Los medios de comunicación masiva y algunos amantes ingenuos de las bellas letras le siguen pidiendo a la Academia Sueca que sea algo que ella misma se ha dedicado a desmentir a lo largo de su ya más que centenaria existencia: la regente planetaria del gusto literario. En muchas ocasiones, su Premio Nobel ha concordado con el canon (Yeats, Faulkner, Eliot, Jiménez, Camus, Beckett, Kawabata, Neruda, Montale, Saint–John Perse, Bellow, García Márquez, Brodsky, Paz, Heaney, Vargas Llosa, etc), repertorio que está lejos de ser inmutable.

Y Estocolmo también le ha abierto la subida al santoral a escritores de enorme valía pero políticamente apestados (Pasternak, Solzhenitsyn o Naipaul) o ha dado a conocer ingenios poco leídos más allá de sus lenguas, como los poetas Mistral, Alexaindre, Seifert, Symborska o Transtromer. A veces han otorgado premios por remordimiento: a Nelly Sachs y a S.Y. Agnon, en 1966, por la literatura judía cuando el Holocausto se volvió ineludible o a Alexaindre reparando la omisión de la generación del 27 y a Asturias, manera errática de atisbar el Boom. No premiaron, en cuanto a los mal llamados afroamericanos, a James Baldwin o a Richard Wright, pero sí a la mediocre Toni Morrison.

Escritores en su día encumbrados, el tiempo los ha bajado del santoral como es el caso del primer Nobel, un poeta simbolista francés muy apreciado en 1901 o de Anatole France o de Hemingway (que pasó de ser un best seller a materia de taller universitario de cuento) o de la mayoría de los premiados hasta Thomas Mann, quien en 1929 le transfirió su majestad al premio escandinavo. Lo hizo al grado que, después de la Segunda Guerra, dado su resuelto antihitlerismo, pensaron en dárselo otra vez al alemán por Doktor Faustus —el reglamento del premio no prohíbe o no prohibía entonces repetir— pero prefirieron hacer más explícito el gesto premiando a sir Winston Churchill, interesante animal literario pero historiador enfático y decimonónico en el mal sentido de la palabra. Acaso sólo ese premio al héroe de la Batalla de Inglaterra ha sido tan polémico como el otorgado la semana pasada a Bob Dylan.

A fines de los años 30, los suecos coquetearon con la novela comercial (lo ganó Pearl S. Buck y estuvo a punto de llevárselo Margaret Mitchell por Lo que el viento se llevó) y en el último cuarto de siglo, la Academia Sueca se ha reafirmado en su carácter de organización gubernamental dedicada a la promoción del multiculturalismo y la hibridez, anteponiendo razones geopolíticas y políticamente correctas, de raza y género, a la apuesta (nunca puede ser otra cosa) por el genio literario o a lo que parece acercársele.

Contra lo que sostienen los pasatistas (en su primera acepción: “todo pasado fue mejor”), no son pocos los escritores contemporáneos a quienes acaso la veleidosa posteridad recuerde como grandes en la prosa y en el verso: Murakami (novelista despreciado por ser, como lo fueron Hesse y García Márquez, a la vez popular y exquisito), la enorme Ann Carson, Banville y Amis, Roth y McCarthy, Vila–Matas y Michon, Kozer y Quignard, Houellebecq y Lodge, Tóibín y Aira, Parra y Marías, Sansal y Kadaré, Kundera y Zurita, Adonis y McEwan, más los que usted quiera agregar.

Adelanto que lo perjudicial del premio a Dylan es que confundirá a no pocos letristas populacheros: si el de Minnesota es un poeta, ¿querrá decir que todos los cantantes populares lo son? Habrá quien crea, después del bobdylanazo, que Juanga se fue sin el merecido consuelo de un Premio Nacional de Literatura y Lingüística. Pero al abrir su baraja premiando a Dylan o el año pasado a una estupenda periodista como Aleksiévich, ojalá los suecos consideren a los críticos literarios: Steiner o Bloom o Donoghue merecen distinciones de ésa envergadura y no otra. Sólo el danés Georges Brandes, hace un siglo, estuvo cerca del Nobel. ¿Y los filósofos? Sí lo tuvieron Bergson y Russell, ¿no lo merecerían Savater, Gray o Sloterdijk?

La lista de omisiones nobilarias es gravosa y pesada, lo mismo que asombrosas las mediocridades premiadas, muchas de ellas muy recientes como para recibir el perdón de aquellos quienes insisten en la naturaleza canónica de la Academia Sueca. Además, hay que ser benevolentes con estos amistosos y pacíficos nórdicos: son un país sin gran literatura pero con Strindberg y Bergman les basta y sobra. Se premian premiando, lo cual es de agradecerse.

Dado que no rijo mi gusto literario por las decisiones de la sociedad secretista de Estocolmo —lo cual no quiere decir que no me alegre cuando un escritor de mi preferencia se lleva las coronas suecas— paso a opinar sobre el Nobel a Bob Dylan. Como dijo alguien en Facebook, a Dylan la mayoría “lo conocemos de oídas” y hasta que no lea su poesía completa no podré dar mi humilde opinión sobre si conecta –leído en silencio como se lee desde que el joven Agustín de Hipona descubrió haciéndolo a San Ambrosio de Milán– con la gran tradición del verso anglonorteamericano desde Whitman hasta Black Mountain, pasando por Nashville, San Francisco y Nueva York. “De oídas” no me parece que todas las canciones de Dylan sean poemas y en su obra, como en toda lírica vasta, habrá mucha hojarasca. A él no lo ha pulido el tiempo, como a Safo, ventarrón que con toda seguridad me borrará a mí y a mis lectores. Pero no a él.

Discrepo de la visión humanitarista y por ello antihumanista de los académicos suecos, provincianos adinerados muy distantes de las grandes ciudades donde circula la literatura mundial, siervos de algunas supersticiones deplorables. Yo tengo las mías y muy arraigadas pero ese premio no lo doy yo ni lo pago con mis impuestos. Dicho todo esto, celebro que le hayan dado su Premio Nobel a Bob Dylan, cuya riqueza sentimental, con todo lo que hay de perturbadora poesía en la música popular, del folk al rock, me ha acompañado felizmente, como a millones, desde que nací.

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