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Agricultura y alimentación: Lo que la pandemia nos dejó

Viridiana Lázaro

Durante el 2020 se evidenció la necesidad de replantear la relación entre los sistema alimentarios y el medio ambiente, la deforestación y pérdida de biodiversidad inherente a la producción industrial de alimentos y otros proyectos extractivistas, han modificado las estructuras de la población de vida silvestre y han diezmado la biodiversidad a un ritmo sin precedentes, produciendo condiciones que favorecen a ciertos vectores y/o patógenos, o a un huésped en particular.

Los ecosistemas son inherentemente resistentes y resilientes, por tanto, al sustentar la existencia de diversas especies, ayudan a regular las enfermedades. Cuanto más biodiverso es un ecosistema, más difícil es que un patógeno se propague rápidamente. Esta diversidad genética que ahora está en riesgo produce un efecto barrera de resistencia natural a las enfermedades entre las poblaciones animales. La pandemia sólo encendió las luces de alarma para que nos demos cuenta del gran daño que como humanidad estamos causado a la naturaleza.

Aunado a lo anterior, la pandemia de Covid-19 evidenció las desigualdades existentes, así es, las mayores pérdidas la tuvieron las y los productores a pequeña escala y comerciantes locales, ya que los agricultores a gran escala y las grandes corporaciones pueden mover sus capitales con fluidez cuando ven que existen pérdidas en el mercado, por el contrario, para las y los productores a pequeña escala y pequeños negocios, es difícil amortiguar los daños o pérdidas de manera sencilla.

Un ejemplo muy claro es que en el 2020 los supermercados aumentaron sus ventas en parte debido a que muchos mercados sobre ruedas o tianguis se vieron obligados a cerrar. Asimismo, todos los costos fueron desplazados hacia las y los trabajadores, tal como ocurrió en la industria de la carne de cerdo en la que se ha obligado a las y los trabajadores a continuar laborando en las fábricas sin las medidas necesarias de protección ante Covid-19, porque estas grandes corporaciones se han considerado como actividades esenciales o de primera necesidad durante la pandemia.

Estas relaciones de desigualdad estructural traen injusticias graves que también se vieron reflejadas en la distribución de comida a la población en general. La movilidad de alimentos ahora depende del acceso que tengas a internet en casa para pedir alimentos, la red de distribución funcionó tan bien que en algunos momentos se olvidó que son personas las que se arriesgan todos los días para que tengas alimentos en casa.

Por todos estos motivos es necesario replantear la política alimentaria en México pues ésta, al ser un tanto asistencialista, se da en torno a la capacidad de consumo de alimentos que llevan a cabo las personas y deja en segundo plano a la calidad de la alimentación de la población lo cual nos ha traído graves problemas de obesidad, sobrepeso y diabetes, que una vez más, nos han hecho más vulnerables como sociedad ante el Covid-19.

En la actualidad nuestro sistema alimentario es injusto y disfuncional tanto con las personas como con el ambiente. La pandemia visibilizó problemas que no son nuevos, retos que no son ocasionados por la pandemia pero que sí fueron agudizados por ella.

Sin embargo, también esta pandemia visibilizó la urgencia de cambiar de rumbo y pensar en un modelo diferente de producción y consumo un modelo agroalimentario y nutricional que incluya el concepto de soberanía alimentaria en toda su amplitud, este es un concepto que no sólo implica hablar de producción de alimentos sino tiene que ver con un bienestar total, que va desde producir alimentos sanos, de manera sostenible y culturalmente adecuada hasta su consumo y el cuidado de los derechos humanos de todas las personas involucradas en el proceso de producción, comercialización y consumo. De tal manera que el sistema agroalimentario ya no debe ser solo de interés para las agricultoras y agricultores sino de la población en general.

Es por eso que debe existir mayor apoyo y respaldo para los sistemas alimentarios justos y agroecológicos y tratar de avanzar en esa dirección. No llamemos resiliencia a mantener el actual sistema alimentario disfuncional. Se tiene que buscar modificar el sistema agroalimentario. Prohibir el maíz transgénico y el herbicida glifosato considerado como probable cancerígeno por el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC por sus siglas en inglés) de la Organización Mundial de la Salud (OMS), es un primer paso, así como asegurar formas alternativas de nutrición en los espacios públicos para dar acceso a alimentos saludables a la población.

EL 2021 es una buena oportunidad para escuchar a otras voces y promover otro tipo de producción y consumo que sea más sostenible, existen las estructuras para lograrlo, no estamos partiendo de cero, pero es necesaria la voluntad política, y una escucha activa que incluya a múltiples voces. No se trata de recuperarnos de la pandemia para regresar al estatus quo, sino para transformar el sistema agroalimentario actual en un sistemas agroalimentario y nutricional sostenible y justo con la naturaleza y las personas.

 

Especialista en agricultura y cambio climático de Greenpeace México.
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