetrarse en él. Afortunadamente, sus maniobras han comenzado a resultar insuficientes para prevalecer en elecciones, como se ha mostrado en EU, Brasil, Polonia y Turquía en los últimos años. En 2020, las instituciones estadounidenses frenaron las intenciones autoritarias de Trump y la insurrección contra el Capitolio. Lo mismo ocurrió en Brasil con Bolsonaro apenas un año después. Las amenazas de desconocer una derrota resultaron insuficientes para desalentar a la oposición en ambos países. Por su parte, tras ocho años de un gobierno antagónico a los valores de la Unión Europea, el nacional populista Partido Ley y Justicia perdió la mayoría en las elecciones polacas de octubre de 2023. Será sustituido por una coalición de tres formaciones de distintas ideologías, encabezada por el ex presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, a quien corresponderá revertir el deterioro democrático en Polonia. Un triunfo del pluralismo y el ideal europeo.

Las recientes elecciones municipales en Turquía son todavía más interesantes y relevantes para México. Erdogan tiene control absoluto. Los medios son abiertamente oficialistas, como resultado de presiones y censura. Las encuestas daban ventaja a los candidatos del AKP, partido de Erdogan. Y, sin embargo, la oposición propinó al AKP la peor derrota en 20 años, con resonantes victorias en las principales ciudades del país y el control de buena parte del oeste y la costa del Egeo, con mucho las regiones más pobladas. La suma de votos a lo largo del país dieron una ventaja nacional al opositor CHP sobre el AKP, su mejor resultado desde 1977. El más notorio, por emblemático, fue el triunfo de la oposición en Estambul con casi 11 puntos de diferencia, en donde las encuestas anticipaban un resultado muy cerrado. La derrota de Erdogan en Estambul es el equivalente de lo que sería una derrota de López Obrador en la CDMX: un fracaso personal. De cara a las elecciones presidenciales de 2028, estos comicios parecen marcar el principio del fin del dominio de Erdogan.

Las elecciones en Polonia y Turquía dejan lecciones importantes y muestran rasgos que podrían repetirse en nuestro país en junio próximo. La primera de ellas es la importancia de un sistema electoral funcional, que puede dar como resultado alternancias aún a pesar de condiciones de inequidad. La segunda es la participación. En Turquía votó más del 75% del electorado. La tercera es que las encuestas se equivocan y lo hacen cada vez más. Pero la más importante, sin lugar a dudas, es que mientras haya democracia e instituciones en pie, es posible vencer al populismo. Electores en algunos países han optado por poner un freno al autoritarismo antes de que fuera irreversible, mientras que en otros, como Venezuela y Nicaragua, ya es demasiado tarde. En México todavía se puede.

Diplomático de carrera por 30 años, fue embajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos

@amb_lomonaco

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