Miedo a tus cicatrices

Yheraldo Martínez López

Japón, un país con tradiciones milenarias, una de las cuales traigo a colación; cuando en una familia o a una persona se le rompe alguna de las piezas de su vajilla, ya sea un plato, una taza o un tazón, tratan de pegarla y como es porcelana quedan algunas ranuras que son rellenadas con plata, u oro según sea el poder adquisitivo de la persona, una vez que es reparada y embellecida, se considera una obra de arte y es expuesta en un lugar donde sea visible y por supuesto se sigue usando, primero es un recordatorio para los que forman parte de la familia o para la persona misma, que todo se puede reparar y que una vez reparado se puede convertir aun y con las marcas en una verdadera obra de arte, y por otro lado para lo que no son parte del hogar es motivo de orgullo tener un utensilio reparado, ya que demuestra las imperfecciones con gran orgullo. Kintsukuroi se le llama a esta práctica o ritual, es el arte japonés de pegar lo que se ha roto.

Cuando leí esto por supuesto que se aprecia el gran detalle y el significado de las cosas, y esto me lleva a pensar, ¿por qué nosotros nos empeñamos tanto en ocultar nuestros errores, heridas, cicatrices? 

Los errores en nuestra vida son vistos como algo malo, se nos enseña tanto a ser “perfectos” a vernos bien, a sentirnos bien, tratamos de ocultar las cicatrices de la piel, sobre todo las que tienen que ver con nuestro rostro porque de alguna manera vamos en contra de los estándares de belleza, pero también ocultamos las heridas del alma, las cicatrices de nuestro corazón, y no es que uno las ande mostrando al mundo como algo público, el hecho es que a veces no nos queremos mostrar ni con las personas que forman parte de nuestra vida. Lo interesante de eso es que esas cicatrices no se pueden ver a simple vista, pero se sienten, a través de cómo tratamos a los demás.

Tal parece que es malo decir “fracasé”, “no lo logré”, “no pude”, “no lo conseguí” entre otras tantas y es que decirlas nos resulta penoso, como si no fuésemos dignos de los demás, lo que sucede es que desde niños nos enseñan a no rendirnos, a no darnos por vencidos, a luchar siempre por ser el mejor y tener el primer lugar, y estas oraciones no deben de formar parte de nuestro vocabulario porque entonces seremos unos mediocres o fracasados, y estos dos calificativos no pueden estar presentes en nuestra vida.

Debemos tener la fortaleza de decir “no terminé la escuela”, “no duré en ese trabajo, porque no me gustaba”, “intenté poner un negocio, pero no lo logre”, “me iba a casar, pero al final no se dio”, “me despidieron del trabajo”, “me expulsaron de la escuela”; pueden ser infinitas la cantidad de circunstancias que consideramos como un fracaso, como si algo se rompiera dentro de nosotros, insisto no es que lo tengamos que anunciar a medio mundo, pero poderlo compartir con las personas que forman parte importante de nuestra vida como nuestra familia cercana, nuestros amigos y poder expresarnos sin pena, sin avergonzarnos por esto, al contrario es parte de la belleza de la vida, no siempre salen las cosas como nosotros las deseamos o como queríamos a pesar de que nos esforcemos de manera sobre humana.

Definitivamente nos deberían de impartir en las escuelas una materia que nos enseñe cómo manejar el fracaso, y no solamente con el enfoque de resiliencia que nos habla de reponernos de las etapas difíciles, sino ¿cómo enfrentar el fracaso? Es algo que forma parte de la vida de todos, porque todos hemos fracasado en algo, en algún momento de nuestra vida nos caímos y también nos rompimos, y llevamos cicatrices que son hermosas, por el simple hecho de ser parte de nosotros, no las ocultemos por vergüenza, tampoco nos desquitemos con los demás, sin caer en la adoración a las mismas, pero que sean un recordatorio, porque la vida no es perfecta, pero no deja de ser hermosa.

Practiquemos en nuestra vida el Kintsukuroi, y reparémonos lo que haya que reparar, porque de alguna manera todos estamos rotos, quebrados de algo o con cicatrices, hagamos de nuestros errores y defectos grandes obras de arte dignas de admirar, y no es otra cosa que admirar nuestra vida misma.

 

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