La semana pasada toqué en estas líneas el avance en las métricas más recientes de pobreza, así como el deterioro, gravísimo, en el acceso a los sistemas de salud y educativo. Los ciclos de noticias son cortos, así que hablar de pobreza a unos diez días de que hayan salido los datos parece historia antigua, sin embargo, los datos que la ENIGH y el Coneval proporcionan permiten discusiones más duraderas.

Hay que analizar con más detalle los ingresos de los primeros deciles y ver su composición, de esta forma, podremos entender mejor el impacto que tienen los programas sociales en la disminución —o la permanencia— de la pobreza a lo largo de los años. Como se ha mencionado, la pobreza tiene en México varios componentes que podemos resumir en dos: uno relacionado con ingresos —y si estos son suficientes para cubrir una canasta (verdaderamente) mínima alimentaria y una canasta que incluye algunos otros bienes además de alimentos; el otro componente está relacionado con el acceso o la carencia de seis satisfactores básicos como salud, educación y vivienda.

Los datos más recientes de la ENIGH muestran que los hogares de los primeros tres deciles[1] —es decir, los hogares más pobres— recibieron ingresos en 2022 por 4,470, 7,474, y 9,734 pesos al mes respectivamente. Por hogar. Cada hogar está compuesto, en promedio, por 3.43 personas.

La canasta alimentaria básica alimentaria (urbana) tuvo durante el mes en el que se levantó la ENIGH un costo de 2,086 pesos por persona; la ampliada un costo de 4,158 pesos. Es decir, alimentar de la manera más básica posible un hogar costaría 7,155 pesos. Alimentar ese hogar más cubrir ciertos gastos elementales de transporte, higiene y vestido costaría 14,262 pesos. Solo hasta llegar al ingreso que corresponde al quinto decil podemos encontrar hogares con un ingreso suficiente para cubrir esta segunda canasta. Es un dato desconcertante. Es increíble que únicamente al llegar a más o menos la mitad de las viviendas encuestadas se tenga un ingreso suficiente para cubrir una canasta de satisfactores mínimos.

El principal ingreso de los hogares proviene del trabajo, en promedio 65.7% del ingreso es laboral, pero la distribución no es igual a lo largo de los diferentes deciles. En el primer decil, el ingreso del trabajo representa 42.6% y se incrementa a 54.3% y 59% en los dos siguientes deciles. Es aquí donde se observa la relevancia de las transferencias gubernamentales. Para los hogares ubicados en el primer decil, los programas de transferencias representaron 35.7% del ingreso total, porcentaje que baja a 27.7% y 23.7% en el segundo y tercer decil.

Esa conformación del ingreso explica en cierta medida la disminución de la pobreza, pero hay reflexiones que me parecen más relevantes. ¿Los programas de transferencias recibidos sustituyen el valor del acceso a un sistema de salud y/o a un sistema educativo? Pensaría que no y mucho menos en un estado de bienestar al que quizás aspiraramos.

Las cifras muestran con claridad que tampoco se ha combatido de manera estructural la pobreza y las transferencias siguen jugando un rol paliativo pero crucial. ¿Habrá forma de aspirar a algo distinto?

@ValeriaMoy

[1] Un decil es una décima parte de los hogares ordenados por ingresos. En la ENIGH se consideraron aproximadamente 105 mil viviendas -también hay diferencias entre hogares y viviendas, pero obviemolas por el momento-, por lo que en el primer decil están los 10,500 hogares de más bajos ingresos, en el segundo los 10,500 que le siguen y así sucesivamente.

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