La reunión anual organizada en Davos no define las políticas públicas ni dicta agendas nacionales, pero sí funciona como un termómetro de las preocupaciones globales. El mensaje de este año fue claro: el mundo se ha fragmentado, las conversaciones giran en torno al poder político y la improvisación se impone, pero cuesta.

El primer gran tema fue la reconfiguración de la globalización. No se habla seriamente de desglobalización —proceso que se antojaría muy complicado—, pero sí de un cambio en sus reglas. El comercio continuará, pero condicionado por demandas de seguridad, por la geopolítica y por la reconfiguración de las cadenas de suministro. La idea del friendshoring ya no es retórica, sino un criterio central en la toma de decisiones.

Para México esto representa una ventaja. El país tiene acceso preferencial al mayor mercado del mundo, una sólida base manufacturera y un acuerdo comercial trilateral. El comercio intrarregional bajo el TMEC superó los 1.9 mil millones de dólares en 2024 y ha acumulado más de 9 mmdd desde 2020. Sin embargo, en Davos también quedó claro que ubicación geográfica —gran ventaja— no sustituye a la certidumbre regulatoria, al respeto a la ley y a la estabilidad en las reglas.

La geopolítica es una variable económica central. La rivalidad entre Estados Unidos y China, los conflictos armados y la fragmentación comercial ya no se tratan como riesgos externos, sino como factores estructurales. La inversión se decide tanto con análisis financieros como con consideraciones políticas. México, país que dirige 83% de sus exportaciones a Estados Unidos, no puede ignorar esta realidad que puede ser un riesgo y una enorme oportunidad.

En Davos quedó claro que el mundo se está organizando en bloques regionales. Las economías que ganarán peso son las que participan en estructuras regionales capaces de lograr acuerdos y defenderse de choques externos. La tendencia a la bilateralidad está ahí, pero si se piensa en bloques, la fortaleza sería otra.

La inteligencia artificial estuvo presente en todas las conversaciones. Ya no se trata del futuro. Se trata de un factor que está redefiniendo la productividad, el empleo y la competencia. El consenso fue que regular es necesario, pero que hacerlo mal –y he ahí el tema– frenaría la innovación. Yuval Noah Harari enfatizó algo que ya estamos viviendo. La IA dejó de ser una herramienta y es ya un agente capaz de influir en decisiones humanas. Con ella se puede manipular el lenguaje, la narrativa y hasta las creencias. Sí, habría que regularla, pero ¿a poco creemos que la regulación puede avanzar más rápido que la innovación?

Para México, la lección debería ser evidente. Sin inversión en capital humano, educación técnica, capacidades tecnológicas la brecha que ya existe no se cerrará, se hará más profunda. La desigualdad de la que hoy se habla será desplazada por otra mucho más compleja.

La transición energética también tuvo un lugar en Davos, pero se abordó desde una lógica más económica que ideológica. Se habló de seguridad energética —concepto distinto al de soberanía energética—, costos y financiamiento. Para las empresas lo relevante será si un país puede garantizar energía suficiente, confiable y compatible con estándares internacionales.

Para México, entonces, la política energética no debería de ser un debate sectorial ni ideológico, sino un determinante clave de la competitividad. Esa conversación se ve todavía distante. La ventana de oportunidad puede cerrarse en cualquier momento.

Mucho que escuchar, si se está dispuesto a ello.

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