Cuando recibes lecciones inesperadas, algo te toca el alma dejándote saber que eso que acaba de suceder, es una enseñanza fundamental.

Llegué a Mérida y sentí que me encontré con una humanidad, no una ciudad. Me di cuenta de que es, como dicen, la sucursal del cielo.

Acudí a la boda del hijo de unos amigos queridos, que se llevó a cabo en una de esas viejas haciendas henequeneras, ubicadas en medio de la selva y que todavía muestran las evidencias de sus años de gloria. Estas construcciones nos hacen remontarnos a la antigüedad e imaginarnos todo lo ahí vivido durante siglos.

Conmueve de Yucatán su belleza, cultura y riqueza culinaria, pero más el trato dulce, acogedor y, diría yo, hasta inocente de los lugareños; desde el del personal del aeropuerto, el chofer del taxi, la mesera en la fonda. Aparte de todo esto, me aguardaba una gran sorpresa.

Es posible que las cualidades mencionadas de las personas de esta localidad solo los notemos quienes vivimos en urbes de concreto, porque, queramos o no, hemos sido devorados por el ritmo acelerado y la dureza de este tipo de metrópolis. Mi papá decía que quienes vivimos en la Ciudad de México, vivíamos en el D.F. de “defiéndete”. Sin darnos cuenta, sus habitantes hemos creado una coraza de protección no sólo física, sino también mental y emocional.

Quiero pensar que este fenómeno se da en todas las grandes urbes, relacionado con las sensaciones de temor e inseguridad que se experimentan al caminar por las calles de ciertos rumbos.

Por otro lado, me pregunto si no existe otra forma de inseguridad, la emocional, que nos hace levantar muros con tal de no vernos frágiles y débiles en una ciudad que se rige por las “leyes de la selva” en cuestiones de supervivencia, tanto en el aspecto físico, como en el social: pertenecer y ser aceptados solo lo logran los más “fuertes”. Razón por la cual nos escudamos tras poses y caretas.

Cuando estaba a punto de irme de Mérida, sucedió algo extraordinario que me tomó por sorpresa. Al llegar al aeropuerto y querer pagar al taxi, el corazón se me detuvo, pues me di cuenta de que había olvidado mi back pack en el hotel. En ella se encontraba todo lo necesario para viajar. Sin identificación, no podía registrarme en la aerolínea. Así que llamé al hotel para saber cuál era la forma más rápida en la que podían hacérmela llegar. Al no contar con un chofer ni haber un taxi cercano, me rendí a la idea de perder el avión. Fue entonces cuando Karla –la gerente de cuartos, a quien no conocía– se ofreció conducir los 35 minutos del trayecto para llevármela. ¿Cómo agradecer un favor así?

A punto de que el vuelo se cerrara, Karla llegó con mi mochila. De inmediato la abrí para darle una buena propina. “No gracias, señora Vargas”. Ante mi insistencia, sólo dijo: “Hay que aprender a recibir”. El momento tocó mi interior como un rayo. Me cuesta trabajo recibir. En especial cuando siento que no he hecho nada para merecerlo. Ignoro la razón. ¿Me hace sentir que pierdo el control? ¿Tengo miedo a sentirme obligada a corresponder? ¿Me parece que no lo merezco? ¿Es soberbia? Necesito averiguarlo.

Con el avión a punto de salir y el corazón zarandeado, corrí con la mochila hacia la puerta de abordaje y me descubrí llorando en el transcurso. La bondad y la generosidad de Karla me conmovieron enormemente. Me hicieron cuestionarme si yo habría hecho algo así. Ya la vida me invitará a corresponder. Por lo pronto, me quedo con la lección: hay que aprender a recibir.

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
Google News

TEMAS RELACIONADOS