Por Laura Pedraza Pinto
Cada 8 de marzo, miles de mujeres salen a las calles llevando algo más que consignas o carteles. Llevan historias, experiencias y la necesidad de nombrar aquello que con frecuencia permanece en silencio. La movilización se convierte así en un espacio donde lo individual encuentra resonancia en lo colectivo y muchas descubren que aquello que pensaban propio también forma parte de algo que trasciende lo personal.
Las marchas del 8 de marzo pueden comprenderse si se observan como parte de una tradición más amplia dentro de la historia de los movimientos sociales. A lo largo del tiempo, la ampliación de derechos políticos, laborales y sociales ha estado vinculada a la acción colectiva. La organización social y la ocupación del espacio público han permitido visibilizar desigualdades que durante años permanecieron naturalizadas dentro de las estructuras sociales, ampliando la conversación pública y haciendo visibles situaciones que antes quedaban relegadas.
Los movimientos feministas se inscriben dentro de esta lógica histórica. Durante siglos, las mujeres fueron excluidas de los espacios formales de decisión y relegadas al ámbito privado. La presencia en las calles representó, desde sus orígenes, una forma de reclamar visibilidad y reconocimiento en sociedades que restringían su voz pública. Marchar implicó disputar no solo derechos específicos, sino también el derecho mismo a participar plenamente en la vida social y política.
Esta movilización cumple una función profundamente significativa porque crea un espacio donde distintas mujeres pueden encontrarse con su propia voz. En contextos donde expresar inconformidad, miedo, enojo o demandas no siempre resulta posible en la vida cotidiana, ese encuentro se convierte en un momento de reconocimiento mutuo. La experiencia de participar en ella permite nombrar aquello que frecuentemente permanece silenciado, amplificar lo que individualmente parece inaudible y compartir pensamientos y vivencias que rara vez encuentran validación en otros ámbitos.
Para algunas mujeres, marchar es también un ejercicio de liberación. Caminar juntas, corear consignas u ocupar el espacio público se convierte en una experiencia de afirmación personal, en la posibilidad de hablar sin interrupciones y de sentirse acompañadas, pero también en una experiencia de duelo, porque no es sencillo escuchar y reconocer la magnitud de la violencia que atraviesa sus vidas en múltiples formas y contextos. Este proceso colectivo implica atravesar una montaña rusa de emociones que va del dolor a la rabia y de la indignación a la esperanza, y en ese tránsito encontrarse con otras voces permite comprender que lo vivido no es un hecho aislado, sino parte de una violencia estructural que se repite y que necesita ser nombrada.
Las movilizaciones del 8 de marzo funcionan además como ejercicios de memoria colectiva. Conectan luchas pasadas con desafíos presentes y recuerdan cuánto ha costado conquistar derechos que hoy parecen garantizados. Marchar también implica reconocer que varios de esos avances no son definitivos y que, frente al crecimiento de discursos antifeministas y movimientos antiderechos, algunas conquistas enfrentan riesgos de retroceso.
El 8 de marzo recuerda que estas marchas no son homogéneas ni responden a una sola causa. Cada mujer que camina lo hace por una razón distinta, por experiencias propias, por violencias vividas, por oportunidades negadas, por quienes ya no están o por las generaciones que llegan. La movilización es memoria, duelo, exigencia y también esperanza.
La acción colectiva representa, para quienes participan, la posibilidad de encontrarse, reconocerse mutuamente y expresar aquello que no siempre encuentra espacio en la vida cotidiana. En ese encuentro, las voces dejan de estar aisladas y logran, finalmente, ser escuchadas.
Coordinadora de Vinculación e Incidencia
Centro de Estudios Críticos de Género y Feminismos (CECRIGE)

