La coyuntura marca la agenda. Quizás estas líneas debería dedicarlas a las expectativas económicas que se tienen sobre México, pero lo sucedido el fin de semana deja poco margen para otro tema distinto al venezolano.

La intervención de Estados Unidos en el país latinoamericano tiene un ánimo de control geopolítico que hace a Venezuela, más que a otros países de la región, un activo relevante no necesariamente ahora, pero sí en el largo plazo. Es un cambio de paradigma cuyas implicaciones aún no se han dejado ver, pero que nos obliga a plantear diferentes escenarios en un juego global con piezas moviéndose en sentidos inesperados.

En 1999, cuando Hugo Chávez asumió la presidencia, Venezuela era un país rico, dependiente del petróleo y desigual. El coeficiente de Gini del momento era 0.47 (entre más se acerque a uno, más desigual se es) y el argumento era, sonará trillado ya, el de redistribuir la riqueza. Dada la dependencia del petróleo, los ingresos públicos provenían principalmente de ahí.

Durante los primeros años de la presidencia de Chávez, los precios del petróleo subieron de forma importante incrementando los recursos a disposición del gobierno. Chávez los aprovechó ensanchando su capital político mediante la entrega de más programas sociales, alimentos subsidiados y precios del combustible alejados de los internacionales. Todo ese aparato tenía que administrarse, así que el empleo en el sector público aumentó y el gasto público se desbordaba.

El petróleo tiene ese poder: aparentar que los recursos que de él se deriven serán infinitos. Es un poder que acaba siendo una ilusión.

Sin embargo, acabó reventando. Los recursos del país provenían del petróleo que se exportaba. Con los dólares de las exportaciones se importaban los bienes que los venezolanos necesitaban en su día a día. La maldición del oro le llamaron en su momento, hoy es la del petróleo.

Hasta que a finales de 2002 los trabajadores de PDVSA, la petrolera venezolana, se fueron a huelga y todo empezó a desmoronarse. La fragilidad que se había instaurado en la economía venezolana se hizo evidente. Se despidieron miles de trabajadores. Dejaron de entrar los dólares y no había con qué pagar los bienes de consumo. Se impusieron controles de capitales, controles de precios, expropiaciones y nacionalizaciones. El Estado se encargaría. Ajá.

Ya con Maduro, en 2014, los precios del petróleo caen colapsando la principal fuente de ingresos de Venezuela a menos de la mitad. No solo no se tomaron las medidas necesarias, sino que se insistió en los errores. Más controles de precios, más impresión de billetes, controles de capitales más estrictos. La inflación dejó de publicarse. El tipo de cambio oficial estaba tan lejos del de mercado, que el prevaleciente ha sido desde hace más de una década el del mercado negro. La abundancia de las reservas petroleras contrastaba con la escasez de productos básicos.

Las remesas -resultado de la huida de más de ocho millones de venezolanos- poco a poco fueron brindando cierto alivio. Las familias que recibían esos dólares podían acceder a ciertos bienes y la moneda estadounidense se volvió el activo depósito de valor.

El editorial de Ricardo Hausmann en pone énfasis en que son las instituciones las que permiten el desarrollo. La experiencia venezolana recuerda a México que la riqueza natural y los ingresos extraordinarios no garantizan estabilidad: sin instituciones sólidas, incluso los recursos más abundantes pueden convertirse en una trampa, afectando a los más vulnerables y limitando el desarrollo sostenible.

@ValeriaMoy

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