Que México esté en el lugar 140 de 180 en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional no es casualidad: es causalidad. No es una mala racha ni un “malentendido” de interpretación, es la consecuencia lógica de una forma de hacer política y de administrar instituciones para que no funcionen.
Este año me tocó, desde el Sistema Nacional Anticorrupción, ser espectadora en primera fila de los pactos, de los grupos, de los compas, de los favores. Y en esa primera fila esperan que aprendas rápido cómo funciona el guion: si rompes ese halo de impunidad, pierdes. Por eso, si alguien quisiera “triunfar” en la vida de la administración pública de México, el instructivo es clarísimo:
La primera regla es elemental: no te atrevas a decir la verdad. Debes mentir, cada día. Y la mentira no siempre es un gran montaje: a veces es esa escena cotidiana de decir que llegas a las 8 a. m., aunque te veamos entrar a mediodía. ¿Por qué? Porque eres el jefe. Y porque, en este teatro, el cargo no solo da poder es permiso para hacer reglas a la medida.
La segunda regla viene de la mano: no trabajes. ¿Qué tal que se dan cuenta de que eso se puede lograr y luego los acostumbras? El trabajo, cuando es real, cuando da resultados, es una enorme amenaza. La eficacia exhibe, incomoda y rompe el pacto silencioso de la mediocridad administrada.
Luego aparece la frase que lo explica todo, tercera regla, la corrupción lubrica todo. Si demuestras que se puede combatir, prevenir y sancionar, se acaba el trabajo, se acaba el Sistema y luego ¿cómo nos empleamos? En esa lógica, la corrupción no es una anomalía: es un engrane. No se combate, se gestiona. No se erradica, se usa. Por eso el problema se vuelve rentable: para secretarías, municipios, presupuestos, discursos y lealtades. Hoy Morena, mañana el PAN y ayer el PRI.
Cuarta regla, usa los recursos públicos a tu conveniencia, te pertenecen. Tú eres mejor y superior a los demás; aprovecha la oportunidad de despacharte. Si lo público se vuelve propiedad de quien ocupa el cargo, se convierte en botín.
Y para proteger el botín hay otra quinta regla imprescindible: hazlo complejo, que sea casi imposible entenderte. Imagínate que alguien se da cuenta de que un trámite, una denuncia o una posibilidad es fácil… no, no. Recuerda el punto anterior: tú eres superior y ni modo que lo hagas sencillo. La complejidad es un candado que solo nosotros sabemos abrir. El lenguaje enredado es nuestra defensa.
De ahí se sigue otra sexta instrucción, no trabajes para los demás, no compartas información. Lo público no es público, es tuyo, te pertenece. Y cuando lleguen los nuevos, que vuelvan a empezar; pues ni que importara la ley. Que no haya continuidad, que no haya memoria, menos aprendizaje. Que todo dependa de quién “tiene” el archivo, la ruta, el oficio, el dato. Porque así controlas el poder, administrando la ignorancia, así luego puedes hasta vender lo de tus amigos, aunque no sepan nada de trenes.
Y todavía hay una séptima instrucción más, quizá la más reveladora por lo descarada: no acabes con la corrupción, porque si no, al próximo sexenio ¿cómo hacemos campaña? La corrupción sirve para robar, sí, también para prometer. Si el problema desaparece, ¿luego que vendemos?
Por eso el cierre del instructivo es previsible: hagas lo que hagas, sigue las instrucciones. Y para que no haya sorpresas: “agarra fuero”, no vaya a ser que te metan a la cárcel por no seguir instrucciones.
Hasta aquí, el manual. Ahora, la decisión.
Denunciar. Desde denuncias a integrantes del Sistema hasta señalar a una gobernadora, legisladores, empresarios, fiscal carnal; pasando por nombrar y denunciar grandes casos de corrupción. Dejar evidencias y herramientas. Fue un abanico de actividades que me demostró dos realidades antagónicas: la ciudadanía y el trabajo coordinado pueden dar resultados, movimos al Sistema Nacional Anticorrupción y a sus instituciones; pero también constaté lo que se ha reclamado por años: es real, la burocratización de las instituciones corroe aceros inoxidables. Logramos mucho, pero es insuficiente, y hay que reconocerlo.
Las personas denuncian y de inmediato hay represalias: te bloquean, te invisibilizan. Fui testigo de ello de primera mano, mucho funciona a través de pactos de impunidad. Por eso vemos a actores de “oposición” guardando silencio, festejando embajadas, porque cuando el relevo los coloque de nuevo en esa posición esperan lo mismo. Ni siquiera lo tienen que decir.
Afortunadamente, no todo es así. Somos muchos más los que lo hicimos posible: ciudadanía, periodismo, incluso autoridades; y avanzamos mucho. La orientación central se mantuvo en visibilizar la corrupción como un fenómeno con víctimas, impulsar reparación y no repetición, y sostener la exigencia de integridad tanto hacia fuera como al interior del propio Sistema. Nombrar que no se acabó la corrupción fue nuestro punto de encuentro, y eso permite avanzar.
Plot twist: no seguí las instrucciones. PD: seguiremos incomodando.
Vania Pérez Morales
Ciudadana, hoy expresidenta del Sistema Nacional Anticorrupción, profesora en la UNAM y escribo en El Universal.

