¿Qué pensarían si les dijera que es posible que las movilizaciones sociales de las nuevas generaciones sucederán de manera diferente a las movilizaciones que dejaron historia?

Eran los finales del siglo pasado, cuando se gestó el primer movimiento estudiantil triunfante después de la represión de la huelga de 1968. Durante jornadas de amplísimas movilizaciones echamos abajo las reformas que pretendían privatizar la educación media superior y superior, acordando la realización de un Congreso Universitario para definir el rumbo de la UNAM. Poco más de una década después aconteció la más larga huelga estudiantil. Ambos acontecimientos marcaron a varias generaciones. Durante meses, miles de estudiantes sostuvieron un paro que se organizaba en asambleas, que se discutía en cada facultad y que encontraba conducción los primeros en el Consejo Estudiantil Universitario, los segundos en el Consejo General de Huelga (CGH). En aquel momento, participar significaba invertir tiempo, asumir una posición y sostenerla colectivamente, pero sobre todo estar ahí físicamente, día tras día.

Hablamos del año 1986 y 1999. No existían redes sociales, teléfonos inteligentes ni mensajería instantánea. La información circulaba en papel, a través de brigadas y en conversaciones cara a cara; y como aconteció todo el siglo pasado, la fuerza de los movimientos dependió de su capacidad para organizarse y permanecer a través de la actividad presencial de cientos y miles de personas.

Hoy, la realidad se ha transformado, pues la movilización social puede comenzar cuando un estudiante graba una decisión polémica dentro de una facultad y la sube a redes; un usuario documenta a un operador de transporte conduciendo a exceso de velocidad; o una familia exhibe una negligencia en un hospital público. Entonces y solo en cuestión de minutos, se puede alcanzar a miles e incluso cientos de miles de personas, generar indignación y obligar a respuestas institucionales. Se trata de convocatorias sin asambleas previas, pero con la misma presión pública, o incluso mayor.

Este tipo de participación sucede desde hace años a nivel global y es el sociólogo Manuel Castells quien comenzó a explicar que se debe a que vivimos una época en la que la organización y la participación social es semejante a las redes neuronales, donde la capacidad de incidir en la vida social y pública se distribuye entre múltiples actores conectados. Entonces, la participación deja de depender de estructuras centrales (como la prensa, la televisión o comunicados institucionales) y comienza a operar como un sistema de miles de conexiones (como en las neuronas), dejando de depender de solo una institución formal.

Lance Bennett han descrito este fenómeno como una forma de acción conectiva: individuos que participan desde su propio espacio, pero que al interactuar generan efectos colectivos masivos. Cambiaron las estructuras equivalentes a las luchas universitarias, se hicieron en el territorio social y hoy existen redes que articulan a todas y todos.

Este cambio en la participación y la movilización social abre un debate relevante: ¿es posible que ahora estas formas que toman cada vez mayor fuerza y cotidianidad puedan traducirse en cambios duraderos? Investigadoras como Zeynep Tufekci han advertido que estas movilizaciones pueden crecer con rapidez, pero también enfrentar dificultades para mantenerse en el tiempo si no construyen bases más sólidas, pues la visibilidad no siempre se convierte en transformación; y ahí está el punto clave: la participación en red tiene la capacidad de detonar agendas y presionar decisiones, pero el reto sigue siendo lograr que estas acciones no se queden solo en la reacción inmediata y logren convertirse en procesos que incidan de manera sostenida en la vida pública.

Las instituciones también enfrentan retos que acompañan estos cambios, pues lo que circula en redes tiene efectos reales y por ello integrarse a estas dinámicas es uno de los desafíos actuales. La ciudadanía, por su parte también enfrenta una mayor responsabilidad: informarse, verificar y sostener causas, para que la participación se mantenga de manera legítima.

México no ha dejado atrás las formas tradicionales de organización y todavía veremos muchas asambleas, con acciones colectivas y presencia en las calles, pero algo ha cambiado en el entorno; y sin duda las movilizaciones de las nuevas generaciones no van a parecerse a las del siglo pasado. Algunas no tendrán líderes visibles, otras no pasarán por estructuras formales, muchas comenzarán en las pantallas de los celulares; pero siempre responderán a las mismas necesidades de fondo, defender causas justas, hacerse escuchar e incidir en las decisiones que afectan la vida pública.

Académico

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