Dos noches antes me encontraba dentro de un saco de dormir, paralizada, en la salita junto a la Unidad de Cuidados Coronarios del hospital. Verla sufrir me afectó especialmente ese día y Pamela, mi hermana, sugirió que no me quedara sola esa noche que me tocaba la guardia. Mi hijo Miguel y mis hijas Moni y María trotaban por el mundo. Entonces le llamé a Ana Paula, una querida amiga de la familia, joven estudiante de medicina, para pedirle que me acompañara. Y aunque ella tenía examen en la UNAM al día siguiente, se lanzó con linterna en mano para estudiar entre gente dormida en el piso porque los sillones estaban ocupados.

A medianoche nos dio hambre. Recordé que en un descanso de las escaleras había una maquinita con galletas y cosas suelen salvarnos. Estábamos ahí cuando apareció una afanadora con cubeta y escoba. Menudita, se dirigió a mí: “He visto cómo acompañan día y noche a su mamá desde hace tres semanas, hay muchos pacientes solos, qué bueno que sean así con ella, pero ¿sabe qué? ya déjenla ir, díganle que se vaya tranquila porque allá en el cielo hay muchos ángeles esperándola con un gran concierto… para darle la bienvenida”. Nos impactó. Le pedí su nombre. Era Ángela. “¿Y cómo sabes todo eso?”, le pregunté en voz baja. Me respondió: “Lo vi en Internet”. No podíamos creerlo. Volvimos a nuestro espacio en el suelo, pero ya no me acosté.

Lo primero que hice fue dirigirme, sin permiso, a la unidad. Y aunque ya nos habíamos despedido, me acerqué a mi mamá, que dormía sus últimas horas, y le dije al oído exactamente lo que me aconsejó Ángela. Le acerqué a Beethoven con mi celular.

Habíamos batallado dentro del hospital con médicos que insistían en mantenerla con vida a toda costa. El cardiólogo nos exigía esperar “un milagro”. Muy a tiempo, antes de la extrema gravedad, habíamos hablado con ella y firmó su voluntad: ni terapia intensiva ni más cirugías. Aquel médico, en plena Semana Santa, insistía en hacer todo porque “el sufrimiento tiene sentido”, aunque ella ya no podría comer o respirar sola nunca más. El neumólogo, mudo en el hospital, nos esperaba en la calle para sugerirnos detener una “carnicería”. En medio del vértigo: el centenario de Octavio Paz, la muerte de Gabriel García Márquez y la noticia del Premio Cervantes a Elena Poniatowska.

Mi madre murió el 23 de abril de 2014, de la mano de sus hijas y pegada al corazón de mi hermano Roberto. En medio de la frialdad hospitalaria, un entrañable camillero, Carlos, removió con suavidad su cuerpo, ya sin respiración, para ponerlo en una camilla y cubrirlo. Se disculpó: “El último jaloncito, preciosa”. Sabiduría pura, como la de Ángela.

Adelina Arriaga, la gran Neneka I, se fue el Día Internacional del Libro hace 10 años. Para mí es doble la conmemoración: por su vida y porque ella me regaló el primer libro que leí sola, a los 7 años. Una antología de cuentos clásicos para niños que me reveló, desde entonces y para siempre, el placer de la lectura. Pero también me regaló sus ojos siempre abiertos para percibir la belleza. Sus oídos que sabían escuchar. Sus manos que se doctoraron en manufactura y reparación de alas. Su voz con las primeras canciones y cuentos que escuché. Y ese reino de la imaginación que se apoderaba de casa en las bohemias, navidades o cumpleaños. Su disfraz de Santa Clos con el que sorprendía a sus nietos cada año. La música, el amor a los salones de baile y a Los Panchos…

De la mano, mientras nos despedíamos de ella, agradecimos su principal lección: a pesar de pérdidas y tristezas, hay que celebrar la vida.

Y sé que, entre sueños, le gustó la historia de Ángela.

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