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Sandra: en la punta de la lengua

La candente mañana de febrero en que Alonso Ruvalcaba conoció a Sandra
Foto: Cortesía
25/05/2017
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Alonso Ruvalcaba
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Quisiera decir algo sobre Sandra. Ella no usa su apellido y su puesto no tiene nombre. Lo que tengo que decir podría empezar así: “La candente mañana de febrero en que conocí a Sandra, después de varias veces de pasar ante su imperioso puesto en la esquina de Lucas Alamán, noté, al fondo, que las carteleras de Bodega Aurrerá habían renovado no sé qué oferta de papel de baño y servilletas. El hecho me dolió, pues comprendí que el incesante universo no se detendría porque yo conociera a Sandra o no.” O, tal vez, así: “Éstas son las últimas cosas. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarles de las que yo he visto, de las que ya no existen; pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo. Déjenme hablarles de Sandra.” El puesto de Sandra es parte del paisaje y es al mismo tiempo algo que puede desaparecer o moverse en cualquier momento.

Siento que la condición de cocinera de Sandra es transitoria. Esto no quiere decir que no la ejecute con destreza o que no ponga todo su esfuerzo ahí. La chamba es la chamba: cada día Sandra tiene que hacer un guisado diferente, una sopa, arroz. Sazón de fonda al aire libre. He probado su cerdo en verdolagas; me reveló lo que otros cerdos en verdolagas me habían ocultado: algo como anisado o terroso. He probado un lomito en adobo: era más ceniciento, más oscuro, que un lomo fondero. La cocina de Sandra sube a once, da el siguiente paso. Se diría que cualquier plato tiene más concentración, más entusiasmo que ese mismo plato en el puesto de enfrente. El mole rojo es más dulce y más salado. Un plato de bistec con ensalada y frijoles está en otro escalón: la ensalada está sorprendentemente bien sazonada, los frijoles tienen un como tizne de hoja de aguacate, el bistec viene encima del conjunto. Es un plato esforzado pero Sandra lo sirve como si no estuviera más interesada en él que en cualquier otra cosa. No sé si me explico.

Sandra es un símbolo o una cifra, tal vez de algo así: Sandra es vendedora ambulante (aunque su puesto es de los llamados semifijos) porque la naturaleza de la vida es el movimiento. Sandra está adaptándose constantemente. Hoy abre temprano en la mañana y cierra al final de la tarde, en estos escasos cinco metros cuadrados, y cumple con el honorable deber de hacer un guisado distinto cada día, de hacer chilaquiles y huevos, bisteces y pechugas; mañana tal vez trabaje en la Bodega Aurrerá que se alza atrás de ella como una amenaza.

Vuelvo y vuelvo a estas personas, a estos seres humanos dedicados sin pasión y sin dudas a un oficio: a hacer tacos, a guisar, a vender en la calle. De pronto, cuando visito el puesto de Sandra, siento que está como en fuga. “¿A poco no come tortilla?”, me preguntó una vez. “¡Cómale, ni modo que qué!” Fue como si me dijera: De cualquier modo todos nos vamos a morir. Hay una como urgencia en Sandra. La naturaleza de Sandra es ambulante porque la naturaleza de la vida es la ambulancia. Construir (comprar una casa, levantar un restaurante) es estacionarse. Ser un vendedor ambulante –estar dispuesto al cambio, tener listas las maletas, viajar ligero– es apostarle a estar vivo. La cocina ambulante, la cocina de Sandra en su puesto sin nombre, es una gran vindicación del optimismo. Mientras ambulemos no estamos muertos.

Sandra. Lucas Alamán 66 (aproximadamente). 
Precios. La última vez que estuve ahí pedí sopa de almeja, arroz, bistec con ensalada y un mundet rojo.
Pagué 65 pesos ya con el 20 de propina.

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