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¿Acoso o coqueteo?

¿Cuáles son las implicaciones de la discusión sobre el acoso para la coquetería y la sexualidad?
24/03/2017
09:07
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Una de las preguntas más constantes que ha surgido con el caso de Tamara de Anda –quien denunció a un desconocido que, desde su carro, le gritó “guapa” mientras ella iba caminando en la calle–, es la de cuál es la diferencia entre el acoso y el coqueteo. La pregunta es, en la gran mayoría de los casos, planteada por hombres “preocupados” por cómo se supone que ahora se deben comportar con las mujeres. En específico: si esto está mal, ¿pues qué está bien? Si esas no son formas de “conquistarlas”, ¿entonces cuáles son las adecuadas?*

Entiendo la “preocupación”. Históricamente, en sociedades como la mexicana el género ha servido para marcar la pauta de cómo los hombres y las mujeres deben comportarse en casi todo, incluida la sexualidad. El género es el conjunto de ideas que tenemos sobre los gustos, intereses, necesidades y comportamientos de “hombres” y las “mujeres”. Aplicado a la sexualidad: es el conjunto de ideas sobre cómo es y cómo debería ser la sexualidad “femenina” y cómo es y cómo debería ser la sexualidad “masculina”.

Algunos ejemplos burdos: se nos dice que “las mujeres” lo que más quieren es un marido y que harán todo lo posible por conseguirlo. Solo las que son “putas” no se comportan así. ¿Los hombres? “Los hombres” quieren coger y eso es lo más importante para ellos cuando se relacionan con una mujer y solo ya que han saciado sus instintos –y ni entonces– quieren asentar cabeza. Solo un hombre que es “puto” no se comporta así. ¿A las mujeres? A “las mujeres” les encanta ser halagadas. ¿Con todo lo que invierten en verse bien cómo no van a amarlo? ¿A los hombres? A “los hombres” les importa “conquistar”, no ser conquistados. Porque la sexualidad y el amor son eso: un juego, una competencia, una caza.

Estas ideas, por decirlo de alguna manera, forman un “guión” sobre cómo nos debemos de comportar, que se nos enseña desde jóvenes, de muchas maneras: a través de consejos de la abuela, o el papá, o la mamá, o el hermano mayor, o los amigos y amigas de la escuela. Se nos comunican a través de canciones, películas, series, libros, poemas y hasta supuestos “estudios científicos” (“¡la evolución hace que los hombres sean infieles!”). La misma ley ha jugado y juega un papel fundamental en la determinación de cuál es la sexualidad “correcta” (o, al menos, “legal”) entre hombres y mujeres.

En este escenario, denuncias como la de Tamara de Anda implican un rompimiento absoluto del “guión” que a muchas personas se nos ha enseñado. Lo que se supone que nos han dicho que a “las mujeres” les gusta, pues resulta que no es cierto (lo que nos han dicho que las mujeres deben “tolerar”, muchas ya no están dispuestas a hacerlo). Y esto es clave: si genuinamente quieren saber qué implica todo esto para la “coquetería”, lo primero que se tiene que entender es que “las mujeres”, como un grupo unificado que comparten gustos, intereses, deseos y prácticas no existe. No hay nada que le guste a todas las mujeres. Lo importante, para efectos de esta conversación sobre la diferencia entre el acoso y la coquetería, no es que haya mujeres a las que les gusta que les griten cosas en la calle, o a las que les gusta que las “persigan”; lo importante es que solo son algunas y que hay muchas otras a las que no. Se tiene que dejar de hablar de “pero es que a las mujeres…” Como se tiene que dejar de hablar de “los hombres”, como un monolito también. No, no a todos los hombres les gustan las mujeres; ni a todos los hombres les gusta abordar así a las mujeres; ni todos los hombres se encuentran “confundidos” con todo esto. Hay muchos que entienden perfectamente bien lo que se está diciendo y que pueden abstenerse de acosar así a las mujeres, sin que nada les pase. La dificultad de entender no está en que “son hombres” y es su “naturaleza” ser “así”.

Ahora, si bien esta semana se está discutiendo el hecho específico que denunció Tamara, no es el único comportamiento que, en años recientes, ha sido denunciado por distintas mujeres. Si realmente se tiene un interés por entender qué está bien y qué está mal, una forma de empezar a aprenderlo es repasando los múltiples casos de acoso que han sido denunciados en tiempos recientes, en donde muchas mujeres han dejado en claro qué les parece inaceptable. Valga mencionar algunos: está el de Andrea Noel, a quien un extraño en la calle le subió la falda y le bajó los calzones; está el de Gabriela Nava, a quien un tipo la venía grabando, debajo de la falda, en el transporte público en el trayecto a la escuela; está el de Ninde, a quien un hombre le eyaculó encima en el metro; está el caso de Tania Reza, en el que todos pudimos ver cómo su colega, Enrique Tovar, se le encimaba reiteradamente hasta llegarle a tocar su seno, a pesar de que ella lo estaba rechazando una y otra vez frente a la cámara; está el caso del artista gráfico conocido como Ferrus, quien fue retirado del cargo de tutor en el Fonca después de que una mujer denunciara cómo a ella y otras becarias las había tocado sin su consentimiento y les había dicho comentarios del tipo “cuánto por las nalgas”; está el de Ximena Galicia, a quien un asistente de uno de sus profesores en la Ibero le exigía, entre otras cosas, que le coqueteara y le diera besos, so pena de negarle su servicio social y bajarle sus calificaciones (entre muchas otras cosas); está el caso del profesor de la Prepa 9 de la UNAM, Teodoro Castro Ruiz, que, entre muchas, muchas otras cosas, le decía a las alumnas menores de edad que les pondría un 10 si lo besaban (una de las denuncias terminó con una recomendación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos); está el caso de Tatiana Maillard, que denunció cómo, por diez años, un tipo que era su superior en su trabajo la ha menospreciado, humillado, amenazado y acosado de manera incesante, después de que ella lo rechazó; está el caso de Leyla Guadalupe Acedo, que denunció al que era su jefe, el Consejero del INE, José Roberto Ruiz Saldaña, no solo porque se le insinuó de manera inapropiada, sino porque la castigó por su rechazo, impidiéndole trabajar adecuadamente, orillándola a renunciar.

Estos son solo algunos de los casos que se han mediatizado, en México, en tiempos recientes. Están, además, los cientos de denuncias que se han interpuesto en distintas instancias civiles, penales, administrativas y laborales (dos de las cuales –el amparo directo en revisión 3186/2017 y el amparo directo 47/2013– han llegado a la misma Suprema Corte de Justicia de la Nación). Están los miles de casos que se denunciaron con el hashtag #MiPrimerAcoso (mil de los cuales fueron analizados por Distintas Latitudes). Y están los cientos de miles que muchas mujeres han reportado en encuestas como la ENDIREH y la ECOPRED[1]. Esto, de nuevo, solo en México y solo en tiempos recientes.

Si se ponen a leer y a escuchar lo que muchas mujeres han objetado, pueden ver que, a diferencia de lo que se quiere hacer creer, las quejas de estas mujeres no son “arbitrarias”, ni “caprichosas”. No es que ya no les puedan dirigir la palabra, nunca. No es que no puedan, jamás, intentar “seducirlas”. Hay un patrón en sus denuncias: extraños que las interpelan con comentarios no solicitados sobre sus cuerpos en el espacio público (“guapa” es el ejemplo más reciente, pero si leen #MiPrimerAcoso podrán encontrar muchos más); hombres que las tocan, sin su consentimiento (que les dan una nalgada; que les tocan una teta; que les meten la mano por debajo de la falda; que las acorralan contra una pared…); hombres que se exponen a ellas, sin que ellas lo hayan pedido (que se masturban enfrente de ellas; que les envían fotos no solicitadas de sus penes por redes sociales); hombres que las graban sin su consentimiento; tipos que, después de que ellas les dicen que no están interesadas en platicar con ellos en un bar o en un antro o por Facebook, las insultan (busquen #ByeFelipe en instagram), o insisten e insisten e insisten, a pesar de que ya les dijeron claramente que “no, gracias”; amigos que no aceptan su “no”; jefes o profesores que las ponen en la situación de tener que aceptar o rechazar un avance cuando son sus superiores, algo incómodo, per se; jefes o profesores que, ante el rechazo, las castigan: las reprueban, las congelan, las excluyen, las persiguen, las humillan. Son extraños que se creen con el derecho de opinar sobre sus cuerpos, de tocarlos, de hacerlas partícipes de un acto sexual sin su consentimiento. Son conocidos que no respetan su voluntad, que las tocan sin que ellas lo deseen, que las persiguen una y otra y otra vez, o que estallan con violencia ante el rechazo. Jefes, profesores, colegas, que, en contextos laborales o escolares, introducen el componente sexual a la relación, poniéndolas en una situación complicada. Jefes, profesores, colegas que las castigan cuando no se someten a sus deseos. Hay un patrón. ¿Lo pueden ver? ¿Lo quieren ver? Las mujeres no están denunciando la “falta de química” en una cita; no están denunciando a tipos torpes que balbucearon al tratar de encantarlas; no están denunciando los cumplidos que, en un cita –en la que todos los participantes están de acuerdo que es una cita–, han recibido. La “pendiente resbaladiza” que se están imaginando provocada por el caso de Tamara no ha ocurrido, ni va a ocurrir. 

Volvamos a su “preocupación” inicial: les gusta una mujer: ¿qué pueden hacer? Pues, depende: ¿qué quieren? ¿Genuinamente la quieren conocer? Si sí, platiquen con ella. ¿De qué? ¡Hay un millón de temas que pueden abordar en un inicio que no tienen que ver con su cuerpo! ¿No la quieren conocer y solo le quieren hacer saber su opinión sobre su cuerpo porque “les pareció atractiva”? Absténganse. En serio. No hay razón para darle su opinión. No la hay. ¿Trataron de hablar con ella y ella no quiere? ¡Déjenla! No les debe nada. No tiene por qué hablarles. Ni tiene por qué darles explicaciones sobre por qué no quiere hablarles. No es relevante si es porque está casada, si es porque está con sus amigas, si es porque no le parecieron atractivos. No les debe nada. En serio. Sí: qué feo se siente el rechazo. Pero está en su derecho. Porque sí es un derecho decidir con quién establecemos relaciones personales y con quién no; con quién tenemos sexo y con quién no; con quién tenemos una amistad y con quién no. ¿Están en una relación de supra/subordinación con ella? ¿Se dan cuenta de que, si se le insinúan, lo hacen en un contexto para ella difícil? ¿Sí se dan cuenta que es complicado que tu jefe, de quien depende tu trabajo, te proponga algo así? Quizá ustedes no son como los hombres que castigan a quienes los rechazan, pero el solo hecho de poner a alguien en esa situación incómoda en donde no saben cómo va a tomar el rechazo la persona que tiene el poder de decidir sobre su sustento y su vida profesional es problemático. Y nadie merece pasar por eso. Y si los rechazan, donde sea, como sea, por lo que sea: acéptenlo. Respeten. No insulten. No castiguen.

¿Pero qué si ustedes se topan con la mujer a la que sí le gusta que la persigan, que se hace la difícil, que sus “no” tal vez sí significan “sí”? Va una anécdota que proviene del comediante Louis C.K. que me parece perfecta para ofrecer una respuesta. Cuenta Louis que una vez, después de uno de sus shows, se fue a su hotel con una chica. Se estaban besando. Todo iba de maravilla. Así que él empezó a meter su mano por debajo de la camisa de ella. Ella se la quitó. Siguieron besándose. Él ahora intentó poner su mano en su culo y, una vez más, ella lo quitó. Siguieron besándose, hasta que ya no. Y ella finalmente se fue a su casa. A la noche siguiente, la vuelve a ver y ella le pregunta que qué había pasado, que por qué no cogieron. Él le responde: “pues tú no querías”. Y ella: “claro que sí”. “¿Pues por qué me detenías?” “Porque quería que simplemente me tomaras.” “¿Cómo?” “Pues sí. Me gusta cuando el tipo como que se frustra y simplemente me sujeta y me coge.” “Pues me lo hubieras dicho.” “No, se tiene que sentir real y peligroso.” Y ahí es cuando Louis revira: “¿Crees que te voy a violar con la esperanza de que quizá resulte que eso es lo que te gusta?” Y sí: ¿por qué preferirían arriesgarse a violar a alguien cuando todo se puede resolver con una pregunta? ¿Por qué preferirían arriesgarse a violentar a alguien, cuando la alternativa es… qué? ¿Quedarse una noche en sus casas tranquilos?

¿Cómo coquetear? ¿Cómo iniciar una relación? No lo sé. No sé si haya una forma o un camino para conectar con las personas. Lo que sí sé es que muchísimas, muchísimas, muchísimas mujeres están señalando ciertas formas y ciertos modos como problemáticos. Sí: quizá muchas otras están en desacuerdo. Pero entonces, insisto, la solución para mí es la misma: tengo que abstenerme de ciertos comportamientos hasta que no sepa que a la mujer a la que tengo enfrente, eso es lo que le gusta. Y para eso tengo que dejar de tratarlas como estereotipos, y empezar a verlas como personas.  

 

 

 

 

 

 

 

* Este artículo está escrito para hombres que están “genuinamente” interesados en saber cuáles son las implicaciones de la discusión sobre el acoso para la coquetería y la sexualidad. Por esta razón, abordo ejemplos específicos que sirven para responder esa pregunta, para este conjunto de hombres. Sé, sin embargo, que el acoso no siempre tiene que ver con hombres bienintencionados que “no sabían que estaban haciendo algo malo”. El mismo caso de Tamara de Anda lo ilustra: el tipo le gritó desde la comodidad de su carro, sin la más mínima intención de entablar un diálogo con ella. ¿En dónde estaba el intento de coquetería? (No deja de ser diciente que se haya convertido en una discusión sobre la “coquetería”…) Y hay muchos casos de acoso, sobre todo en el empleo, en los que los hombres utilizan lo sexual para menoscabar a las mujeres, sin que jamás tengan la intención genuina de iniciar una relación sexual con ellas. Lo sexual, en otras palabras, a veces no tiene nada que ver con la sexualidad (o con el deseo). También sé que existe toda una dimensión institucional que es fundamental para entender el tema del acoso. No es un problema de unos cuantos hombres que “no entienden” lo que algunas mujeres quieren; o a los que “no les importa” lo que ellas desean. El problema, precisamente, es que estas ideas sobre la sexualidad “masculina” y la “femenina” –sobre los derechos que tienen los hombres y a las mujeres tratándose de la sexualidad– están arraigadas en nuestras mismas instituciones. En cómo las empresas, las escuelas, las familias, los medios y el Estado entienden, aceptan y hasta fomentan estos comportamientos. Por ahora, sin embargo, he decidido dejar de lado este componente institucional y enfocarme simplemente en abordar esta pregunta, desde una perspectiva individual: para la persona de carne y hueso que quiere “ligar”, ¿qué diablos implica todo esto?

[1] Vuelvo a recomendar, para el tema de la violencia, el trabajo que han realizado Roberto Castro, Irene Casique y Sonia Frías –de la UNAM– a lo largo de los años (como este, este, este y este). Han escrito múltiples artículos académicos y libros analizando los pormenores de todas las encuestas sobre violencia en contra de las mujeres en México. También recomiendo ampliamente las cifras que José Merino y sus colegas han reportado en distintos medios, tanto sobre los feminicidios, como sobre el acoso sexual.

 

 

 
Estefanía Vela estudió derecho en la licenciatura y en la maestría. Ahora se dedica a la docencia y a la investigación sobre la relación entre el derecho y la sexualidad –y todos los puntos en los...

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