En un par de semanas millones de colombianos acudirán a las urnas. Entre los nombres que aparecerán en la papeleta habrá uno que no pertenece a ningún ser humano: Gaitana IA. No es un error de imprenta. Es, formalmente, una candidata al escaño indígena de la Cámara de Representantes. Su piel azul y su voz sintética no dejan duda sobre su origen, pero eso no le impidió llegar a la boleta. Ofrece convertir su escaño en un foro de consulta ciudadana permanente mediado por algoritmos. Colombia está a punto de protagonizar el experimento político más perturbador de la historia legislativa latinoamericana.
El nombre de Gaitana no es casual. Evoca a una líder indígena que desafió la conquista española. Llamarla así fue una estrategia bien pensada para que se le perciba como poseedora de atributos humanos como la valentía y el carácter, de los cuales —evidentemente— carece.
También fue pensada la jugada jurídica que la llevó a la boleta. Quien se registró ante la autoridad es su creador, un ingeniero mecatrónico del pueblo Zenú.
Surge ahí la pregunta incómoda. Los electores que se acerquen a Gaitana no conocerán a esos humanos. Dialogarán con el avatar, leerán sus posiciones y quizás se identifiquen con su propuesta ambiental. Pero, en caso de resultar electa, será su creador quien ejerza la representación y cobre el sueldo.
Colombia no es el primer país que enfrenta esta disrupción. En septiembre de 2025, el primer ministro albanés designó a Diella como ministra de Contratación Pública, primera inteligencia artificial en ocupar un cargo de gabinete en el mundo. La retórica con la que la presentó fue un acto de ilusionismo puro. Si la IA no tiene parientes a quienes favorecer y el problema de corrupción radica en que "los primos son un gran problema en Albania", la virtualidad de Diella sería inobjetable. La magia cayó cuando, meses después, los funcionarios responsables del proyecto arrestados, acusados de corrupción.
El debate albanés reveló fracturas que reaparecen con Gaitana. La primera es la dilución de responsabilidad. En democracia, un representante responde ante sus electores. Cuando una inteligencia artificial ocupa ese espacio, la rendición de cuentas se vuelve un laberinto sin salida. La responsabilidad termina concentrada en quien ya tenía el poder, no en quien supuestamente lo ejerce.
La segunda fractura es la ausencia de posición política. Un representante legisla desde convicciones, jerarquizando valores y asumiendo los costos de esa jerarquía. Gaitana no hace eso. Lo comprobé directamente al interactuar con su chatbot. La candidata ofrece respuestas basadas en lugares comunes, o bien adaptándose a cada posición ideológica que le revelé.
Pero es la tercera fractura la que revela lo que todavía no puede ofrecer la inteligencia artificial. Un algoritmo puede contabilizar miles de opiniones simultáneas, pero no puede asumir la tensión entre ellas, negociar, ceder, construir mayorías desde el conflicto. Eso es política, lo demás es estadística.
Todo esto tiene una dimensión directa para México. La reforma electoral que se avecina llegará inevitablemente a la pregunta sobre inteligencia artificial en la política. La norma vigente dejó sin regular las redes sociales, lo cual ha tenido que ser resuelto con criterios del Tribunal Electoral.
Pero si el Legislador deja pasar nuevamente esta oportunidad de modificación legislativa sin mirar lo que ocurre en Bogotá y Tirana, la anhelada reforma nacerá obsoleta. Gaitana y Diella están ahí para ilustrar lo que pasa cuando la responsabilidad se diluye y la tecnología se erige en maniobra de comunicación con código fuente.

