Ayer dio inicio una de las mayores misiones comerciales que ha recibido México en los últimos años. Canadá, socio desde hace más de tres décadas en el marco del acuerdo trilateral, llegó al país con una delegación de más de 370 empresarios, 240 empresas y decenas de funcionarios. El objetivo es claro: construir relaciones uno a uno, identificar oportunidades concretas y fortalecer los lazos entre las dos economías.

La misión canadiense visitará, además de la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey y sostendrá más de mil reuniones de negocio. El momento no es casual. El contexto global y el T-MEC abren espacios que, bien aprovechados, podrían redefinir la profundidad de la relación bilateral.

La verdad sea dicha: México y Canadá son socios, pero socios distantes.

En 2025, México exportó poco más de 22 mil millones de dólares a Canadá, apenas 3.3% del total de sus exportaciones. Importó menos: 12.4 mil millones, equivalentes a 1.9% del total. Las exportaciones mexicanas se concentran en material de transporte (11.5 mil millones) y equipo eléctrico (5.5 mil millones). México importa principalmente equipo eléctrico (2.5 mil millones), equipo de transporte y metales (1.4 mil millones) y productos vegetales (1.1 mil millones). Las cifras son relevantes en términos absolutos, pero modestas en proporción al tamaño de ambas economías.

En inversión extranjera directa ocurre algo similar. En 2024, Canadá aportó 3.2 mil millones de dólares en IED, equivalentes al 9% del total recibido por México ese año. Con ello se ubicó como el cuarto inversionista, detrás de Estados Unidos, Japón y Alemania. Es una posición importante, pero no refleja una relación verdaderamente estratégica.

Durante la conversación entre el ministro LeBlanc —líder de la misión— y el secretario Ebrard, se habló de expandir la relación más allá de los sectores tradicionales. La discusión se centró más en minerales críticos, industria farmacéutica e innovación que en energía, infraestructura o minería, donde Canadá ya tiene presencia consolidada. El tono fue constructivo y el interés genuino.

Pero la pregunta persiste: ¿hasta dónde puede ampliarse una relación que tiene en medio a la economía más grande del mundo, un actor que además ha decidido alterar las reglas del juego comercial? El entorno ha cambiado. El comercio ya no es solo eficiencia; es también geopolítica y seguridad. Pensar que la integración puede continuar bajo las mismas premisas de hace una década sería ingenuo.

Para México, Estados Unidos es el socio ineludible por proximidad, volumen y dependencia. Para Canadá, la ecuación es prácticamente la misma. Esa realidad ha limitado, quizá sin que lo admitamos, la ambición bilateral.

La magnitud de esta misión revela algo más profundo que un simple interés comercial: evidencia la voluntad de diversificar riesgos, de tejer alianzas más densas dentro de América del Norte y de prepararse para un entorno menos predecible. México debería leer esa señal con la misma seriedad con la que fue enviada.

La pregunta no es si podemos ser mejores socios. La pregunta es si estamos dispuestos a dejar de comportarnos como economías que solo se miran a través de un tercero. Las cifras muestran distancia. El momento ofrece oportunidad.

@ValeriaMoy

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