Han pasado dos días desde el 8M y el eco de esa jornada todavía permite escuchar las ideas que dejó abiertas. Las palabras de nuestra presidenta, junto con muchas otras voces, recordaron que la reivindicación de las mujeres también puede ser motivo de reconocimiento. Persisten retos profundos y adversidades cotidianas. Sin embargo, la conversación pública suele moverse entre estos dos extremos. Se habla siempre de las mujeres que cambiaron la historia, se menciona menos a aquellas que sostienen la vida cotidiana, y se conversa muy poco de aquellas que aún permanecen en el silencio y en el olvido.

Por eso conviene volver la mirada hacia un terreno donde la transformación desde el enfoque de género se ha vuelto especialmente importante: el de las ideas que hoy están reinterpretando el feminismo y ampliando la manera en que entendemos la justicia, el poder y las instituciones.

Durante mucho tiempo, una parte importante del debate se concentró en la igualdad jurídica y en el acceso de las mujeres a espacios históricamente cerrados. Agenda muy necesaria y que se encuentra lejos de ser agotada, pero el feminismo contemporáneo ya no se conforma con pedir entrada. Ahora pregunta cómo están hechas las instituciones, quién carga con los costos invisibles de la vida cotidiana, qué violencias se normalizan en nombre del orden y de qué manera la tecnología también reproduce jerarquías. Ese desplazamiento ya es visible en autoras y analistas que están marcando tendencia.

Nancy Fraser, por ejemplo, es una de las pensadoras más influyentes de este momento, y desde sus obras ha empujado una idea que será central en los años por venir: no se puede hablar de igualdad sin hablar del modo en que la economía descansa sobre trabajos de cuidado, sostenimiento y reproducción social que durante generaciones habían sido invisibilizados o mal remunerados.

Por otra parte, vale mucho la pena conocer los esfuerzos de Kimberlé Crenshaw, quien desde el campo jurídico abrió otra ruta: la interseccionalidad. Su aporte ha sido demostrar que las desigualdades no operan por separado. Ser mujer no significa lo mismo para todas cuando se cruza con la raza, la clase, el territorio o la condición migratoria. Ella puso en evidencia que muchas instituciones dicen atender a “las mujeres” en abstracto, pero fallan cuando se enfrentan con mujeres concretas, situadas en contextos distintos. Esa forma de mirar ha cambiado tribunales, políticas públicas y debates universitarios, y seguirá marcando la agenda porque obliga a dejar atrás las soluciones generales para problemas profundamente desiguales.

En América Latina, Rita Segato ha movido el debate hacia otro punto decisivo: la violencia contra las mujeres no debe entenderse solo como una suma de agresiones individuales, sino como una especie de pedagogía social del poder. Su noción de “mandato de masculinidad” explica que muchos hombres son empujados a demostrar dominio, control y prestigio frente a otros hombres, y que esa lógica termina produciendo violencia contra las mujeres, pero también una cultura más amplia de crueldad. Ella desplaza la discusión del caso aislado al modelo cultural que lo vuelve posible.

Lo interesante es que estas ideas no anulan la historia anterior del movimiento; la reinterpretan. Si el feminismo del siglo XX exigió derechos, el del siglo XXI está preguntando qué estructuras impiden ejercerlos plenamente.

En 2025, además, la conversación internacional volvió a subrayar la importancia de colocar en el centro el liderazgo de mujeres jóvenes y adolescentes, así como revisar los pendientes treinta años después de Beijing. Eso confirma que la tendencia no va hacia un feminismo más estrecho, sino hacia uno más amplio, más atento a las brechas económicas, a las nuevas tecnologías, a los retrocesos políticos y a la necesidad de construir instituciones capaces de responder con seriedad.

Visto así, el feminismo que marcará los siguientes años no será únicamente el de la protesta, aunque siga siendo necesaria. Será también el feminismo que explique mejor cómo funciona el poder en nuestras sociedades. El que conecte la casa con el mercado, la escuela con el tribunal, la violencia con la cultura, y el algoritmo con la desigualdad. Allí es donde hoy se están escribiendo las ideas de vanguardia. Y allí, probablemente, se disputará una parte importante del futuro.

El 8M es un día que sirve para le reflexión, para la socialización de las ideas. Pero también es el motor que impulsa las acciones todo el año. Hoy tenemos un gobierno empático y consciente de los cambios institucionales que deben aterrizarse para crear las condiciones necesarias que garanticen una sociedad cada vez más igual, menos violenta. Es tarea de todas y todos cotidianizar la discusión y las acciones que nos lleven a ello. También es importante combatir la desinformación, porque ejemplos como la Ley Valeria o la Ley Olimpia, nos dicen que las conquistas del feminismo no solo protegen a las mujeres, sino a las personas en general, y esas bondades no siempre se reconocen por los hombres. Sigamos pues, en la ruta de la transformación. Aún quedan pendientes que entre todas y todos podemos sacar adelante.

Académico

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