La urgencia se ha vuelto una forma aceptada de estar en el mundo. No aparece como crisis, sino como ritmo. No se anuncia como violencia, sino como eficiencia. Todo parece requerir respuesta inmediata: mensajes, decisiones, emociones, posicionamientos. Vivir rápido ya no es una excepción; es la norma desde la que se mide la valía personal. Quien no responde queda fuera. Quien no corre estorba. Quien duda pierde.

Pero esta velocidad no nace del deseo de avanzar. Nace del miedo a quedarse atrás. La urgencia no empuja hacia algo; huye de algo. Y en esa huida constante se normaliza una forma de vida donde casi nada se elige con claridad, porque todo se decide bajo presión.

Se confunde movimiento con dirección. Se cree que estar ocupado es sinónimo de estar comprometido. Así, la vida se organiza desde el apremio: llegar, cumplir, responder, producir. No importa hacia dónde, mientras sea rápido. No importa qué se sostiene, mientras no se detenga.

La urgencia no deja espacio para verificar sentido. Se actúa antes de pensar y se justifica después. No es falta de inteligencia, sino ausencia de pausa. Se reacciona tanto que ya no se distingue entre decidir y obedecer. La vida se vuelve una secuencia de respuestas automáticas y, en ese automatismo, la responsabilidad personal se diluye sin ruido.

Vivir bajo urgencia también ordena los vínculos. Las conversaciones se vuelven funcionales, los afectos se administran por disponibilidad y la presencia se fragmenta. Se está en muchos lugares sin habitar ninguno. Se escucha mientras se piensa en lo siguiente. La prisa no rompe de golpe; erosiona.

Así se vuelve normal mirar una pantalla mientras alguien habla. Responder un mensaje mientras se comparte una comida. Abrazar con un ojo puesto en la notificación que vibra. No por desamor, sino por jerarquía: se elige lo urgente sobre lo importante. La presencia se posterga, el gesto se reduce, el encuentro se vuelve accesorio. No se pierde el vínculo de golpe; se le resta peso.

La urgencia convive con la culpa. Siempre hay algo pendiente, algo que no se hizo a tiempo. La vida se vive en déficit permanente. Desde ahí, cualquier pausa parece irresponsable y cualquier límite se siente como una falta.

Pero el costo más alto no es el cansancio. Es la pérdida de criterio. Cuando todo es urgente, nada es prioritario. La urgencia aplana el valor de las cosas y exige la misma respuesta inmediata para todo. Así se toman decisiones que comprometen años con el mismo apuro con el que se responde un mensaje trivial.

La urgencia funciona también como coartada. Permite no decidir de fondo. Mientras todo corre, no hay tiempo para revisar. Se vive ocupado, pero no responsable. Se cumple, pero no se responde por la dirección que se está tomando. La prisa protege de una pregunta incómoda: si esto que se sostiene sigue teniendo sentido.

Detenerse, en este contexto, no es descanso ni autocuidado. Es exposición. La pausa no garantiza claridad ni alivio; solo abre la posibilidad de ver lo que el ritmo estaba ocultando. A veces detenerse no ordena: confronta. Y por eso se evita.

Vivir sin urgencia no implica renunciar al ritmo ni idealizar la calma. Implica distinguir entre lo que exige acción y lo que solo reclama atención. Aceptar que no todo merece respuesta inmediata y que no todo retraso es pérdida.

La vida no se desordena por ir despacio; se desordena cuando se corre sin saber hacia dónde. La urgencia promete eficiencia, pero suele producir desgaste sin dirección. Porque una vida vivida bajo urgencia puede parecer intensa, pero rara vez es propia. Cuando todo exige respuesta inmediata, llega un punto en que ya no se distingue si se avanza o si solo se obedece. Entonces la pregunta no es cuánto haces ni qué tan rápido respondes, sino algo más incómodo: cuántas de tus decisiones fueron elecciones reales y cuántas fueron solo miedo a quedarte atrás.

Facebook: Yheraldo Martínez

Instagram: yheraldo

X: @yheraldo33

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios