Por Nahum Elias Orocio Alcantara y Jose L. García
Durante mucho tiempo aprendimos a pensar en el agua como algo que siempre vuelve. Está en los mitos, en la religión, en la idea misma del ciclo: el agua se evapora, llueve y regresa. Esa narrativa nos dio una sensación de seguridad, casi de garantía, como si el sistema pudiera absorber cualquier nivel de extracción sin colapsar. Pero esa idea ya no alcanza para explicar lo que está pasando.
El problema no es solo cuánto usamos, sino cómo hemos intervenido el sistema. Entubamos ríos, secamos humedales, sobreexplotamos acuíferos y transformamos el agua en mercancía. En ese proceso rompimos las condiciones que hacían posible su renovación. Hoy, la lluvia no logra compensar lo que extraemos y, en muchos casos, ni siquiera tiene dónde infiltrarse. El ciclo sigue existiendo, pero ya no funciona como lo imaginábamos.
El Día Mundial del Agua ha dejado de ser una fecha para repetir recomendaciones individuales. No estamos frente a un problema de hábitos aislados, sino ante una alteración estructural del sistema hídrico. Seguir hablando de “crisis” o “estrés” suaviza el diagnóstico, como si estuviéramos ante algo temporal. Sin embargo, cada vez hay más evidencia de que estamos operando en un escenario distinto, uno donde extraemos más agua de la que el sistema puede recuperar.
Hoy la información nos sobrepasa. La mayoría de los grandes acuíferos del mundo presentan tendencias de agotamiento, y en muchos casos estamos utilizando agua que se infiltró hace miles de años. Al mismo tiempo, hemos eliminado una parte significativa de los humedales, que eran clave para regular el almacenamiento y la filtración. Es decir, no solo estamos sacando más agua de la que entra, también estamos debilitando los mecanismos naturales que permiten que el ciclo se sostenga.
Esta situación no se distribuye de manera homogénea. Mientras algunos sectores concentran grandes volúmenes de uso, millones de personas viven con acceso irregular o insuficiente. En muchos lugares, donde el agua no llega por infraestructura, son las mujeres quienes asumen la tarea de conseguirla, invirtiendo tiempo y esfuerzo que condiciona otras dimensiones de su vida. La desigualdad en el acceso al agua no es un efecto colateral, es parte central del problema.
En nuestro país, el discurso del “Día Cero” ha servido para llamar la atención, pero también ha simplificado el problema al plantearlo como un punto de quiebre futuro. Para muchas personas, ese día ya llegó hace tiempo. El tandeo, la dependencia de pipas o el almacenamiento doméstico son estrategias cotidianas para enfrentar la falta de agua.
En la Ciudad de México, además, hay una dimensión menos visible pero igual de crítica. Gran parte del agua que se consume proviene del subsuelo, y su extracción ha superado la capacidad de recarga. El resultado es un proceso progresivo de hundimiento que afecta viviendas, infraestructura y redes de distribución. La ciudad se adapta a su propia sobreexplotación, mientras reproduce las condiciones que la generan.
Frente a este panorama, seguir hablando de soluciones técnicas aisladas o de responsabilidad individual resulta insuficiente. El problema no es solo de gestión, es de enfoque. Implica reconocer que el agua no es un recurso infinito ni una mercancía más, sino una condición que sostiene la vida y que requiere formas de organización distintas, capaces de integrar lo ambiental, lo social y lo territorial.
Más allá de seguir esperando un colapso anunciado, el reto hoy es asumir que el límite ya está presente y que las decisiones que tomemos ahora definirán qué tan profundo será. El ciclo del agua no desapareció, pero dejó de funcionar bajo las reglas con las que aprendimos a entenderlo. Y mientras no ajustemos nuestra forma de habitar y gestionar el territorio, seguiremos operando como si ese ciclo aún pudiera sostenerlo todo.
Coordinación Universitaria para la Sustentabilidad

