La memoria histórica de una nación no solo se resguarda en los monumentos de mármol o en las fechas inscritas en el calendario cívico; habita, fundamentalmente, en la continuidad de sus instituciones y en la vigencia de los ideales que les dieron vida. El 7 de marzo de 1815, en Ario, Michoacán, entre el fragor de la lucha independentista y el asedio de las fuerzas realistas, se instaló el Supremo Tribunal de Justicia, la piedra angular de lo que hoy es nuestra Suprema Corte de Justicia de la Nación, en un acto que más allá de una formalidad significó la materialización de la visión de Estado que José María Morelos y Pavón, el Siervo de la Nación, comprendió con claridad: la libertad sin justicia es un concepto vacío.
Tras la caída de Miguel Hidalgo, Morelos asumió la urgencia de dotar a la emergente nación de un ordenamiento que trascendiera las armas. Influido por el pensamiento ilustrado de la Revolución Francesa y los debates de las Cortes de Cádiz, Morelos impulsó la creación del Congreso de Anáhuac en 1813, donde pronunció uno de los documentos más trascendentales de nuestra historia: Los Sentimientos de la Nación.
En este texto, Morelos no solo planteó la ruptura total con el yugo español; estableció las bases de una ingeniería constitucional moderna. Propuso la soberanía popular y, de manera crucial, la división de poderes como el único antídoto contra el despotismo. Con una visión social adelantada a su tiempo, dictó que las leyes debían ser tales que "moderaran la opulencia y la indigencia", proscribiendo la esclavitud y las castas para reconocer a todos los individuos como iguales, distinguidos únicamente por su vicio o su virtud.
Bajo este espíritu, el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, también conocido como la Constitución de Apatzingán de 1814, instituyó tres poderes: el Supremo Congreso Mexicano, el Supremo Gobierno y el Supremo Tribunal de Justicia.
Aunque la existencia de aquel Tribunal fue efímera (fue disuelto en diciembre de 1815 tras meses de persecución y huida) su legado trasciende hasta nuestros días, cuando en cada fallo de nuestro Máximo Tribunal resuena la máxima de Morelos: “Que todo aquel que se queje con justicia, tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario”, recordándonos el mandato ético y jurídico que sostiene el andamiaje del Estado de Derecho.
A lo largo de más de doscientos años, la Suprema Corte de Justicia ha evolucionado, sorteando crisis políticas y transformaciones sociales, pero manteniendo firme su función como garante de la Constitución.
Sin embargo, la justicia no es estática, ha de responder a los tiempos que se transitan. Por ello, es imperativo reconocer que hoy vivimos un momento de renovación histórica que salda deudas de siglos.
Por primera vez en nuestra historia institucional, la composición de la Suprema Corte refleja una realidad largamente ignorada: la presencia mayoritaria de mujeres en su Pleno, un cambio que representa una transformación profunda de la judicatura. La paridad de género y la política de igualdad en el Poder Judicial no son solo cuestión de representación, sino herramientas para una justicia más humana, empática y cercana a la ciudadanía, que comprenda las interseccionalidades y las barreras que enfrentan los grupos vulnerables.
Este nuevo Poder Judicial, al renovarse, no rompe con el pasado, sino que honra con mayor fidelidad el espíritu de Ario. Al hacerse más inclusivo, el Tribunal cumple mejor su función de defensa ante lo arbitrario. Hoy, la vigencia del Estado de Derecho y la garantía de los derechos humanos encuentran un eco renovado en una Corte que se parece más al pueblo que sirve.
Celebrar la instalación del Supremo Tribunal en Ario de Rosales es, en última instancia, un acto de compromiso con el futuro. La búsqueda incansable de la igualdad y la protección del débil frente al poderoso que buscó incansablemente Morelos, siguen siendo la brújula que guía nuestro quehacer diario dentro de la judicatura.
Este aniversario sirve para reafirmar nuestra vocación como juzgadores. Que la memoria de aquellos magistrados pioneros, que sesionaban mientras el ejército de Iturbide les pisaba los talones, nos inspira a defender, con la razón y la ley, la casa común que es nuestra democracia.
Aquellos juzgadores nos inspiran a defender nuestros principios, la justicia que anhelamos y nuestra democracia.
Ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación

