Al concluir la carrera de relaciones internacionales en la UNAM y sondear posibilidades laborales en el Banco de México, tuve una frustrante entrevista con uno de sus subgobernadores. A tono con el aislamiento oficial que prevalecía en la Guerra Fría, me dijo no saber para que servía esa carrera, y que solo debíamos tener embajadas en EU y Guatemala. En efecto, tras incursionar, como nunca antes, en la política mundial al ingresar en 1931 a la Sociedad de las Naciones y en 1942 a la Segundad Guerra Mundial, a partir de 1945 México se replegó para alejarse del nuevo conflicto bipolar Este-Oeste, y concentrarse en su desarrollo económico mediante la política de mercado cerrado de sustitución de importaciones. No obstante que dicha guerra terminó entre 1989 y 1991, que abrimos nuestro mercado al exterior y nos incorporamos a la globalizada economía mundial, muchos no asimilaron ese gran cambio.

Anthony Giddens señala que, como las mutaciones de nuestra época son tan radicales y vertiginosas, muchas personas no han podido adaptarse a ellas, aferrándose a ideas, modelos y símbolos identitarios básicos del pasado, como la autarquía, el nacionalismo, los localismos, lo étnico, el idioma, la religión, etc.

El concepto globalización se ha manipulado para que signifique diversas cosas, pero fundamentalmente es el fenómeno histórico iniciado en el siglo XVI que fue interconectando a los continentes, forjando una civilización global de naciones interdependientes, que no es reversible, ni deseable que lo sea. El actual funesto populismo pretende retroceder el reloj de la historia hacia modelos caducos, para lo cual reviven los fantasmas del nacionalismo, del unilateralismo, del aislacionismo, el nativismo, racismo, xenofobia, etc. En gran medida ello se debe a la edad de los populistas: como nacieron y crecieron en la Guerra Fría, añoran sus rasgos distintivos. Trump tiene 74 años, Duterte 76, Daniel Ortega 75, Erdogan 66, Bolsonaro 65, Mduro 57, Boris Johnson 56, etc. México no es ajeno a lo anterior: su presidente tiene 66 años y el promedio de su gabinete es de 60, teniendo algunos de sus miembros mas de 70 y 80 años. Su visión del mundo de los milenians, de la revolución digital de la cuarta revolución industrial, de las energías limpias, etc., no está puesta en los desafíos del futuro, sino anclada en mentalidades del pasado.

Algunos de esos gobernantes fustigan la realidad internacional y hasta socaban su institucionalidad, y otros pretenden ignorarla. Como la 4T se encuentra entre esos últimos, no tiene proyecto ni estrategias de política exterior, actuando coyuntural, improvisada y contradictoriamente. Sin embargo, el año pasado la avalancha de migrantes centroamericanos y las rudezas e imposiciones de Trump, evidenciaron que México no puede desentenderse de su difícil realidad geopolítica. Si persistían dudas sobre la importancia de lo externo, este año un virus de la lejana China nos ocasionó una brutal crisis sanitaria y económica.

Ningún país estaba preparado para semejante golpe, mucho menos aquellos que desdeñaron el factor externo, y alardearon que no era grave y no nos afectaría. De la misma forma que esos tremendos problemas provinieron del ignorado exterior, las soluciones deberán venir de allá mismo, pues los mejores mecanismos para ello son el G 20 y la ONU que López Obrador ha eludido. La ayuda recibida también ha provenido de países que el responsable de nuestra política exterior no ha visitado. La dura realidad nos envía el contundente y urgente mensaje de que las relaciones con el exterior sí son muy importantes para los intereses nacionales, aunque no lo sean para los proyectos personales.

Internacionalista, embajador de carrera y academico

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