La muerte de Alan Greenspan marca el final de una era en la historia económica contemporánea. Durante casi dos décadas, de 1987 a 2006, presidió la Reserva Federal de Estados Unidos y se convirtió en una figura pública admirada, temida y respetada. Fue nominado al cargo por cuatro presidentes: Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo.
Neoyorquino, estudió economía después de haber mostrado interés por las matemáticas e incluso por la música; en su juventud tocó el saxofón en una banda de jazz. Fue un hombre capaz de combinar rigor técnico con improvisación, convencido de que la economía, como el jazz, requería escuchar antes de actuar.
Le tocó enfrentar el desplome bursátil de 1987 apenas unos meses después de asumir el cargo. Más tarde condujo la política monetaria durante los años de expansión económica de la década de los noventa, un periodo caracterizado por baja inflación, crecimiento sostenido y avances en productividad. La llamada “Gran Moderación”, una etapa de menor volatilidad económica, fue atribuida en buena medida a las decisiones de los bancos centrales y, particularmente, a la habilidad de Greenspan para navegar episodios de incertidumbre.
Su influencia trascendió fronteras. Cada palabra que decía era analizada por inversionistas, gobiernos y bancos centrales alrededor del mundo. De hecho, su estilo deliberadamente ambiguo dio origen a una expresión célebre entre analistas: el “greenspeak”, una forma de comunicación tan cuidadosa que permitía orientar expectativas sin comprometer explícitamente una acción futura.
Pero ningún balance sobre Greenspan puede ignorar la crisis financiera de 2008.
Aunque dejó la Reserva Federal dos años antes del colapso, muchas de las condiciones que facilitaron la crisis se gestaron durante su gestión. Durante años defendió profundamente la autorregulación de los mercados financieros. Confiaba en que las instituciones privadas tendrían incentivos suficientes para gestionar adecuadamente sus riesgos. Esa confianza se reflejó en una supervisión laxa y en una resistencia a imponer mayores controles sobre algunos instrumentos financieros complejos que crecían rápidamente.
La crisis reveló las limitaciones de esa visión. Cuando el mercado hipotecario estadounidense colapsó y la inestabilidad se propagó por todo el sistema financiero global, quedó claro que los incentivos privados no son suficientes para proteger el interés colectivo. Greenspan reconoció posteriormente una falla importante en el marco intelectual que había guiado su pensamiento económico.
Esa admisión es quizá una de las razones por las que sigue siendo relevante. Greenspan representa los éxitos y los excesos de una época marcada por la creciente confianza en los mercados. Fue protagonista de un periodo de prosperidad extraordinaria, pero también símbolo de una convicción que terminó chocando con la realidad.
Su legado no es el de un héroe ni el de un villano. Es el de un economista cuya influencia ayudó a moldear el mundo moderno y cuyas equivocaciones recordaron algo fundamental: los mercados son herramientas poderosas, pero no infalibles. Cuando olvidamos esa diferencia, las consecuencias pueden ser profundas.
@ValeriaMoy

